Cual no será mi sorpresa cuando, sin embargo, lo único que contemplo aburrido primero, ofendido después, es a una retahila de seres mentirosos, traicioneros, carentes de todo principio y, a la vez, ánimo, inteligencia o fuerza para salir de su pozo. Las Princesas de León no paran de recibir palos (no hay, en toda la película, ningún personaje que las ayude, que las comprenda, al menos fuera de su profesión -en la que tampoco hay más que hienas, por cierto-). Pero sus puteadas criaturas, lejos de enfrentarse a esa miseria, ponen la otra mejilla, mascullan y, siempre con la mirada perdida, anhelan un imposible mejor futuro con poesía sensiblera.

Desde su primera película la fama de Fernando León ha crecido mientras se degradaban sus historias. El que presume, con la complicidad de los medios, de ser el cineasta social español por excelencia ha cambiado de táctica: de retratar la realidad mediante un humor ácido y novedoso pasó, en su última película (aunque mucho de esto ya se adivinaba en 'Los lunes') a desfigurarla a los golpes, tratando de hacerla creíble mediante la humillación constante de sus personajes.
Es ridículo que León finja cariño por ellos: los humilla, los castiga con desengaños sentimentales, violencia física y, en un giro final repugnante, una enfermedad dolorosa y mortal, que además será propagada con un ridículo afán de venganza. Cinematográficamente hay más peros: no sólo León vampiriza a sus personajes para mostrarse 'realista' o 'comprometido', sino que salpica y alarga artificiosamente la trama a través de diálogos increíbles, casualidades morbosas, las omnipresentes en su cine "mentiras familiares piadosas" y, como era de esperar, una última secuencia en la que un ridículo jolgorio final amnistía a las prostitutas convirtiéndolas, por fin, en princesas, dándolas al menos durante unas horas la tan pasajera como improbable posibilidad de ser felices.
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