Me duele la espalda, después de montar en avión. Me duele el culo después de montar a caballo. Lo que me sorprende es que la gente siga viendo como algo positivo el hecho de montar en algo. Estoy varado en el aeropuerto de Miami, y quedan aun cuatro horas para que salga mi avión.
Me pregunto cómo puedo matar al tiempo, y si éste puede matarse o no se suicida ya solo. La pregunta no sólo contiene una enorme carga de metafísica, de una profundidad que me asusta, sino que además me sirve para matar un minuto. Es lo bueno de las tonterías, son de lo más eficaz a la hora de matar el tiempo.
Tengo enfrente un Pizza Hut y me encantaría tener hambre, pero la basura que comí en el avión lo complica. Es curioso lo de la comida de los aviones. Demuestra, en primer lugar, que la gente puede comer cualquier cosa. En segundo, que mucho más si ésto es gratis. Mierda gratis, aunque te la cobren en el precio del billete, se supone. También me llama la atención el hecho de que no te dejen repetir. Eso deja bien claro el tipo de comida que dan. Temen que una repetición obligue a un aterrizaje de emergencia porque se les muere un pasajero. Sólo he comido una vez, no me han dejado otra más, pero me siento indigesto; prefiero no pensar lo que hubieran sido dos bandejas. La azafata no me hacía nada de caso, además. Así que prefiero estar mirando al Pizza Hut.
A mi derecha tengo una girafa gigante. Es algo habitual, al menos entre las girafas. Lo que quizás sea más raro es el hecho de tener una al lado, y precisamente en un aeropuerto. Ni qué decir tiene que no estoy en Kenia, sino como he comentado en Miami. Así que lo lógico sería tener un manatí o incluso un caimán. Pero tengo una girafa, aunque en su defensa he de decir que es de cartón piedra. Si fuera de verdad supongo que olería fatal, y tendría todo esto hecho un asco. Después de ver lo que hacen los caballos prefiero no pensar en lo que haría este bicho si fuera de carne y hueso. El tamaño si es real. Pero no caga.
Me pregunto a qué tipo de individuo se le puede ocurrir ubicar a una girafa, de cartón piedra además, en un aeropuerto en Miami. Es una atrocidad. Algún grupo en defensa de los animales de cartón piedra debería protestar, porque parece inhumano. Hace mucho frío, y eso es malísimo para el cartón. Además, preguntarme a qué tipo de individuo se le ocurren estas cosas me lleva a hacerme otras preguntas, de no menor importancia. Por ejemplo, quién se lo ha permitido. No creo que nadie haya llegado con ella y la dejara olvidada. Mucho menos en un aeropuerto, donde las medidas de seguridad acostumbran a ser exhaustivas. También me interrogo sobre en qué tipo de ambientes ha sido criado el responsable. A qué colegio habrá ido. Qué amigos tendrá. No se me ocurre referirme a ninguno de los míos y decir sí, le va muy bien, está llenando de girafas el mundo. Y este tipo de preguntas me recuerdan una cosa. Transcurrieron más minutos. En la girafa y en mí, en todo caso, parece que no pasa el tiempo. Cada día estamos más jóvenes.
Está joven, pero también se la ve apenada. No sólo extraña la sábana, aunque sea en decorado, y a leones -por supuesto de cartón- persiguiéndola, sino también las animadas charlas que supongo sostendría con las cebras y todo tipo de antílopes. Aquí, además de estar en Miami, con la humedad que aquí hay, está encerrada en una jaula de gruesos barrotes. Y la jaula es de verdad. Como si pudiera escaparse. Hace falta ser gilipollas: poner una girafa de mentira y encima encerrarla en una jaula de verdad. Para qué no le queden dudas de su cautiverio.
Detrás de la jaula, a la derecha de la girafa y a la derecha de Rafa, hay tumbada una chica rubia. Diría que ella no es de cartón piedra, pero me da miedo comprobarlo por si me pega un guantazo. Está recostada en el suelo, sobre su lado derecho, apenas la veo la cara, pero sí la espalda. La postura ha provocado que el jersey, ya de por sí bastante prieto, haya ascendido en la parte de detrás. Se la ve una lagartija tatuada saliendo por la rabadilla. La lagartija ya ni es de verdad ni de cartón, sino que es un tatuaje, aunque escapa de unas nalgas. Eso sí que se le puede ocurrir a cualquiera, y no lo de la girafa.
