06 septiembre, 2005

Reacción en la Redacción, Chapter Three

Pipipipipipi. Pipipipi. Tan agradable, musical y bailable música era el despertador de Rafa, emitiendo su agradable trinar con diábolica regularidad. Cada cinco minutos su sueño, ese reparador descanso que trataba desesperadamente de recuperar, se veía perturbado por la maldita alarmita. Así, como un ballet sincrónico, como una sofisticada coreografía registrada por Madonna, Rafa estiraba su brazo, exhalando un halitósico e incomprensible bufido, para golpear con la escasa fuerza que tan pronto acumulaba ese maldito reloj que parece tener sólo un objetivo en su robótica vida: extraerle de la cama. ¿Cómo puede odiarse tanto a una máquina? ¿Cómo puede aglutinar tan pequeño aparato, tan ridículo amasijo de piezas mecánicas, de agujas, de microchips japoneses, tanto rencor humano? Despierto, le encantaría haberse podido preguntar tan interesantes cuestiones, pero en esos momentos se mostraba demasiado resacoso y dormido como para, sencillamente, terminar de comprender lo que a su alrededor sucedía. En la deshecha cama, con más manchas que la Sábana Santa, con más restos de vello púbico que el catre de Barbazul, sus desesperados e incómodos movimientos sólo pretendían huír de la ineludible verdad: una nueva jornada empezaba. Sin embargo, no es novedoso descubrir, y con ello aplaudir, la capacidad de supervivencia humana, sus enaltecidos esfuerzos por poder seguir respirando. Así, y con un gran esfuerzo, en medio de jaquecas, migrañas y explosiones cerebrales varias, Rafa no sólo parecía atrasar una y otra vez la alarmita sino que, heroíco, el acompasado pitido había sido introducido a su onírica fantasía: “¿Otra vez, Letizia? ¿Otra vez saltan las alarmas, anunciando el GPS que le has puesto en la corona a tu marido que este, ejemplar heredero, futuro del Reino de España, se aproxima a menos de cien metros de este agradable Palacio?”. Y así, en una heroíca lucha entre hombre y máquina, entre realidad y ficción, martilleaba este nuestro tercer héroe a la dama en la cabeza, con el propósito de atontarla y poseerla febrilmente, plasmando así en fantasías el mucho más terrenal acto de volver a apagar el despertador, ese moderno y desalmado sustituto del mucho más tradicional y agradable gallo anunciador mañanero. Plumífero personaje, además, muchísimo más efectivo: por todos es sabido que en muchas aldeas del norte, incluso, eran amaestrados para que, de no ser escuchado su canto, se desplazaran ingrávidos, hirsutos sobre sus desplegadas alas, revoloteando hasta alcanzar los más altos ventanales y, una vez superados estos, entraran en las alcobas a picotear en los ojos a los campesinos dormilones, holgazanes y reacios a acudir a su cotidiana cita con hoces y demás áperos campesinos...

¿Merecía Rafa este castigo? ¿No era cierto, no estaba científicamente estudiado, que el hombre necesita saciar su hambre de sueño, y que de no hacerlo muy difícilmente es eficaz en sus quehaceres diarios? No sólo eso: también la carestía de descanso, la imposibilidad de recuperar las energías que cada jornada laboral Rafa derrochaba podían conducirle a ser víctima de diversos estragos físicos. Sin ir más lejos...¿No era cierto que, en su fuero interno, se sentía cada día menos resistente a los efectos del alcohol? No era necesario retroceder demasiado en el tiempo: apenas hora y cuarto antes de vivir este difícil momento se desplazaba costosamente, con denodados esfuerzos para no tropezar y bajar rodando las escaleras, hacia su cama, ansioso por poder echarse al lecho y, lo antes posible, volver a su lugar de trabajo y hacer de nuevo un alarde de energía. Las cuatro jarras de sangría ingeridas durante la saludable cena -basada en entresijos, gallinejas y demás casquería variada, dieta recomendada por nueve de cada diez cardiólogos para ingerir antes de irse a dormir-, los chupitos posteriores de rigor, celebrando que sus arterias hubiesen resistido el trance, los cubatas a los que la casa le había invitado y, como colofón final, las copas de despedida en el bar de la esquina, donde una camarera ocultaba, noche tras noche, su enfervorizado y volcánico deseo tras una ridícula apariencia de ignorancia o, incluso, en ocasiones, desprecio, habían dejado mermadas todas sus cualidades, muy especialmente aquellas relacionadas con la psicomotricidad, pero no su ánimo periodístico, no su hambre de verdad, no su urgencia por comunicar y universalizar la misma.

Mas no fue sólo esto lo que le arrebato de los brazos de su lecho, lo que le extirpó de forma definitiva de su bien ganado reposo.

- Rafaeeeeeeeeeeeeel, ¿qué haces con el despertador? ¿Es que no te vas a levantar nunca? ¿Hoy también piensas llegar tarde a trabajar? ¿No sabes que te pueden echar? ¿Quieres que me levante a preparar desayuno? ¿Quieres que te lleve en coche? ¡Rafaeeeeeeeeeeeeel!.

Y es que sólo había una cosa, a esas horas, que pudiera odiar más que a una máquina que luchaba por despertarle: una madre que conseguía despertarle. La letanía de gritos procedente del dormitorio de su progenitora, la lastimosa retahila de reclamos de seriedad, de madurez, de profesionalidad responsable, lograron volverle loco y así, cuarenta minutos de lo conveniente, logró ponerse de nuevo en pie, casualmente con la misma ropa con la que recordaba haberse acostado la noche anterior o, lo que es lo mismo, apenas hacía unos minutos. El apoyar el pie izquierdo sobre el suelo se vio acompañado, inexplicablemente, por el ruído de cien soles estallando allá en el cielo; el apoyar el segundo pie supuso ya demasiado esfuerzo, quebrándose las rodillas y estrellando su demacrado rostro con la mesilla de noche, en la que se apilaba todo tipo de material pornográfico.

- Rafaeeeeeeeeeeeeel, ¿te pasa algo? ¿Quieres que vaya? ¿Es que te encuentras peor?... ¿Quieres que me levante a hacerte un cola cao calentito?- pudo escuchar Rafael, desde el suelo, con los mofletes apoyados sobre las nalgas, al menos en su versión papel, de la legendaria Penélope Zones.

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