Diferente por su mayor ambición era Terminator 2 (El día del Juicio Final), que reunía siete años después al triángulo de la anterior entrega (Arnold, Cameron y, no nos olvidemos, la gloriosa y musculada Linda Hamilton, entonces esposa del director) agregando mayor cercanía al público adolescente y, por ello y con ello, un inédito arsenal de efectos especiales. Muchos pusieron peros a lo primero, basicamente por la mutación del personaje de Arnold, ahora del bando de los humanos, lo que además de mejorar la imagen del actor permitía que la película se hiciera mucho más cómica, una especie de buddy movie por la complicidad entre John Connor (prometedor Edward Furlong) y el hasta entonces maligno Terminator, objeto de bromas constantes. Años después, es justo reconocer que la película era más entretenida que la primera, sumando a la indiscutible habilidad de Cameron para la acción unos fluídos y divertidos diálogos. En cuanto a los efectos, Terminator 2 era la puesta de largo de la infografía en el cine: adelantándose por meses a los dinosaurios de Spielberg, los espectadores contemplaban asombrados la indestructibilidad de uno de los malos más originales y adorables del cine reciente, Robert Patrick como T-1000, el inolvidable Terminator líquido. ¿Hacía falta algo más? Bueno, un megahit del grupo de rock más famoso del mundo (Guns n' Roses, You could be mine) y su omnipresente videoclip, con lo mejor de la peli, en todas las televisiones. Resultado: T2 arrasó, sin más. Y desde ese mismo momento se especuló con que habría una tercera parte.

La espera duró doce años, durante los cuales Cameron se subía y bajaba del proyecto y de Linda Hamilton (al final la dejó por una actriz secundaria en Titanic) y Arnold se centraba en su carrera política, esa que terminará sentándole en la Casa Blanca. Ninguno de los dos, pues, tenía la más mínima necesidad de reencontrarse con los Terminators. Tampoco la historia tenía tanto sentido: los efectos especiales del anuncio de Mimosín tienen ya la misma credibilidad que las luchas intergalacticas, y todos sabemos que no hacen falta robots para aniquilarnos (nos bastamos con nosotros solos). Ni siquiera Edward Furlong, que hubiera sido un espléndido John Connor adulto, merecía la confianza de los productores: ¡no hubiera matado al Terminator líquido, se lo hubiese bebido! Pero pese a todo. T3 se hizo, probablemente en el mismo momento en el que Arnold daba el sí (fue el único en hacerlo, por cierto).
Productores y Arnold pensaron en otro arreón a sus cuentas corrientes, pero no le prestaron tanta atención a la historia. Era de esperar que nos hablarían de la guerra entre cyborgs y humanos, crónica descarnada de batallas en un mundo postcatástrofe nuclear. Pues nada de eso: es como la segunda, pero sin Terminator líquido. Cambiemos un poco, sustituyamoslo por una mala malisima, del estilo de la de Species pero sin estar tan buena (es, además, bastante reacia a salir en bolas), todo lo cual nos deja un personaje patético. Nadie nos había avisado, pero John Connor no sólo es torturado por la carga de salvar a los hombres, sino también por la mixomatosis: ¿porqué contrataron a un actor con una cabeza tan gorda? ¿Por qué tiene tan poco carisma? Lo que prometía Furlong se lo cargan entre Stahl y los guionistas. ¿Y los diálogos? Dantescos. ¿Y la acción, y el espectáculo? Pues el sueño de un chapista: mucho coche destrozado, mucha explosión, pero a nivel efecto especial nada que justifique contemplar la peli. ¿Y Arnold? No sería de extrañar que esta fuera, por fin, su última película. Siempre propenso a autoparodiarse, todo en su interpretación es cinismo y nula convicción en lo que hace. Los gags sobre su -rechoncha- figura, eso sí, son lo único rescatable, la única lección del film: no es un epílogo, no resuelve nada, tampoco lo aporta. Sencillamente se adelanta a posibles parodias, a la deconstrucción ajena. Es el Hot Shots de Terminator. Los implicados, implacables, se ocuparon de acabar ellos mismos con su mito.
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