31 enero, 2005

Mmm...

Un rato después de despertar me encuentro la mañana y su cotidiano frío, monto en el tren tras recorrer sus grises y metálicos intestinos, anhelo llegar pronto a la oficina, ese refugio de cobardes. Me miro en el cristal de la ventana, me reflejo y no veo nada, el pálido reflejo de unos ojos con muy pocos que mirar, una nariz que nadie piropea, un pelo que hacía días recibía el regalo de tus manos y tus nombres desconocidos. No pude desayunar: mi estómago se despertó confundido, hambriento de tus caricias: pronto su derrota se extiende a lo largo de mi cuerpo. No creo que mi boca hable demasiado hoy, porque sólo quiere moverse para abrazarte en los labios. No recuerdo lo que tengo entre las piernas; pequeño, dormido, un colgajo sin sentido.

Gentes de diferentes países me rodean, mezclando el sueño con el nuevo día, aferrados a lo que queda de ayer, recién levantados pero ya agotados del lunes. Se disponen a entrar en la mentira de hoy: el sol del amanecer se refleja, tímido, en el metal sobre el que tránsita el tren, que se cruza con otro tren y no se saluda con su abnegado pariente. Comparten trabajo, transportan desilusiones, convierten la vida en algo mecánico y racional, tiñen de cálculo el tiempo.
No me atrevo a contemplar las miradas de aquellos que me rodean y trato de imaginar un algo de felicidad. Coloreo un poco un inicio de semana gris. Vencido por mi propio derrotismo ansío llegar al trabajo para sentirme a cobijo, para descansar de nada. No temo entrar en nidos de desesperanza, en armarios de anestesia y temor.

Los pitidos que acompañan el andar, las conversaciones tan prontamente marchitas, lesturas discontinuadas, miradas que calculan nada, párpados, son el bosque en el que se despierta mi pecho, casi una hora después de hacerlo el resto del cuerpo. Amanece triste, contagiado por el resto de mi ser, comido por la necesidad de tocarte y ser acariciado por ti.

La distancia entre la estación y la oficina me hacen pensar en los animales saliendo del establo, los obreros que caminan a la fábrica. La mañana pinta de amarillo huevo el fondo; en primer plano se ubica un enorme ataud de cristal. Siempre me vanaglorié de trabajar con la mente, ubicando el trabajo físico en algo más animal. Pero hoy dudo; emplear solamente el cuerpo, probablemente, dejaría mi cerebro libre. Así mi pensamiento se arrojaría a explorar, y hablaría, y miraría, y sonreiría, hasta llegar a tu paladar y hacerte cosquillas en él.

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