Vuelvo del trabajo: normalidad en el portal y la escalera, donde no se esconde ningún yonqui ni aspirante socialista a la alcaldía de Madrid. Pero mi sexto sentido me avisa de que las cosas van mal. Subo los peldaños a toda velocidad hasta que en el segundo piso resoplo y aminoro la marcha. Últimos y oscilantes pasos, llego, introduzco a ciegas la llave, el edificio está en obras y aún no han puesto una nueva bombilla en mi puerta (la de antes jamás funcionó). Abro, entro, aprieto el interruptor del pasillo y 'bingo!, no hay luz. Ataque de pánico.
Corro a ver cómo están mis 42 pececitos. El ténue brillo de las farolas callejeras es insuficiente para calcular las bajas: muchas horas sin electricidad supondrán un Auschwitz acuático. La electricidad bombea el corazón del acuario: sin fluorescentes las plantas se marchitan y sueltan nitratos. El filtro se paraliza estancando el agua. La grabación de pájaros y grillos amazónicos que tranquiliza a mis peces no suena. Pienso en el estrés de esos pobres animales.
Primera lágrima. Y, aunque sea la una y media de la madrugada, primera llamada a mi madre. No lo coge. ¿Dónde se esconde esa maldita mujer? ¿Dónde, por dios, por una vez que hace falta?
Me asomo a la cocina y advierto, a los pies de la nevera, un charco sanguinolento. O Charles Manson ha venido a beber Dan'up o toneladas de comida congelada comienzan a echarse a perder. Me quedo sin sexo y cigarros en caso de catástrofe nuclear (pensaba intercambiarlos por zampa). La menestra y las judias verdes se deshacen, condenadas en esta atmósfera putrefacta. Condenadas como todos.
Subo y bajo el interruptor general de mi hogar. Varias veces. Su estéril chasquido se está riendo de mí: lo aporreo en un ataque de histeria. Me abofeteo, vuelve la calma. No hay electricidad. Cavernícolas y amish no la necesitaron, pero de ellos no dependían 42 animalillos acuáticos. He de hacer algo: regresar a la escalera. Asomarme por la ventana de mis vecinos. Apartar las gardenias para comprobar que el apagón es general. No lo es: veo a uno de los chicos en picardías mientras es sometido por otro. Siempre pensé que eran homosexuales. Pero los cabrones tienen luz. Pensamiento homófobo fruto del nerviosismo: me pellizco como castigo.
Repaso la lista de posibles culpables. Alguien a quien siempre se le mueren los peces. Alguien que quiera llamar la atención. Alguien que quiera devolverme una afrenta. Todos los caminos me conducen a la misma persona: el hijo de puta de Pabl... No, espera, robo la luz de la escalera, puede ser alguno de mis vecinos. Esos hijos de puta... O Iberdrola. Como si la electricidad no fuera como el aire o las enfermedades venéreas: algo que debería ser gratuíto, universal, para todos. Hija de puta. Ha sido Iberdrola, seguro.
Bajo la escalera con cuidado a ver si me voy a caer. Como tengo los pies grandes bajo de lado, cual vedette disfrazada de cisne. La lluvia cae por el hueco de la corrala mezclándose con el ruído de los truenos, el brillo de los rayos, el olor a ropa tendida. El agua anega el sotano. Me cruzo con un vecino que vuelve de trabajar, pillándome tan nervioso que le doy los buenos días. Sonríe, mira la hora, dice que son las dos. ¿Le empujo por la escalera, le reviento la cabeza con la barandilla para así eliminar testigos? Mejor no, hasta mañana...
Frente a frente. El mueble de los contadores y yo. Los peces en una ciénaga, la vitrocerámica muerta y yo sin poder hacerme paellita. El agua chorreando por el pelo de las cejas y millones de cables pelados tras una gran tapa plástica. Otro trueno. Se apaga la luz, tengo miedo, grito. Busco el interruptor pero no sé dónde está, no conozco este patio, seguro que aquí viven pobres. Huyo a mi piso para tranquilizarme y encender la luz de nuevo. Aprovecho para coger el móvil y llamar a mi madre otra vez.
Está fuera de cobertura. Son las dos de la mañana y está fuera de cobertura. O hay un afterhours croquetero o sus poderosas falanges trituraron el móvil. Nunca dejará de desesperarme.
En el sótano el agua ya me alcanza las rodillas. Aparto a las anguilas a patadas, esquivo a las peligrosas ratas de agua y con una cuchara de palo que agarré a tientas en la cocina me defiendo del ataque de los castores y de los murciélagos que vuelan alrededor de mi cabeza, entre sujetadores y calzoncillos y calcetines ejecutivos. Abro el armario de los contadores, del que salen humo y chispas, olor a azufre, fogonazos, la señora de la limpieza desaparecida en el 96. Vuelve a apagarse la luz. La situación es desesperada. A oscuras. No sé si moriré ahogado, electrocutado, devorado por las bestias lavapieseñas o víctima de un paro cardiaco debido al uso y abuso viagrero.
Lloro. Mi vida pasa por delante de mis ojos, como si fuera un cortometraje o un making of de Sensación de Vivir. ¿Estoy ya muerto?
"Estoy saliendo con un chabón, estoy saliendo con un chabón" ¿Es esa la melodía que musicalizará mi eternidad? La verdad es que no está nada mal, es de lo más bailable, no en vano es la que tengo en mi móvil... ¡El sonido de mi móvil! ¡Mi móvil! Todo se ilumina gracias a su radiante pantalla, en la que parpadean las palabras "Antebrazos Maxi, Antebrazos Maxi". Sí, es ella, es mi madre. Otra vez me das la vida. Gracias. Eres lo que más quiero en... "Rafaeeeeeel... ¿trabajas mañana? ¿estás solo o con leche? ¿vas a venir a dormir?"
"Joder sí gorda estoy dormido mañana trabajo déjame dormir en paz". Soy tranquilo, cálido, encantador con todos salvo con mi madre. Me saca de quicio. Conoce los resortes para hacerme perder los papeles. A esto tengo que enfrentarme solo.
O con Kukúperman. No lo coge. Tampoco mis otros amigos. Solo ante el peligro. Y ahora mi madre que comunica: estará contándole a todos que estoy bien y que trabajo mañana. Pero la luz, la luz... ¡el móvil ilumina el armario! ¡Todas las conexiones eléctricas! ¡Hasta el hueco de mi inexistente contador, del que cuelga un cable, por el que pasará una corriente que aplicada en los genitales haría despertar a Cristobal Colón!
He de tocar ese cable. He de unirlo al otro extremo. Volverá la electricidad a mi casa, se iluminará el acuario, volverán a congelarse los tuppers y hasta podré calentarme unos callos. Basta hacerlo con cuidado.
Y llegó la eterna luz.
1 comentario:
¡Joder! ¿Y se murieron al final los peces? Yo he logrado mantener pingüinos, serpas rojos y fantasmas juntitos y vivos. Y sin prestarles mucha atención. ¡Qué miedo lo de la luz y el calentador! Ahora no se me quita de la cabeza.
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