El despertador, como todos los días, sonó a las 6 y cuarto de la mañana, pero Carlos no se levantó en el acto, como era su costumbre, sino que se regaló unos minutos de pereza imprescindibles, ya que el día antes se había acostado un poco más tarde de lo habitual. No podía perderse el último capítulo de su programa favorito de televisión, "Baberos", una teleserie española que recreaba las aventuras y desventuras de un grupo de jóvenes profesores empleados de una guardería pública en el centro de Madrid. El final de la temporada estuvo a la altura de lo esperado: Mónica, su mujer, y él permanecieron en vilo hasta que se aclararon todas las incógnitas que les habían amargado durante los últimos días. Definitivamente los macarrones con tomate habían sido la causa de la plaga de colitis que había estado a punto de acabar con todos los niños, y la responsable de la epidemia había sido la nueva cocinera polaca, que a la postre, tal y como Mónica se había atrevido a prever -esta chica parece tener un sexto sentido para estas cosas, pensó Carlos cuando comprobó lo cierto de la premonición de su esposa-, estaba liada con Manolo, el conductor de la camioneta que suministraba pañales. Ambos habían visto el filón y la posibilidad de, envenenando a los niños, multiplicar sus ingresos pero, al verse descubiertos... ¡quién iba a pensar que iban a provocar una terrible inundación en la escuela, de la que sólo pudieron salvarse los pequeños gracias a los restos de plastilina que hallaron por los rincones, a punto de morir ahogados, los profesores de Expresión Corporal Infántil, y con la cual pudieron tapar la cañería rota!-. Sin duda -pese a los muchos anuncios, todo hay que decirlo, de productos para bebés, lociones, cremitas, sonajeros multimedia y todas esas cosas tan monas que tanto aceleraban el reloj biológico de Mónica- trasnochar había merecido la pena, pero ahora era momento de levantarse, aunque ¡de qué buena gana dormiría un poco más!.
Pero Carlos no cedió a la tentación, y la espera se prolongó apenas once minutos, once deliciosos minutos de pereza y asueto en la cama. Para animarse definitivamente y ponerse en pie pensó que ya era jueves y que, en apenas una semana, llegarían las vacaciones. Para empezar, diez días en el Caribe, más concretamente en México, relajados, tostándose al sol, adormilados en medio del relajante rumor del mar y las motos acuáticas, los quads y los mariachis que amenizaban el descanso de los clientes del resort. Un ambiente idílico, ideal para reposar del agotador trabajo; una semana alejados de todo en la que, sólo dos años después de casarse, ambos podrían rememorar su luna de miel. Carlos, además, no tenía un gran recuerdo de ésta, por haber pasado más de la mitad del tiempo en la cama, y no precisamente conociendo más intimamente a la novia: una inoportuna gastroenteritis, fruto de beber agua de la nieve de un volcán neozelandés, le había cortado la digestión, y los restos de azufre que habían permanecido en las nieves perpetuas de la Cordillera Darwin le causaron además unos insoportables gases. Ahora, en México, la cosa sería diferente, y sólo las noticias que cotidianamente llegaban a España, describiendo tornados, inundaciones y tifones varios -George, Mitch, Mike... la lista de fenómenos meteorológicos era tan larga como la de los presuntos amantes de Angelina Jolie- enturbiaban el panorama. Mas su optimismo natural y la seguridad transmitida en la agencia de viajes, expediéndoles un seguro que cubría avalanchas de lodo de varios metros de altura, todo tipo de fracturas provocadas por trozos de bungalow voladores y picaduras de mosquitos, incluídas las de aquellos que propagan epidemias y enfermedades mortales, habían alejado cualquier atisbo de incertidumbre. Sí, estaba convencido: serían unos días maravillosos.
