09 octubre, 2006

Olvidado

1
Aunque probablemente nadie recuerde su nombre la figura de Ray Schengenz resulta fundamental para comprender los sufrimientos del trabajador sobrexplotado en la sociedad capitalista actual. Schengenz, muerto -en la miseria y el olvido- hace bastantes años, fue el responsable de que las autoridades legisladoras estadounidenses contemplaran, por primera vez, la aberración que resultaba tener a un individuo en su puesto de trabajo durante una exagerada cantidad de horas seguidas. El polémico 'caso Schengenz', hoy olvidado, es en cierta forma responsable de que ustedes o yo, por ejemplo, no trabajemos mil ochocientas ochenta horas seguidas, acumulando en una jornada inacabablemente intensiva el horario total anual. ¿Que suena ridículo? Quizá. Pero... ¿y si le interesara a su empresa?

¿Y si, por algún motivo empresarial, ella quisiera que ustedes o yo permaneciésemos currando 78 días y medio seguidos sin levantar el trasero de la silla?. Nadie se lo podría impedir: estaría en su derecho. Schengenz no. No tenía derechos. Tenía unas almorranas con las que expulsaba heces dignas de un maestro pastelero.

2
Depende del individuo, pero la mayoría de los médicos afirman que un adulto entra en peligro de coma a partir del quinto día sin dormir. Aquel mediodía Schengenz no sumaba tanto tiempo: llevaba 'sólo' dos noches y tres días en vela. Y sólo había abandonado su puesto de trabajo una vez con el único propósito de hacer uso de su ano, al que no me volveré a referir.

3
La ausencia de compañeros delataba que era sábado o domingo, días en los que nadie trabajaba en la empresa salvo él, que no entendía de fines de semana ni festivos. Casi vivía en esa sala, rodeado de mesas vacías. Si por algún motivo alguien hubiese querido encontrarle -cosa bastante dudosa, ya que no se le conocían familiares, amantes o amigos- ese habría sido el primer lugar donde acudir. El segundo, una pequeña y sucia habitación que alquilaba, bastante lejos de allí, para dormir y lavarse. El tercer escondrijo de Schengenz era móvil y recorría la línea que unía el primer y el segundo punto: se trataba del tren para ir y volver del trabajo.

No exagero si digo que una mesa de madera gastada, una cama oxidada y gastada y un tren destartalado y gastado eran las tres grises y gastadas columnas sobre las que se asentaba la vida de Schengenz. Tampoco exagero si afirmo que el sordo sonido de sus dedos contra la calculadora, el chillido de roedor de los muelles de su cama y los crujidos metálicos del vagón eran la única música que conocía. Las luces de los tubos fluorescentes eran su sol, la persiana de las ventanas su paisaje.

Verdaderamente es comprensible que nadie recuerde la figura de Ray Schengenz. Y que ni estatuas, ni museos ni grandes estadios deportivos lleven su nombre, ni se concedan premios en su honor. Era apenas un poco menos insignificante, aburrido y oscuro que una vulgar cucaracha.

4
Si le comparo con una cucaracha, un ciempiés, una babosa o un águila culebrera no es por denigrar a Ray Schengenz, a quien en cierta forma agradezco no tener que trabajar de sol a sombra. No soy un estúpido desagradecido: si le comparo con esos animales es para que se percaten de que casi cualquier ser de este planeta mostraba más entusiasmo y ganas de vivir qué él. Con casi cuarenta años, con su ralo y rubicundo pelo, su cuerpo de bebé, esas venitas en la cara que parecían a punto de reventarle y sus grandes ojos azules, con forma de dos huevos duros, que le daban esa mirada tan boba, sorprendía que hubiese llegado vivo a esa edad sin que nada lo hubiese aplastado. Su infancia había sido un catálogo de humillaciones pero la menor crueldad del mundo adulto le había concedido un respiro, al menos en lo que a violencia se refiere. Ni su jefe, ni sus compañeros, ni el vietnamita que le vendía el jamón cocido y el queso en lonchas de los que se alimentaba le tenían ninguna estima, pero no le pegaban palizas. No soportaban su antipatía, su torpeza social, su nefasto aspecto, pero más que ganas de hacerle daño sentían pena, desprecio o asco. No le levantaban la voz, preferían ignorarle, y sólo se le dirigían para delegarle trabajo o devolverle dinero. Él tampoco pedía más: ofrecía la misma conversación que la tapa de un bolígrafo y no rechistaba por nada. Los odiosos repasos de cuentas, la aburrida comprobación de bases de datos y archivos, que habrían absorbido la jornada completa de tres hombres, constituían su cotidiano refugio. Cobraba menos que cualquiera y se mataba a trabajar, pero habría pagado por hacerlo. Ocultarse tras montañas de papel y atrincherarse en las horas extraordinarias le hacían algo menos insoportable la vida. Eran su única forma de vida, mejor dicho.

