06 septiembre, 2006

Leunketa Titanio, III

Último y breve capítulo de mis escalofriantes aventuras culturales en Bilbao. Lo expuesto en el Guggenheim se divide, como una peluquería, en permanente y no permanente: tuve energía para lo primero pero el resto fue admirado a la carrera, porque me moría de hambre. Eran dos exposiciones: de la de Max Beckmann no tengo nada que decir, mientras la otra muestra era "Rusia!", obras de ese país y occidentales adquiridas por sus reyes y/o dirigentes.

Los iconostasios y déesis de los siglos XII y XIII no me hechizaron en demasía, llamándome más la atención las obras del siglo XX sobre revolución bolchevique, jinetes del Caúcaso y confraternización obrera, reflejada ésta en múltiples posturas y actividades. Un poco fatigoso. Así hasta hallar, en una esquina, una de esas obras que demuestran que el arte marca la vida de uno.

La instalación recrea un dormitorio diminuto y destruído: yeso y ladrillos caídos sobre una destartalada cama, polvo por toda la habitación. A través de un gran agujero en el techo entra un chorro de luz. Domina el cuarto un extraño artefacto, parecido a un tirachinas gigante, desde el que algo ha sido arrojado. Viendo las paredes cubiertas de propaganda, fotos de héroes comunistas y bocetos casi infantiles que, junto a una maqueta en cartón, explican trayectoria y propósito del invento, comprendo que alguien quiso huir al exterior, viajar al espacio, liberarse, volar. "El hombre que voló al espacio" (1984), de Ilya Kabakov: obra maestra absoluta.

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