20 junio, 2006

La vida es fea

La criticamos como criticamos todo, pero La 2 sigue siendo la única televisión en abierto donde ver cosas decentes en versión original. Durante cuatro domingos emitió sin anuncios "Shoah", el documental de Claude Lanzmann sobre el exterminio de judios durante la II Guerra Mundial. Dividido en cuatro partes (nueve horas y media en total) y a la una de la madrugada no era fácil ver/ grabar la película entera, pero gracias a mi ancestral dominio del temporizador y el VHS he logrado completarla, viéndola posteriormente en tres sesiones. Aseguran que la experiencia es mucho más contundente contemplada toda seguida; aplazo ese acto de fe cinematográfico a días de menor dispersión y mucha más concentración.

El germen de la película está en el viaje de Lanzmann (París, 1925) por todo el mundo, durante doce años (la película se presentó en 1985), para recabar la mayor cantidad posible de entrevistas a supervivientes. La singularidad de Shoah no estriba sencillamente en escuchar sus horrendos testimonios, sino en contrastarlos con la experiencia de otros testigos cuyas palabras no han sido tan amplificadas: los polacos, los alemanes, los militares que compartieron esos momentos sin salir tan malparados. Lanzmann dice que “lo difícil no fue encontrarlos, sino persuadirlos para hablar. Debían decir cosas muy duras y difíciles. Sin duda tendría que ayudarlos y necesitaba saberlo todo antes”. El resultado es espeluznante.

No es fácil escuchar narrar la muerte de hijos, padres, parejas por el simple hecho de ser judios. La habilidad de Lanzmann es transmitir sus tragedias sin mostrar cadáveres, niños famélicos, la diabólica cotidianidad de los campos de exterminio. Prefiere centrarse en los decrépitos rostros llorosos que tratan de contener la emoción mientras recuerdan sus peores pesadillas, para oponerlos inmediatamente después a los de los colaboradores, los ignorantes, los cómplices, a sus tensos músculos tratando de convencernos de que todo era ignorado por la sociedad alemana. Mientras decidimos si creerlos (Lanzmann no tiene dudas: culpables) se intercalan imágenes recientes de Auswitch, Belzec, Treblinka... Lugares con tanto significado que a veces parecen irreales, pero que conservan las cicatrices de lo que ocurrió en esos años.

Emocionantes por separado y apasionantes seguidos, cada uno de los cuatro capítulos conserva el objetivo general (dejar testimonio primero, descifrar el por qué de tanta maldad después) pero se centra también en aspectos diferenciables. La primera parte narra la llegada a esos campos de exterminio, su funcionamiento, con testimonios de supervivientes. La segunda se detiene algo más en los beneficiarios de la "Decisión Final", los que usurparon casas, riquezas, los que vieron satisfecho el odio ancestral hacia los judios. La tercera parte detalla la complicada maquinaria que hizo posible el exterminio de millones de personas en un tiempo récord, y la cuarta mezcla la trivialización del asesinato masivo con lo ocurrido en el ghetto de Varsovia, los alzamientos por parte de prisioneros o las difíciles relaciones entre judios, resistencia polaca y comunidad política internacional.

Pese a su pausado ritmo y a sus muchas horas de duración (el material original daba para varios días de película) hacen que ver Shoah no sea fácil, pero hacerlo es una experiencia. No tiene nada que ver con otros documentales más orientados a la morbosa exhibición de cadáveres y cifras. También se encuentra a años luz de películas que, aunque loables, se dejan llevar por las exigencias de todo largometraje destinado al gran público. Shoah es definitivamente severo con un tercer tipo de miradas, deplorables y recientes, que tratan la premeditada matanza con la disciplencia del que contempla una riña colegial. Con sus pequeños defectos (excesivas loas finales a la creación del estado de Israel, por ejemplo), con los particulares métodos periodísticos de Lanzmann (imágenes robadas sin permiso del entrevistado, por ejemplo), con la hondura y el enigma implícitos en todos los implicados, Shoah es un viaje histórico, humanístico y, a la postre, introspectivo. De una forma u utra, y aunque no la olvidemos del todo, la Historia siempre terminará repitiéndose, y sin duda nos pagará con su peor moneda tanta injusticia y egoísmo actuales. Esperemos que cineastas como Lanzmann estén ahí para poder, también, denunciarlas.

- Entrevista a Lanzmann en Página 12

- Libro sobre la película

- Más sobre Shoah

- Los campos de exterminio

- Holocausto en wikipedia

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