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A no demasiados metros de donde Schengenz revisaba gastos de mantenimiento Racha Winothai se giraba, con disimulo, para contemplar a la dama que acaba de entrar en el restaurante en el que era camarero. Winothai no era el único que se había fijado: tres de los once varones que se sentaban en las diferentes mesas también, y también sintieron deseo. Winothai lo disimuló por miedo a que le descubriera su jefe, los otros porque compartían mesa con sus respectivas familias, a las que habían invitado a comer celebrando aniversarios o algún acto social similar. La mujer que había entrado en el restaurante tenía el mismo propósito: comer con los suyos. Tras ella correteaban dos niños castaños perfectamente vestidos. Su marido, también con ropa de marca y perfecto peinado, cerraba la comitiva. Ella, es justo decirlo, llamaba la atención: el ruido de sus tacones la precedía, y todo lo que venía después era espectacular. Las altas botas de cuero contorneaban unas pantorrillas perfectas y los pantalones, parecidos a los usados para montar a caballo, abrazaban unas piernas, unas caderas y un culo despampanantes.

Eso era lo único que Winothai recordaría de esa mujer a la perfección: su culo envuelto por una delgada tela marrón. Pero su cara también era hermosa, y la fina blusa blanca sugería que los pechos no lo eran menos. Pero Winothai sólo tuvo tiempo y memoria para poder hablar de ese culo. Nadie tuvo nada que reprocharle, porque ciertamente era soberbio, mucho más hermoso que el de Ray Schengenz, hasta ahora el único trasero del que habíamos hablado.

6
Esa mujer se llamaba Amanda Pet y Frederick Pet, el hombre bien peinado que ahora se sentaba enfrente suyo, era efectivamente su marido. También era el padre de las dos perfumadas criaturas que ocupaban los otras dos sillas, por lo que esos cuatro comensales constituían la familia Pet, de la que sólo faltaba el perrito Shaggy que los esperaba en casa. Los humanos Pet no celebraban nada en particular, sólo el hecho de poder reunirse a almorzar juntos, algo que sólo podían hacer dos veces a la semana. Además ese restaurante, especializado en comida asiática, les gustaba a los cuatro. Los niños sólo comían pollo al limón, dejando la piel porque les daba asco. Frederick y Amanda recorrían las posibilidades que les ofrecía la permutación de cinco elementos: el arroz, los fideos, el pollo, la ternera y el cerdo agridulce.

Comían en ese restaurante gracias a Frederick, no sólo porque era quien pagaba sino porque él lo había descubierto. Trabajaba muy cerca: a una manzana cruzando la calle, en el mismo lugar donde Ray Schengenz trabajaba en ese momento. Nada casual, porque Ray era uno de los muchos empleados de Frederick.

Mientras se sentaba a la mesa rodeado de su familia Frederick tuvo un pensamiento: pensó que en unas horas, veintiuna si no había tráfico después de dejar a los niños en el colegio, llegaría a su despacho y le pediría a su secretaria, Amber Evans, que recogiese los papeles que Schengenz tuviera listos, evitando así tener que verle. El pensamiento fue fugaz: relajado en el restaurante, a punto de llenarse la panza con hidratos de carbono flotando en aceite de dudosa calidad, prefirió ocupar su mente en cualquier cosa antes que en su repelente empleado o nada relacionado con él.