Algo más animado y despierto ya logró ponerse en pie. En realidad, pensaba mientras se metía en la ducha, cosa que hacía siempre según abandonaba la cama, le preocupaba más la segunda semana de asueto. En ella no habría que temer catástrofes naturales: lo más amenazador de Estepona era morir aplastado por los millones de personas que se reunían a tomar el abrasador sol malacitano; pero sí existía una preocupación familiar, ya que irían a la casa de veraneo de sus padres. A diferencia de lo habitual, Carlos no temía reyertas entre sus padres y su esposa, furibundas discusiones sobre la hora a la que se comía o la cantidad de arena que había quedado en la bañera. Si algo le atemorizaba era justamente lo contrario: desde hacía mucho tiempo, concretamente desde la primera vez que los presentó, había tenido la molesta sensación de que su esposa se llevaba mejor con ellos que con él mismo, lo mismo que creía apercibir en sus caros progenitores. Era ridículo pero, junto a las tres personas que más adoraba en el mundo, en medio de sus seres más amados, se sentía excluído, fuera de su propia familia. Si bien al principio le encantó que la aceptaran tan pronto, muy rápido esa inmediata simbiosis le molestó, aunque fuera ligeramente. Y la cosa pasó de castaño oscuro el verano pasado, en sus primeras vacaciones comunes. Que Mónica decía que amaba la ensaladilla rusa, pues una semana entera preparando su madre ensaladilla rusa. Kilos de mayonesa, toneladas de guisantes, la producción de patatas de la costa mediterránea cada día sobre la mesa. Que Mónica quería conocer los pueblos de alrededor, de inmediato su padre organizaba, entusiasmado, una excursión cada día, cuidando mucho además de llevar siempre la música que a ella pudiera hacerle más agradable el trayecto. Shakira, Alejandro Sanz, Juanes... ¿de dónde había sacado su padre esos discos? ¿Había recorrido todos los top manta del paseo marítimo para que echara en falta su nuera a sus artistas favoritos? ¡Por favor! ¿Desde cuando le interesaban a su padre los ritmos cálidos y tropicales, los acordes bailables, los Números Uno en los 40 Principales?
Mientras aclaraba el jabón de su torso, mientras se cuidaba muy mucho de pasarse la esponja por el último rincón de su piel, aplicando posteriormente un aceite para así estár más suavecito, Carlos se preguntaba también a santo de qué venían todas estas preguntas. Se producía en él la clásica lucha interior entre el chico racional, serio, trabajador, que todo el mundo le consideraba, y que se reía de esos celos tan ridículos, contra el pequño y caprichoso chiquillo que todos tenemos dentro, que soplaba y avivaba el incontrolable fuego interno que le provocaba el asunto, esa chiquillada que enrarecía su providencial buen carácter. Nada importante, sin duda, pero sí algo que exigía unos minutos de reflexión a tan temprana hora de la mañana, en esos momentos en los que ni el cuerpo ni el alma están para preocupaciones mucho más graves. Razonó: no era más que el típico pensamiento con el que uno comienza el día y que luego, arrinconado por temas mucho más importantes, termina siendo olvidado al final de la jornada. Mucho más aliviado relajó su rictus, mientras se secaba con el suave albornoz C. El de su esposa, colgado de un ganchito justo al lado, era el M, aludiendo así a las respectivas grandes letras que ambos tenían bordada en su espalda, siendo totalmente iguales en el resto de atributos.
Después de doblar cuidadosamente albornoz y toalla de pies, cuidar muy mucho que el baño quedara impecable y ponerse la ropa que había ya introducido en el servicio para no molestar a Mónica, regresó al dormitorio con el también perfectamente plegado pijama que dejó bajo su almohada, a juego y con las mismas rayitas. Besó cariñosamente en la mejilla a su esposa, profundamente dormida. Fue a la cocina, se preparó e ingirió un café, dejó otro listo para cuando amaneciera su señora, volvió al cuarto de baño, se peinó con espuma el pelo levemente despuntado e, impecable, limpio y perfectamente arreglado, como si llevara horas despierto, se dirigió hacia la puerta, a través del pasillo, repleto de marcos de fotos desde las que sonreía el joven y feliz matrimonio, simpáticas instantáneas tomadas a lo largo de sus muchos viajes en común. El leve tintineo de unas campanitas adquiridas en Irlanda y, según la leyenda, propagadoras de buenos deseos de los elfos pelirrojos, percutieron y pusieron un poco de ritmos celtas mientras cerraba la puerta.
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