Intercambio de desgraciasBastó que la realidad pusiera a cada uno en su sitio, y que lo hiciera en el teatro más concurrido, el derby en el Bernabéu. Pero pasó: el fútbol es azulgrana. Nunca se vio más decadente a Zidane, más fuera de forma a Ronaldo, más lejos de los elegidos a Raúl. No es un mal individual: nunca se vio a un Madrid tan inferior, como nunca se vio al coliseo blanco aplaudiendo a un azulgrana.
Igual que un día la desgracia cegó al Barça, regalándole como presidente a un incapaz cuyo nombre no merece repetirse, la negrura cambió más tarde de acera y decidió opacar al Madrid. Y lo hizó con tres o cuatro gestos fulminantes, alevosos, decisivos. Se pensó que Del Bosque era innecesario, que Hierro estaba de más, que Beckham era más rentable que Ronaldinho y que Makelele era un patán prescindible. Eso y otras cosas fulminaron al equipo. Ojo: después de éste el fulminado suele ser el club. ¿Qué pensarán Florentino, Butragueño o Sacchi? ¿Buscarán culpables? ¿Habrá por la Castellana espejos?
Jugar, ganar... Soluciones
Que no se engañe a la gente: no son la Juve. Por su afición, por su personalidad, el Madrid o el Barça tienen sólo un camino directo, un atajo hacia la gloria: jugar bien. A día de hoy sólo uno parece entenderlo, y por eso se ha convertido en el mayor poder ofensivo de Europa. El otro sigue sin tomar medidas, acumulando parches, estrellas ficticias y prematuras, o jugadores dignos pero no líderes que reviertan un destino. Apelando a una presunta e irreal efectividad, a la pegada, al ya terminarán jugando, hace mucho que el espectáculo no se viste de blanco.
¿La solución? No ampararse en "la plaga de lesiones", en que "hacen falta más fichajes" o en que "con estos jugadores al final se ganará". Son nombres, pero no hombres: es un equipo descompensado, pensado con los pies y con las piernas de plomo. En cuesta abajo, un desastre. Y que no se engañen los madridistas acérrimos: no se arreglará por inercia. Se quedará segundo, o tercero, y parecerá que más o menos se cumplió por entrar en Champions, pero será otro año en blanco. ¿La solución? Empezar de cero. Cambiar todas las piezas: desde las intocables (¿en qué otro equipo del mundo sería titular Raúl?) hasta las más recientes (¿está Robinho como para pedirle milagros?). Una catarsis que parece imposible en alguien como Florentino pero, que de no producirse, terminará llevándoselo también por delante.
- Dando caña en otro sitio
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