El colega que se folló una noche a las de Ella Baila Sola. El que de acampada tripera degolló a su compañero de tienda confundiéndolo con un jabalí. El otro, a punto de entrar a currar en la NASA. Ese que repelió el ataque de cincuenta dobermans. O quien se bebe trescientos doce cubatas. El que siempre compra más barato, corre más rápido y la tiene más larga que el resto. El fantasma, el peliculero, el embustero, el farsante... Pululan a nuestro alrededor, nos hacen reir, nos mezclamos e incluso confundimos con ellos, ¿pero qué podemos hacer? ¿Actuamos como quien oye llover? ¿Festejamos sus trolas? ¿Los mandamos al carajo? Ay, los mentirosos, que sería de nuestras mediocres y monótonas vidas sin vuestras fabulosas historias..."No llegarás muy lejos con aire caliente y fantasía", es advertido un anciano narigudo de los antes citados pero a lo bestia: se fugó de un harén cuando iba a ser decapitado, viajó a la Luna en un globo de bragas zurcidas y descendió a los infiernos para seducir a la mujer de Vulcano. Como lo leen: con aire caliente, un poco de fantasía y mucho morro. Qué caradura. Tanto como, pese a haber nacido hace más de dos siglos, seguir mereciendo nuestra atención. Qué viejo quijotesco y artrósico pichabrava...
¿El Doctor Iglesias? No, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, aristócrata alemán del siglo XVIII cuyas increíbles proezas dieron para muchos libros y dos películas, una dirigida por otro truhán hiperbólico: Terry Gilliam. "Las aventuras del Barón Munchausen" (1988) fue uno (más) de sus estrepitosos fracasos, pese a la expectativa que suponía el cerrar la "Trilogía de la Imaginación" tras "Los ladrones del tiempo" y "Brazil". "Estoy cansado del mundo, y el mundo está evidentemente cansado de mí, porque ahora todo es lógica y razón. Ciencia. Progreso. Leyes hidráulicas. Leyes de Dinámica Social. Leyes de esto, aquello y lo otro. No hay lugar para los cíclopes de tres cabezas de los Mares del Sur. No hay lugar para los árboles de pepino y los océanos de vino. No hay lugar para mí". No lo dijo Gilliam, sino el propio Barón de Munchausen.
Los delirios de Gilliam han provocado, a lo largo de las décadas, carnicerías de la crítica. Este desparrame, sobre un barón que vuela sobre la bala de un cañón, fue acusado de tedioso, grotesco, previsible, insoportable. El virtuosismo estético no reflotaba un guión lamentable, y las muchas expectativas se estrellaban en dos horas de aburrimiento bizarro. Los niños llorarían del sopor. Los padres quemarían la sala de proyecciones (menos el trozo de rollo en que Uma Thurman sale en pelotas). Nadie la recomendó. Y el caso es que no está nada mal.La historia avanza a trompicones, y el ilusorio mundo del Conde y la realidad, con Viena asediada por los otomanos, se cruzan, van y vienen sin lógica ni explicación. La forma en que Munchausen se reencuentra con sus viejos camaradas también es bastante floja. La música a toda pastilla, los cielos imposibles, los monstruos gilliamescos llegan a cansar... pero no del todo. Gilliam estuvo en los Monty Python y Eric Idle (ayudante de Munchausen) también, y se nota. Aunque usen chistes groseramente reciclados del genial sexteto hay otros muchos que no, y son buenísimos. Los diálogos sobre fantasía y realidad son en general brillantes. El trozo de la luna y los lunáticos es lo mejor que haya hecho Robin Williams jamás. Y de la capacidad de Gilliam para crear mundos surrealistas, grandiosidad desbordada, pesadillas mortales y flipada peliculera no hay discusión. Así que ¡perdonemos a Munchausen, Gilliam y Uma tantas trolas!
- El auténtico Barón
- El Barón tiene hasta un síndrome
- Los ladrones de Gilliam
- Terry de la Mancha
No hay comentarios:
Publicar un comentario