07 septiembre, 2005

Reacción en la Redacción, Chapter Four

Cuando el reloj marcaba las siete horas y tres minutos, ni un segundo más ni uno menos, el sofisticado reloj Kukamashi, adquirido en Tokio, único en el mundo por ser de color rojo lila y tener la firma del más famoso compositor de música con palillos japoneses, Takeo T- Wasabi, comenzó a expeler un zumbido, especialmente audible pese a su baja frecuencia por el oído humano, que procuró a X un plácido y paulatino despertar. Era la hora exacta en la que, según una página web de astronomía muy reconocida, se producía el máximo punto de confluencia entre el recién nacido sol y la decadente luna, lo que daba lugar al nacimiento de un haz especial de luz supersónica y altamente relajante sobre la ciudad de Madrid. Las perfectamente planchadas y, sobre todo, empapadas en suavizante sábanas de la pequeña cama de X fueron apartadas con suma delicadeza, y era tal la perfección de su imagen, lo inmaculado de su finura, que nadie hubiera podido decir que ahí hubiera estado durmiendo alguien, a no ser que se tratara de un delicado fantasma.

Con tremendo regocijo, anulado el presunto sueño por la emoción de comtemplar tan revelador e interestelar espectáculo, X se acercó a la ventana y, entre las cuerdas de tender de sus vecinos, sobre las que se asían, como banderas de la cotidianidad, orgullosas camisas, atrevidos calzoncillos y alguna que otra braga que, en su ondear orgulloso, parecía capaz de tapar una furgoneta, sus oscuros ojos quedaron deslumbrados por el casi imperceptible alumbrar con el que el día comenzaba. Entusiasmado, X se dirigió a toda prisa hacia la habitación del ordenador, para narrar en primera persona, y lo antes posible, su experiencia casi mística en el blog. Las prisas, sin embargo, no le llevaron a olvidar algunas de sus primeras obligaciones que acompañan cada uno de sus madrugares: poner el agua a hervir en su futurista tetera en la que, según comenzaban a brotar las primeras burbujas, como fuegos artificiales por el nuevo día, fue introducida una deliciosa bolsita de té de magnolia armenia, que por todos es sabido ofrece uno de los más suculentos sabores al paladar cultivado. Mientras eso ocurre, y justo después de poner en el equipo de música lo último de Antiturbulence Awakenings, uno de los mejores grupos para ese momento del día que ha podido encontrar navegando en los sites de tiendas virtuales de discos de todo el mundo, sus algo peludas fosas nasales -por cierto, piensa, he de depilarme hoy si no quiero parecer un salvaje- comienzan a zambullirse con deleite por el cálido aroma de los panecillos, que empiezan a tostarse, de pan francés. Para alguien que no esté acostumbrado a tratar con la aristocracia resultaba sorprendente contemplar la velocidad y eficacia con la que X era capaz de poner en marcha una organización tan compleja, perfecta y, al mismo tiempo, hacerlo con ese aire de naturalidad instantánea, de una forma asaz, metódica y matemática.

“Titilan las primeras luces del alba. Se rompe así, desvirgada por haces lumínicos, la inmaculada manta de negrura que cubre esta capitalina ciudad. No es una mañana cualquiera, aunque...¿puede decirse eso de alguna otra? ¿Puede hablarse de días como de unidades exactas, desviando así la mirada de una para mí evidencia: que cada nacer es una nueva mañana, que afrontamos una vida diferente cada vez que amenecemos? Hoy, además, el destello de la arborescen...”

La escritura en el ordenador se vio súbitamente interrumpida por un hecho mucho más compronbable y notorio: el olor que emanaba de la hermosa tostadora, a juego con cada uno de los muebles, complementos y abalorios de la cocina hacía palpable que los panecillos estaban a punto de pasar del estado sólido al carbonizado. Nervioso, X agarró una de sus agujas de punto -otra de sus iniciativas domésticas para escapar del estrés: puzzles, yoga, suboku, meditación trascendental, técnicas de onanismo varias e innumerables vías de relajación habían sido también intentados- y ensartó, con la misma habilidad que podría mostrar el campeón del mundo de esgrima, los dos delicados churruscos, que apenas exhibían un poco de excesiva negritud, como unos turistas alemanes que, atrapados por el tinerfeño sol, churruscan un poco de más su anteriormente blanquecina piel.

Deliciosos con la confitura de cerezas y fibra que tan bien le ayudaba a hacer del vientre, una lucha ancestral en el caso de alguien tendente al estreñemiento como él, los panecillos, el té indoeuropeo y tres tazas de café extracafeinado fueron colocados sobre la bandeja, amorfa para unos, diseño de Mariscal según él, que le costó una burrada en el mercado de la Boquería, y colocados en la diminuta mesita del ordenador. Apenas nada cabía; es más, de haber sido una computadora normal la alfombra persa pronto se hubiera convertido en un cuadro de Pollock con motivos desayuniles esparcidos por el suelo, pero el haber adquirido, recientemente, el MiniS-Dedal-MicroMac le permitía, además de una capacidad de memoría absolutamente asombrosa en cacharro tan diminuto y una conexión de altísima velocidad, disponer de un compromiso más que satisfactorio entre cibernética, diseño y altísimo rendimiento del espacio tan pequeño que la mesa le ofrecía. Así, desayunando tranquilo, merced a sus matemáticos cálculos que le aseguraban llegar a la hora exacta al trabajo, X comprobaba las visitas a su página web, contestaba como una diva de Hollywood a su legión de cibernéticos admiradores y, por supuesto, contrastaba la primera plana de los más importantes periódicos on line del planeta, para así poder enfrentarse a su jornada laboral con una perspectiva tan completa como amplía y multidisciplinar.

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