07 febrero, 2005

Vecinos

En las noticias no paran de hablar de la ola de frío, que convertirá este país lleno de sol y turistas en una sucursal del Círculo Polar Ártico. Si uno aguza el oído, incluso, le parece oir las máquinas quitanieve recorriendo las calles de Lavapiés, comiéndose los pivotes de las esquinas y abollando los pocos coches de la zona que, expuestos a calles tan abigarradas y estrechas, permanecen con la chapa intacta. Es enero, finales de enero, y bien sea por que estamos en invierno o por el tan popular cambio climático hace mucho frío. Al menos, en el exterior. En mi casa, en eso que llamo mi hogar, la temperatura es cálida, tropical, caribeña. No llevo pareo ni bikini, pero no me constiparía si estuviera desnudo. Con un picardías casi sudo. Maravillas de la vida moderna.

Para combatir el frío me sale más barato quedarme en casa que comprar el mejor abrigo. Salir a la calle es sinónimo de gasto: cuesta el transporte público, el privado, leer el periódico en la cafetería, ver el partido del plus en el bar. Corren malos tiempos también en lo económico, así que quedarme parapetado en mi extensa videoteca huele a solución. Me encantaría tener compañía femenina para compartir mi refugio, pero eso tarde o temprano también termina costando dinero. Así que friolero, avaro y huraño me encierro a ver una película. El delirio que acostumbra a tomar muchas de mis decisiones me hace elegir una película polaca, hablada en francés, de terror. No es muy lógico, pero tampoco lo es salir a la carretera con estas temperaturas y así lo han hecho millones de gilipollas, que ahora claman atrapados por la nieve. Tengo comida, calor y película polaca. Puede que me vuelva loco, pero no está en juego mi supervivencia.

La película comienza y desde el primer segundo se ve que la cosa es rarita. Transcurridos diez minutos la película se hace un poco pesada; a los veinte puede hablarse de un petardo, y pasada la primera hora es necesario sufrir alguna enfermedad mental para sentirse interesado en semejante tostón. La protagonista, una actriz francesa con la cara del tamaño de una sandía pero con menos pepitas empieza a sufrir penalidades relacionadas con su condición de adúltera y los tormentos que eso le supone al cabrón de su marido. Éste la hace sentir culpable, qué menos, y entre eso y sus propias inseguridades la vida de la mujer termina convertida en un infierno. En eso puede resumirse la primera media hora, que culmina con una secuencia en la que contemplo, sorprendido, como la actriz se arroja en el suelo de una estación de metro, brota un charco de sangre bajo su falda y, en el acto, el rojo se mezcla con una amarillenta y marrón sustancia. Encima se está cagando. Estupefacto ante lo que estoy viendo, regreso a la realidad. Eso no es cine, es una guarrería. Para hacer más bonito el momento la actriz empieza a berrerar como un animal furioso. El inhumano sonido debe pretender mostrar el desgarro interior que sufre, pero los fluídos que cada vez más la empapan distraen más hacía lo escatológico. Debe haber comido demasiados arenques, o alguna de esas porquerías que suelen comer los polacos. Y grita, grita mucho, síntoma de colitis.

Es tanto lo que grita esa mujer que me alarma. Son las doce de la noche y tengo en la televisión a alguien que grita, que se caga y que se desangra a la vez. Lo primero no puedo admitirlo: está dejándome sordo. Y la vuelta a la realidad conlleva también una duda: si sus berridos me resultan insufribles, yo que sé que es una película e, incluso, trato de entenderla, ¿qué pensarán mis vecinos? Cualquiera en varios kilómetros a la redonda debe pensar que ando torturando a una cantante de ópera para obtener ese escándalo. Así que de inmediato quito el volumen. La mujer con la cara de sandía no molestará más a mis vecinos.

Mis vecinos. Voy a hacer una descripción breve de mis vecinos. Son muchos. Vivo en una corrala compuesta por 37 casas. La mia es la más grande, y soy la única persona del edificio que vive sola. Bueno, hay una rubita medio francesa que creo que también vive sola, pero no recuerdo si esto es una realidad contrastada en alguna Junta de vecinos o se pierde en la noche de la fantasía onanista. Sí es verdad que somos 37 pisos, en los cuales puede hallarse a gente de varias nacionalidades. En la portería viven chinos: les engañaron, y no es un juego de palabras. En apenas diez metros cuadrados vive una familia. Las niñás están condenadas a la anorexia, de engordar un poco de más las tendrán que echar de casa. No caben, es imposible. En el primero no ubico a nadie, porque no es mi piso. Sé que existen, pero desconozco su origen o aspecto. En el segundo pasa algo parecido, aunque ahí ya sí que tengo contactos. Sobre todo el del segundo derecha, que me pilló robándole ladrillos cuando la reforma de la casa. Ambos la hicimos a la vez (me ocurrió con medio Madrid, lógico si tenemos en cuenta que me tardaron un año). En un momento dramático los obreros se quedaron sin ladrillos, y mi incauto vecino había dejado una pila gigantesca en la escalera. Bajé a comprar y me los encontré. No es de extrañar que en alguien con unas creencias religiosas tan sólidas como las mías el hecho fuera interpretado como un milagro divino. Cogí 10 ó 12 ladrillos, en el segundo viaje a por más su puerta se abrió y fui descubierto. Traté de hacerme el sueco pero no llevaba el pelo oxigenado ni era capaz de tararear ninguna canción de ABBA, por lo que fui descubierto. Mi vecino se planteó el pegarme, yo me planteé atizarle un ladrillazo. Al final todo quedó en una serie de insultos. Le llamé de todo por sospechar de que le estaba robando, cuando sólo cogía prestados algo tan ridículo como ladrillos. Esa estratagema le sorprendió: contaba con enfrentarse a un hombre y descubrió que era una señorita ofendida. Estuve a punto de decirle que me ayudara a subir los ladrillos, pero eso era algo que entraba en la difusa zona del recochineo. Desde ese día al menos nos saludamos, lo que no puedo decir del resto de los habitantes de Salitre 37.

