No escribía desde el viernes. Lo que hago durante ocho horas en mi trabajo no puede llamarse escribir, es cualquier cosa menos eso. Hoy sigue haciendo frío, continúa siendo invierno. Estoy en el andén del tren, es tarde. Tengo frío en la espalda, en la cara y en los dedos pero no en sus yemas, en las que arde la temperatura interior que bulle en estos momentos. No me encolerizaba desde hacía años, desde que pensaba que había dejado de ser un imbécil. Quizá sea mejor serlo, y tener la capacidad de sentir cólera, que el haberme transformado en un ser gélido, dúctil, bajo control.
La cólera me la ha provocado alguien, y ¿quién puede provocármela? La cólera, el calor, lo que he sentido y me da sentido, un torbellino en mi mundo, una pérdida de equilibrio, desesperación e impotencia en medio de una nada silenciosa. Terminar y empezar con mi mundo, con mi ingrávida gravedad, con mi nada y silencio. Alguien que consigue todo eso sin darse cuenta es alguien con una capacidad de destrucción, de destruirme, total.
No se dio cuenta, le bastó con hacer lo que siempre hacemos, con darme lo que siempre aposté por darnos. El problema de lo que le basta a uno es que siempre va relacionado con lo que también le basta dar. Me apeteció dar más de lo que hasta ahora he dado, sintiendo que no se lo daba a cualquiera. No lo es. Tiene ese don. Peligro, capacidad de dañar, destrozar con una caricia. Sólo a quién le ofrecemos todo puede dejarnos sin nada. Sólo a quien le ofrecemos todo merece también recibirlo. Por eso lo hice, y sé que no me equivoco ni en lo uno ni en lo otro.
Sé que buscaba una mano demasiado propia, experimentada por mí mil veces, a la postre en muchas ocasiones mi mano. Algo demasiado fuerte, demasiado inapropiado, inoportuno, justo en el momento en el que decido ser frágil. De mentiroso quise transformarme en honesto, mutar de hermético a abierto, quizá sólo de malo a menos malo. La puñalada, la bala, me impactó sin llegar a dispararse. Humo de un juego al que yo la acostumbré a jugar. Y no la avisé de que quería dejar de jugar, de que esta vez iba en serio.
¿Cómo es que no se dio cuenta? ¿Lo hizo pero, sencillamente, lo ignora? ¿Lo hizo para no sentir lo mismo? Parece jugar a enamorarse pero el que quiso dejar de jugar fui yo. También hemos hablado de fuego y quemarse, de lo inmaduros que fuímos, de lo cobardes que somos. La dije que no, que nunca fuímos lo primero pero siempre lo segundo, que el inmaduro se quema, y disfruta en esa llama: es el cobarde el que se divierte no consumiéndose en ella, no importándole que pueda consumirse el otro. Somos cobardes y egoístas, aguantamos mientras nos conviene. Cuando queremos más somos los primeros en no pedirlo, y damos menos aún para que no nos lo pidan. Pudiendo buscar tesoros opté por conservar miseria. Estaba en la arena y en vez de buscar tesoros elegí ser un cangrejo.
Tenemos caparazón y apenas caminamos hacia delante. Somos un par de cangrejos juguetones, pero sólo nos queda un caparazón que vamos intercambiando. Dejamos al otro desnudo cuando lo tenemos nosotros, y es entonces cuando nos sentimos fuertes, cuando vemos la fragilidad ajena. Es en ese momento cuando vemos lo maravilloso que es y, fascinados por esa fragilidad, que en nosotros equivale a belleza, seguimos jugando a ese juego, y cambiamos el escudo por más besos, y vuelve a ser fuerte el otro.
Ahora me pregunto si alguna vez hubo dos corazas. No me pregunto si alguna vez no las hubo, porque sé que así fue a ratos. No sé si un leve y vacacional paréntesis para descansar de los golpes, de jugadas de ajedrez en una partida de meses.
¿Terminará deshaciéndose la segunda coraza, quedando los dos cangrejos desnudos? ¿Se impondrá uno, cualquiera, y el perdedor pasará a convertirse en nada? ¿O aprenderá a vivir sin coraza, a caminar hacia delante, a dejar de jugar a estos juegos?
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