06 septiembre, 2006

Leunketa Titanio, II

Mira que bien. En la sala principal compruebo lo bonito y nuevo que es todo, y lo grande, y lo larga que va ser la actividad cultural. Salgo a la terraza del museo, manofacturo, lucho contra el viento norte, enciendo mi obra, la inhalo, apesto a los yanquis de piernas rosadas y gordas, tomo el sol junto a la ría de Nervión y admiro el trabajo de Gehry. Mi mano recorre sus planchas de titanio y, no puedo evitarlo, gimo. Diez minutos. El viaje ha merecido la pena. ¿Por qué no nací en la Edad Media, por qué no pude ser escudero de algún caballero armado? Las capas se superponen y reflejan la atmósfera despejada, como un enorme cubo de hielo. Además son inoxidables, según dice la audioguía.

De nuevo en el interior giro a la izquierda para recorrer "La matería del tiempo" y seguir con la metalúrgica orgía. Un conjunto de Richard Serra de esculturas gigantes, fabricadas con planchas de hierro, que ocupan una sala enorme. Arte y arquitectura, Gehry y Serra, se complementan. Recorro la obra fascinado, y si pudiera hacerme trenzas en las cejas sería como Alicia en el país de las maravillas, David Bowie en el laberinto o simplemente Asterión, con el que comparto olor. Torsiones elipsoidales, muros tumbados, pasillos que conducen a claros de luz creados por los ventanales. A muchos metros de altura, en vez del cielo, el techo blanco; alrededor, la gente, y yo sin parar de entrar y salir del enorme parque de juegos. Hay una anécdota sobre la obra de Serra: el Reina Sofía también le encargó una obra, cuatro enormes bloques de acero de 38 toneladas. Fue expuesta hasta que alguna enimencia cultural madrileña decidió retirarla a un almacén especializado. Cuando, años después, se decidió volver a mostrarla estaba desaparecida. En casa de Juan Antonio Roca no está. Deben haberla fundido para la nueva M-30.

Vuelta mental al Guggenheim. Todo el primer piso alberga la colección permanente. De entre las muchas obras inolvidables sólo me acuerdo de dos. a) "Carretilla" (1971) de Gene Davis. Lienzo enorme surcado por millones de rayitas que, por efecto de la técnica, lucen ligeramente difusas. Un campo de color tridimensional al que dan ganas de arrojarse. Un guardia de seguridad me ve las intenciones y me reprime. Davis sólo pintó rayas durante los últimos treinta años de su vida. Lógico lo de su infarto. b) "Ciudad irreal" (1989) de Mario Merz. A Mario lo que le van son las curvas. "Ciudad irreal" es una especie de iglú o refugio plástico escondido tras un parapeto de ramas escondido tras unos andamios y unas planchas de cristal. Impresiona su peligrosidad: si un niño cabrón corriendo se lleva por delante uno de los ladrillos del suelo que sostienen toda la composición nos podemos ir al carajo. Tras el pánico admite un montón de interpretaciones. Hago la la mía antes de escuchar la de la audioguía. No coincidimos en nada. Salgo a la terraza de nuevo y tiro la audioguía a la ría, de donde nunca debió salir la muy puta.

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