Si bien la naturalidad con la que nos son expresados pudiera sugerirlo, la riqueza de detalles, la perfecta ambientación y el compromiso emocional de actores y director en lo narrado hace que no pueda hablarse de temas menores. Rohmer siempre evita el sentimentalismo y los golpes bajos, y es su perfecta recreación de la realidad la que convierte a sus películas, aparentemente discreta, en descomunales obras. Lo mismo que ocurre con este Cuento de Invierno que, pese a no ser una de las mejores, si es heredera de su habitual y agradable realismo, de su quieta credibilidad, de su facilidad para hipnotizarnos y hacernos partícipes de las andanzas de unos personajes tan queribles como fáciles de reconocer.

La protagonista vive en la duda: un ridículo despiste la hizo perder al que entiende es el amor de su vida, un hombre con el que mantuvo una idílica y breve relación de verano. Ahora, madre soltera de una niña fruto de ese idilio, se debate entre dos pretendientes: uno la regala seguridad económica, el otro la estimula intelectualmente, ambos la ofrecen su entregado amor. Pero ella sigue añorando al tercero, mitad idealizado, totalmente inexistente. ¿Es posible encontrar el amor verdadero? ¿Vale la pena esperarlo, aunque esa espera nos haga infelices? Pero también...¿es justo pretender ser feliz, actuar como si uno lo fuera, cuando en realidad anhelamos algo más? ¿Y no es cierto que será más posible alcanzarlo si sacrificamos todo por ello, y no si lo olvidamos y lo dejamos de lado?
El cine de Rohmer, pródigo en casualidades, se entrega en esta película a ellas, dejándose llevar por la ilusión y la fantasía. No necesita acudir a seres de fábula, le basta con adentrarse en los sueños que todos tenemos despiertos. El amor ideal y pleno, la pareja soñada, la media naranja ideal y el amor como único medio para lograr la plena felicidad. No es la mejor obra de su director pero, como todos sus otros trabajos, dice mucho más de lo que es frecuente escuchar de una película.
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