No en vano Frederick Pet no era uno de esos tipos que gastan su tiempo libre en pensar en el trabajo, o al menos eso acostumbraba a decir. Acostumbraba a decir que era distinto a los otros jefes y que lo más importante en su vida eran su deseable mujer y sus impecables hijos, por lo que se puso de buen humor y sugirió un brindis, dejando incluso que los pequeños diluyeran un poco de vino en sus copas rellenas de agua, para celebrar la felicidad que sentía teniéndolos a todos consigo. Los cuatro brindaron por la felicidad que sentían. Tras el pequeño buche, y mientras alejaba la copa de su boca, cruzó una mirada con Amanda y olvidó definitivamente el trabajo. Empleó todo su cerebro en idear con qué entretener a los niños esa tarde de domingo mientras follaba con ella. Quería estar metido entre sus piernas lo antes posible. Bajo sus pantalones color crema y su calzoncillo boxer guardaba una notable erección.

7
No hay nada malo en tener una erección un domingo al mediodía, a menos que seas párroco y te encuentres dando misa. Pero Frederick no comentó nada para no verse obligado a dar a sus hijos una explicación sobre erecciones. Tampoco se lo dijo a Amanda, pese a que ella no la hubiese necesitado: sus ojos, desde una edad relativamente temprana, habían asistido a un desfile de penes inflados de sangre.

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Amanda también tenía una especie de 'secreto' que tampoco se atrevía a exponer, pese a ser algo incluso más natural que una erección: su saludable aparato digestivo ya había procesado la comida y la cena del día anterior y el desayuno de esa mañana, acumulando muchos sobrantes. Demasiados como para poder alojar más comida, por mucho que fuera asiática. Que su vientre se lo recordara no tenía nada de particular: era algo habitual en muchísimos seres vivos. Sólo el lugar donde se encontraba y su educación suponían un problema.

De haberse encontrado en su casa, donde disponía de dos baños equipados con cómodos y eficaces cagaderos, en el gimnasio, donde acudía tres veces por semana, en el apartamento de Bob, con el que se acostaba desde hacía cuatro meses, o en la casa de sus padres, donde había vivido hasta los 22 años, los músculos de su recto se habrían relajado lo suficiente como para liberar fácilmente su mierda. Pero el baño del restaurante Birmania no pertenecía a ese grupo de lugares elegidos, así que Amanda brindó por la felicidad pero no pudo sentirla porque era incapaz de olvidar lo que la pasaba.

Frederick podía apartar de su cabeza el trabajo y la necesidad de follar, pero ella no podía extirparse el vientre.

Es difícil ser feliz, incluso en un domingo soleado comiendo con los que más quieres, si necesitas cagar y no puedes.

9
De haber sido una cabra, por ejemplo, Amanda habría sido feliz. Habría arqueado levemente sus patas, habría apretado el ojete y, mientras expresaba su satisfacción con un balido, habría defecado. Sólo la habría importunado alguna mosca curiosa, fácilmente espantable con el rabo. Despreocupada, se arrojaría sobre la ternera, el curry y la leche de coco que se mezclaban a medio metro de su cabeza y tras engullirlo todo habría soltado otro balido de felicidad.

Pero las nalgas de Amanda no eran las de una cabra, como había sido evidente para Racha Winothai y tantos otros. Ese agradable conjunto de músculos, grasa y piel, que se apretaba alternativamente al compás de unos ruidosos tacones, pertenecía a una mujer estadounidense multípara dotada de unos deliciosos glúteos.

Si en vez de ser una cabra o una mujer estadounidense multipara hubiese sido una indígena camerunesa multipara Amanda, quizá, se habría llamado Kapelush. Kapelush habría tenido las nalgas menos firmes, los labios deformados por un gigantesco aro y unos pechos tan caídos que tendría que apartarlos como dos cortinas para poder contemplarse el ombligo. Pero Kapelush, a cambio, habría salido del restaurante y sin ninguna vergüenza habría cagado en un árbol.

Es más, Kapelush ni siquiera habría entrado en el restaurante, ya que estaba estrictamente prohibido ingresar en él con taparrabos.

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Así que Amanda tenía un marido y unos hijos que la amaban, muchos admiradores y un físico privilegiado. Pero en ese domingo de presunta felicidad y presunta despreocupación era más infeliz y estaba más preocupada que una cabra o una salvaje llamada Kapelush.

Así de complicadas son a veces las mujeres.

