El cabrón del tiempo corre y además no para. Vuela y tiene plumas negras. La vida fluye a borbotones sin parar. Cuando lo hace palmas, y eso ya no es vida. Cada segundo todo muta en otra cosa: las células envejecen, se oxidan, mueren y se reproducen. No hay existencia en lo inmóvil.
Las vidas de los conocidos parecen detenerse en cuanto dejas de comunicarte con ellos. Al despedirse su figura queda en ti, congelada. Permanece algo estático, inamovible, que no es persona, ni vida, sino un sustituto, que sirve para no olvidar. El sustituto permanece detenido a nuestros ojos, no le pasa nada, no nos afecta. La ausencia de noticias suyas nos ayuda a archivarle, a considerarle quieto. Podemos pasar a otras cosas: nuestra vida sí cambia, crece, disminuye; se nos ocurre algo nuevo, brota otro temor, otro fuego. Vivimos lo que en otros consideramos parado.
No hay interrupción, no paran. Somos fotos para otros, pero seguimos moviéndonos. Pero somos fotos: imágenes, recuerdos, huellas. Sustancias indescriptibles.
Nos describen y nos confunden. Nos engañan haciéndonos sentir de otra forma: imprescindibles. Nadie lo es, por mucho que se lo crea. Ni siquiera serás imprescindible en tu vida: todo sobrevivirá.
XXXXX
Hoy me sentí afuera de varias vidas que, hasta hace poco tiempo, fueron mías y a las que pertenecía. De centro pasé a nada. De vida movimiento, a reliquia, animal en extinción muerto hace meses.
Hoy estuve con dos personas a las que conozco tanto cómo para decir que las quiero. Con agradecimiento, placer, admiración y sorpresa.
Ayer me reencontré con dos personas a las que llevaba tiempo sin ver. Cuatro meses. No era una separación casual: elegí no saber de ellos. Fueron víctimas colaterales de otra decisión, de otra relación, de otra vida, de la que ellos eran parte.
En él vi algo similar a decepción, desconfianza, traición, pena. No me miró a los ojos, rehuyó mis caricias, se alejó. La conversación se dió pero no se compartió, limitándose al intercambio formal de frases. Dejé de ser un hijo hermano o amigo para ser alguien distinto. Un extraño conocido. Un muerto viviente, un objeto inadecuado, un fantasma.
Me sentí lógico en el pasado pero ahora absurdo, sin sentido, sin lugar ni sitio. Él estaba más incómodo, lo achaco a que sabe menos: muchas preguntas tuvo que responderlas él mismo. Su instinto, experiencia, bondad, su cariño le dictaron entender lo que hicé pero no poder compartirlo. Debí haber aparecido antes, hubiera sido feliz. Llegar a un proceso más común. No lo hice en su momento, y ahora no tiene sentido. Puede que haya más oportunidades, pero no querré aprovecharlas. Sé que sí, pero quiero un poco más de tiempo.
Un poco después, justo cuando me marchaba, volvimos a hablar tres minutos. Y me sentí como cuando era niño y me reencontraba con un amigo del verano al que sólo veía durante un mes al año. Al principio éramos tímidos, dudábamos de cómo habría evolucionado el otro. Volvíamos poco a poco a compartir, hasta terminar siendo uno. Creo que ayer empezó el reencuentro. Creo que así será y ambos lo disfrutaremos. Así prefiero creerlo.
¿Qué imagen me queda ahora de él? Volvió a ser dinámica. Me gustó sentirle incómodo e inseguro. La comodidad y la seguridad son demasiado importantes como para perderlas con cualquiera. Ahí yo no era un cualquiera, y él era un amigo. Imagino que, tras la cena, se quedó pensando, contemplando como muchos de sus actos contradecían lo pensado, y viceversa. En él se peleaban pena, distancia y resignación. Ahora sé que todo eso se mueve, antes no sabía ni qué era lo que estaba parado.
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Con ella ha sido distinto, tiene que serlo, es otra persona, es ella y no es él, es madre y no es padre, es mujer. La mujer sabe más, nota, huele, inventa, supone y acierta. Para ella lo ocurrido hace cuatro meses no supuso una sorpresa por lo que conocía lo que ocurriría ahora. Sabía de siempre que su hija quería a un muerto, una forma magnífica de perder el tiempo. Sabía que estaba sin estar ahí, que era una presencia ausente y un futuro predestinado a no ser. Pese a todo, me querían.
Hoy tenía también la actitud que yo había supuesto. No porque se mantuviera estática; esta vez, porque nada había cambiado y nadie se había confundido. No pensaba que los estaba engañando: era yo el equivocado. Un mentiroso que cree que vive verdades no es merecedor de castigo, sino de cariño. No les daba lo que les debía dar, pero sí otras cosas para ellos suficientes. Ambos, por fin, lo veíamos.
Se pasó de lo inútil a lo real, del pretendido calor al inicio de la tibieza. También de lo probable a lo cierto. No había nadie traicionado: todos lo sabíamos. No hizo falta explicación: no cuando ya se sabe.
Me hubiera gustado mostrarme como algo nuevo, pero ellos ya me vieron cuando aun era el antiguo. Por eso estuvieron siempre.
Para ellos mi novedad era mi verdad y mi descubrimiento mi esencia.
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Como mis dudas y mis soluciones se sabían no quise molestar con ellas. Me marché solo, cargado conmigo mismo, sin remover mucho el aire. Cuando tenga algo nuevo, algo más, volveré. Me fijé en el termómetro al entrar y volví a mirarlo al salir. No había cambiado en absoluto. Dejaba todo tranquilo.
Negro en el silencio, poniéndole caras al frío, caminé. Al hacerlo me sentí más insignificante, diluyéndome sin haber llegado a ser uno. Pero también saboreé cómo otros, pocos, los elegidos, nos conocen más que nosotros mismos, y cómo es imposible sorprender a quién nos lleva esperando hace años. Sólo queda llegar a dónde nos han supuesto, ser dignos de nosotros mismos.
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