19 noviembre, 2005

La velocidad, el auditorio y los medios

Además de por su contenido, agradan los nombres de los libros de Kundera: La lentitud es el último que he leído. En una sola palabra condensa una de las grandes obviedades del siglo XX, ese en el que tanto cuesta ubicar su escritura: la velocidad de este mundo moderno es una simple receta para olvidar lo que nos rodea. ¿Es posible recordar lo que presenciamos fugazmente, a lo que no prestamos más que décimas de segundo? ¿No es sinónimo de reflexión, de memoria, la contemplación, la pausa? Desde esa sencilla premisa Kundera construye un sencillo y ameno relato, dividido en tres partes que se superponen y complementan.

El punto en común es un pequeño y apartado hotel francés al que acuden a descansar el propio Kundera y su esposa (es una de las primeras obras del escritor checo escrita directamente en francés). Es un palacete del siglo XVIII reformado, y su larga historia provoca fantasmas y ruídos en la mente de Kundera. En la cama, su imaginación y sensibilidad recrean otros dos momentos históricos: uno novelístico, coetáneo de Filosofía del Tocador o Las amistades peligrosas (dos obras por las que manifiesta una gran admiración); el otro más reciente, recrea unos disparatados sucesos en un congreso de entomología tras la caída del Muro de Berlín.

Como de costumbre las historias de Kundera, además de amenas, difunden algunas de las obsesiones de su autor. La más recordable, además de la ya mencionada sobre la necesidad de olvidar y la pasión actual por lo pasajero y fugaz, es la que gira en torno a "los bailarines": la actitud de políticos, pensadores o cualquier figura pública respecto a los grandes problemas frente a medios. ¿Han de manifestarse? ¿Cómo? ¿Son realmente honestos, se limitan a decir lo que se espera que digan, tiene algún sentido hacerlo?

El libro, breve, pasa por otras grandes preocupaciones humanas. Sorprende la densidad al tratarlas; la exactitud de, con la mínima cantidad de palabras, repasar asuntos para los que otros necesitan discursos. También su habilidad una vez más para adentrarse en la mente de sus personajes y, con mucha más visibilidad que en otras ocasiones, su sentido del humor, que aquí aparece en forma de situaciones ridículas, paródicas, humillantes. En definitiva, un libro que se lee en pocos días, que nos recuerda incertidumbres cotidianas respecto a las que podremos estar en desacuerdo pero que, al menos, nos incitará a preguntarnos, lo que ya es suficiente tesoro.

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