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Aunque trató de participar en la conversación entre su marido y sus hijos Amanda no podía olvidar sus intestinos, por lo que antes de que llegaran los platos se levantó y fue hacia el baño a explorar sus posibilidades. En el camino descubrió a un hombre, que chupaba una costilla de cerdo, mirándola el pecho. También vio a un niño feo hacer montoncitos con el arroz de su plato. Inmediatamente después se cruzó con una mujer gorda, esposa y madre de los dos anteriores sujetos, que venía del inodoro al que ella se dirigía. Paró de inmediato y dio media vuelta sobre sus propios pasos, cruzando el invisible eco que sus tacones habían dibujado.

No acostumbraba a tener pensamientos de ese tipo, pero sintió asco por toda esa gente y decidió que era la última vez que comía en ese restaurante, que hasta ahora la parecía elegante y sofisticado. No se caracterizaba por su capacidad de observación, pero estaba en lo cierto: el restaurante estaba pasado de moda. Cualquiera podía engullir como un cerdo en ese local.

También acertaba en otra cosa: jamás volvería a pisarlo. Es más: Amanda no volvería a comer, nunca. Pero esto no lo sabía todavía: sólo nosotros. Así que es una especie de 'secreto'. Aunque nadie podrá contárselo nunca.

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Si entrecomillo la palabra 'secreto' es porque, como todo el mundo sabe, los 'secretos' son inexistentes o al menos perecederos. Todo 'secreto' termina siendo contado por mucho que se pida lo contrario. O es la propia vida la que se encarga de hacerlo desaparecer convirtiéndolo en algo público.

Así, por ejemplo, el 'secreto' de la erección de Frederick habría desaparecido cuando, en la gran cama rosa de la habitación de su casa, rodeado del papel de pared elegido por Amanda, hubiese desenvainado su polla para metérsela en la boca a su esposa. El 'secreto' de Amanda duró menos: cuando regresó a la mesa Frederick la observó el gesto serio y la preguntó qué ocurría. Ella se lo contó al oído, por lo que seguía siendo un 'secreto', aunque éste de pareja. Algo en cierta forma encantador, porque si bien los 'secretos' sólo sirven para crear ilusión de complicidad no es frecuente confesárselos a la pareja. Por eso Frederick se alegró. Y no sólo supo guardarlo, sino que además aportó una solución.

Era uno de esos tipos prácticos que saben aportar soluciones, algo por lo que le pagaban bien y era jefe de tipos como Ray Schengenz. También era bueno manteniendo 'secretos', aunque no le pagaban por eso. ¿Un ejemplo? Sólo contó que su esposa tenía un apretón cuando la policía le insistió en los motivos por los que había salido sola del restaurante.

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¿Y Ray Schengen? ¿Tenía o confesaba secretos? Nunca, porque jamás hablaba con nadie, pero también tenía cosas que esconder. Nada demasiado grave, en todo caso, sino cosas comunes, como una enorme curiosidad por las diferentes sustancias que producía su cuerpo o el gusto por el olor de sus pedos. Casi todo cosas endógenas, que quedaban para sí mismo.

Si supiésemos que alguien nos está observando la mayor parte de las cosas que hacemos para nosotros mismos nos darían mucha vergüenza. Y si descubriésemos a ese alguien observándonos le suplicaríamos que nunca se lo comentara a nadie, pero pediríamos algo imposible, porque como ya sabemos es imposible guardar para siempre un secreto.

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Schengenz comenzó a sentir hambre en el mismo momento en el que Amanda cruzaba la calle. Sostenía en su delgada y huesuda mano derecha, junto a unas uñas perfectamente pintadas y dos anillos llenos de brillantes, un llavero que había regalado a su marido. De él colgaban las llaves que abrían el portal del edificio en el que trabajaba, la puerta de la oficina de la que era jefe y el lavabo en el que sólo él estaba autorizado a cagar. Un lugar tan exclusivo, discreto y limpio que Amanda consideró tan excepcional como para dejarse convencer y poner el huevo en él.

Salió con prisa, dejando a su marido e hijos en la mesa y tras prometerles regresar en cinco minutos.

Aunque el trayecto era breve y Amanda caminaba muy deprisa -sus tacones sonaban con más contundencia y decisión que nunca- duró lo suficiente como para que tres hombres en un Ford rojo de segunda mano tuvieran tiempo de verla. No distinguieron sus ojos ocultos tras unas grandes gafas de sol pero sí sus curvas, y los tres coincidieron en considerarla muy atractiva.

