02 marzo, 2005

Pausa de cinco minutos

Interrumpo un segundo mi trabajo. Acurruco las manos al borde de mi nariz que, de pronto, sufre un vuelco que transmite al corazón. Mis manos portan un tesoro invisible, evocador, delicado. Frente al monitor cierro los ojos y vienen a mi cabeza tus besos. Y mi cabeza, acurrucada en tu cuello, protegida como un pájaro -gigante, está bien- al que rodea tu pelo mientras te besa en la nuca. Vuelvo a oler mis manos y vuelvo a cubrirme la cara, y el manto de tu olor mañanero me tapa, escondiéndome sin que nadie se dé cuenta del ambiente aburrido y frío que nos rodea en la oficina. Cierro los ojos y en ellos atrapo tu mirada en el metro, tus labios hablando entre estación y estación, tu mano cálida y cubierta por un guante que me guía a la que guío, ya en la calle, haciéndome olvidar el frío. No es ese el único frío que me ayudas a olvidar.

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