El sol brilla tras las nubes reflejándose sobre los coches que, a esta hora del día, parecen feos pescados de metal multicolor. Son las tres de la tarde y sí, estoy en el aparcamiento, acabo de terminar de comer, y salí huyendo de la oficina. No me gusta comer hablando de trabajo, no me gusta alzar la vista y sólo ver bocas que critican a los jefes, o camisas con las iniciales bordadas, o máquinas expendedoras de cualquier cosa innecesaria e insalubre. Así que hoy he comido en el coche, donde ahora me dispongo a pasar la sobremesa, desde donde trabajaría si me fuera permitido. Si me fuera permitido no trabajaría, mejor dicho, pero preferiría hacerlo aquí dentro antes que en un edificio enfermo, enfermo de estupidez.
La sobremesa se ve acompañada por un porro, que exige la desesperación. Es tan agotador escuchar órdenes contradictorias, ideas geniales que caducan a la hora, decisiones sin sentido y contrasentidos con él... Frustración, aburrimiento, impotencia dejan mucho peor regusto que el mero hecho de permanecer encerrado ahí. No es cansancio físico, sino adormilamiento mental.
Así que en mi coche, que ni siquiera es mio, echo para atrás el respaldo del asiento del conductor y, con los pies sobre el volante, me dispongo a encender el peta.
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