La casualidad, esa gran desconocida, me lleva a una situación sorprendente. Yo también tengo lagartijas, y dos. Ambas en mi poder, y en estos momentos encima. Me acompañan en este tránsito. Ninguna es un tatuaje, sino que son de verdad: una de madera y otra metálica. ¿Qué a cuál quiero más? Pues como lo del padre y la madre, y yo no soy ningún niño. Lo que sí tengo muy claro es que podría acercarme a la chica, mostrarle las muchas cosas que tenemos en común y hacer una fiesta lagartijera presentando a nuestras chicas. Y mientras ellas reptan, comen insectos repulsivos y se arrancan las colas y las miran menearse -así es cómo bailan las lagartijas, como todo reptil sabe-, la chica tumbada y yo podemos matar el tiempo. Pensar en todo esto me ha hecho distraerme otro rato, y encima mis lagartijas han tenido una erección. Tras tantas horas de vuelo, cualquier forma de relajación muscular me parece aconsejable, así que las dejo a su bola.
Mi timidez y mi anquilosamiento, en cambio, permiten a la chica continuar con su sueño, sin ser abordada por dos lagartijas y un español pesado. Me planteo salir del aeropuerto, como buen español, y dar una vuelta por Miami, que nos queda un poco lejos, para así respirar su aire, conocer a sus gentes y basicamente poder decir en un futuro que conozco otra ciudad. Eso es mucho más importante que el haberla conocido o no, porque en tres horas no creo que pueda ver mucho. Las ciudades, además, son como las personas: nunca se conocen totalmente. Uno nunca llega a dar vueltas por todas las calles de una ciudad, exceptuando que esté buscando un sitio para aparcar en Madrid. Me apetece conocer Miami, qué coño.
Adoptar este tipo de decisiones espontáneas y riesgosas, casi rozando lo intrépido, me convierten en un tipo decidido, aventurero, suicida. Pero también en alguien sobradamente capacitado para perder un avión, pasando a la categoria de imbécil. Es duro comprobar lo fácil que es pasar de ser intrépido a imbécil. Una foto con quien no debes, un voy a conocer Miami, y así pasas a la historia. Como, además, me siento mucho más imbécil que intrépido decido quedarme sentado, y no conocer Miami. Mira que tenía ganas, pero es que el cambio de avión eran sólo cuatro horas. La gente lo comprenderá, sobre todo los que se hayan creído lo de la girafa.
Me siento muy cerca de ella. Ambos somos altos y con las pestañas largas. Ella tiene más pecho, así que supongo que es hembra. La gente se desplaza con velocidad, de un lado al otro del aeropuerto, haciendo tránsitos a un tercer sitio. Se me ocurren pocos sitios en el mundo con más ajetreo que éste, aparte de la cama de alguna estrella del porno. Aquí lo que se ve es a gente con más pinta de idiota. No que en una cama de una estrella del porno, porque por ahí se ve cualquier cosa menos a un idiota. Lo digo en general. Tanto tacón, tanto parar en el duty free, tanto correr con el móvil en la oreja... Tanto aire de sofisticación me hace pensar en que por aquí hay mucho idiota. Miami, además, me parece un lugar lleno de idiotas, algo que reafirma mi teoría. De inmediato pienso si mi teoría no estará sencillamente basada en la xenofobia. Así que la reconvierto: Miami no es especial. Todos los lugares del mundo están repletos de idiotas. Me doy cuenta de que he pasado de la xenofobia al nazismo, lo que es casi peor. Y sí, esto está lleno de idiotas, y prefiero achacarlo a Miami y no al resto del mundo. Qué puede esperarse de un lugar en el que vive Gloria Stefan, Julio Iglesias o la gente que veo corretear a mi alrededor.
Delante de mí, entre yo y el Pizza Hut, cuelga un cartel rectangular, letras blancas sobre fondo negro, en el que dice restrooms. Podrían ser habitaciones con sofás dorados, cómodos y confortables, en los que entregarse al placer de la pereza, de la meditación, del descanso. Pero son los baños. Si rest es descansar y room es habitación hay algo que no termina de cuadrar, a menos que el descanso y la relajación se refiera a los esfínteres. Porque ahí sólo se entra a mear y, en casos excepcionales, cagar. No tengo ganas de hacer esas cosas, y vuelvo a pensar en comer, pero odio hacerlo sólo para matar los minutos. Es cuando peor y más pesado me hace sentir la comida. Así que sigo leyendo.
1 comentario:
Ja!, muy bueno capusho!
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