Pero mis vecinos más vecinos son los del tercero, mi planta. A unos no los conozco pero creo que son sudámericanos y ruidosos, como si hiciera falta comentar esto último. Otros, de la puerta siguiente a la mía, también son sudamericanos. No sé cuantos son, creo que entre 4 y 14. No lo tengo muy claro. Hay niños pequeños que son muy ricos y simpáticos, andan descalzos por la corrala aunque haga un frío de cojones y a veces se paran en la ventana para verme cocinar. Les daria algo de comida, pero me da miedo que mueran intoxicados. Sus padres deben ser otros dos individuos que acumulan basura en la escalera, se peinan y tiran los pelos en la misma y no deben manejar la lengua, al menos para comunicarse. Luego hay dos chicos adolescentes, un poco más, de entre quince y veinte años. Son unos delincuentes en potencia. También son antipáticos, bajan la cabeza cuando te los cruzas y ponen música insoportable durante gran parte del día. No creo que trabajen en otra cosa que el hurto y el tráfico de drogas: habrá que pedirles el móvil. A veces se emborrachan y la lían en su casa, que comparte pared con mi dormitorio. Dos veces tuve que llamar a la policía: una, para que les dijera que no hicieran tanto ruído. La segunda, para que detuvieran a esos policías tan ruidosos. Como puede verse, me molesta mucho el ruído, siempre que no proceda de mi tele. Si procede de ésta y es una gorda metiendo alaridos y cagándose encima, también.

Mis vecinos favoritos son los de la puerta anterior, los de la puerta de al lado. Son cuatro: Alberto, Marga, la niña mayor y la niña grande. Nunca termino de distinguir a estas dos, y si no fuera porque una vez las vi juntas y no había bebido nada podría decir que es una sola. Alberto, el cabeza de familia, es taxista y trabaja a horarios raros. Es de Lavapiés, su madre vive en el cuarto y tiene bigote. Son suficientes motivos para que el hombre me caiga bien. Lo de que sea taxista no me agrada demasiado, pero opté por perdonárselo. Siempre puede venir bien, sobre todo si alguna vez preciso de alguien que critique al gobierno y emita comentarios fachas sobre cualquier tema. Alberto es medio calvo y tiene tatuajes en antebrazo y muñecas: lo que se dice un macarra maduro, un jincho familiar. Me cae muy simpático, pues. Su mujer se llama Marga, y es un cielo, sobre todo cuando no habla. Cuando empieza a hacerlo no para, y entonces se convierte en un ser insoportable. Las niñas son obesas, ambas, y comparten habitación con miles de posters de Beckham. Prefiero no pensar lo que la una hará cuando se duerma la otra, o lo que ambas soñarán despiertas. También son simpáticas: no hay mucho más que pedirle a un vecino.

Cosas que pedirle a un vecino: que sea simpático. Que no haga fiestas y que, de hacerlas, estén repletas de jóvenes y te invite. Que la policía aparezca en la fiesta y todas las jóvenes se vayan contigo a casa. Que no tenga perro. Que de tenerlo esté muerto. Que no haga mucho escándalo follando; a ser posible, que folle mucho menos que tú. Que se folle al perro muerto, en todo caso. Que nunca te pida sal, aceite o esas cosas. Bastante tienes con no tener como para que encima te lo recuerden. Que no provoque goteras: odio los parques acuáticos. Que no tienda la ropa en el balcón, especialmente si las hijas son gordas como cachalotes. La visión de sus bragas ondeando en la calle, como la bandera de Colón, puede causar impotencia. Esas son, ni una más ni una menos, las cosas que hay que pedirle a un vecino.

Y que no me pida nada salvo, quizás, que respete su silencio. Justo lo que no estaba haciendo la gorda sanguinolenta y cagona de la película. Así que interrumpí el sonido: no quería despertar con esas cosas a Alberto, Marga y las chicas. El desgarrador berrido dejó paso al silencio más absoluto. Bueno, no tanto.

- Pero en la escalera sí hay luz. Y en este lado de la casa también- decía precisamente Alberto en ese instante, desde la escalera, casi a las puertas de mi casa. De inmediato hilé acontecimientos. La luz se había ido en toda la casa. Nadie podía disfrutar del calor, de la luz, de las virtudes del congelador. Todo muerto. Salvo en la escalera, y en mi casa. No sólo la gorda gritona de la televisión me delató: la luz del pasillo, de la cocina y de uno de los dormitorios también permanecían encendidas. Demasiado para ser casualidad.










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