Tanto, que no se privaron de hacer comentarios obscenos, e incluso el conductor hizo sonar la bocina para llamar su atención. Amanda no se giró, mitad porque la repugnaba ese comportamiento machista mitad porque tenía algo mucho más importante que hacer.

Sus prisas y su desprecio provocaron un último comentario, procedente del asiento trasero del Ford, que Amanda no llegó a escuchar. De haberlo hecho, y de haber tenido tiempo y ganas, podría haberse acercado hasta el coche a confirmar al bromista que efectivamente se estaba cagando. Pero no lo hizo: el hombre no llegó a saber que, por primera vez en su vida, había intuído a la perfección lo que pasaba por la mente de una bella mujer.

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Tras cruzar la calle y recorrer la media manzana Amanda no tuvo problema para abrir el portal, y sólo lamentó tener que esperar unos treinta segundos a que el ascensor bajara desde el quinto piso, donde se encontraba Ray Schengenz. Una vez llegó, y ya dentro de él, el otro medio minuto de subida fue uno de los más largos en la vida de Amanda, pero por fin terminó con un chasquido metálico. Abrió las puertas con impaciencia, las empujó con una pierna para cerrarlas de un golpe y, apurando su resistencia, logró abrir la puerta de la oficina con una velocidad admirable. El tintineo de las llaves y de sus tacones parecía acelerar cada uno de sus movimientos, teñidos por la prisa y la urgencia.

Pese al mal trago, estaba muy bella. En el ascensor se había quitado las gafas y sus ojos eran negros y hermosos, quizá demasiado grandes, es cuestión de gustos. En la frente, amplia y despejada, brillaban diminutas gotas de sudor, y sus mandíbulas se apretaban acentuando la cuadratura del rostro. La melena negrísima estaba despeinada por el sofoco, y los dientes mordían ligeramente los labios.

La apresurada respiración conllevaba la agitación de su pecho, que parecía querer abandonar el escote.

Me gusta pensar en ella. Si no fuera porque en pocos segundos habría de morir hasta podría masturbarme.

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Masturbarse. Otra de esas cosas que todos hacen, nadie habla y son susceptibles de convertirse en 'secreto'. Ridículo: hasta las cabras, las indígenas camerunesas y las mujeres hermosas de elevada clase social lo practican. Ray Schengenz no era una cabra ni una indígena camerunesa ni una mujer hermosa de elevada clase social pero también necesitaba aliviarse de vez en cuando. Revisar bases de datos, ordenar direcciones y verificar presupuestos no era lo único que Schengenz hacía en sus inacabables y solitarias jornadas laborales.

También aprovechaba para sacarle punta al palito y juguetear con su líquido corporal predilecto.

Atendiendo a su rendimiento en el trabajo, horas dedicadas al mismo y esfuerzo por borrar toda huella de sus prácticas masturbatorias cualquier empresa coherente habría permitido a Ray Schengenz masturbarse cada vez que le apeteciera, al menos mientras no tuviese a ningún compañero cerca. Ese era su único problema: ser visto.

Algo que Amanda Pet no pudo impedir cuando corría por el pasillo hacia el baño de su esposo.

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Mientras su esposa veía a un desconocido con los pantalones bajados y la picha en la mano Frederick Pet pensó en Ray Schengenz. En que quizá estaría en la oficina, en el susto que se llevaría Amanda si lo descubría. Sonrió imaginando la escena: ella daría un grito, él se ruborizaría y pediría perdón, una y otra vez, por haberla asustado, por ser el trabajador más abnegado de la compañía.

Frederick Pet sonrió, imaginando a su esposa de nuevo en el restaurante, sentándose otra vez en la mesa, preguntándole frente a los niños quién era ese tipo repugnante que trabajaba un domingo por la tarde.

Pero Frederick Pet no era bueno imaginando. No le pagaban por eso, ni era jefe de una compañía por imaginar finales de historias.

Cuando descubrió todo lo que había sucedido no volvió a sonreir, y lamentó que nadie hubiese aplastado a ese Ray Schengenz que acababa de estrangular a su esposa.

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