La verdad es que no termino de entender muy bien qué coño hago en la playa, ya que en mi puta vida me ha gustado. Todas mis sucesivas novias se han ido empeñando, según pasaban los años, en que gastara mis vacaciones llenando mis pelotas de arena y apestando a agua con sal. Casi siempre me negué; no las perdí, porque las alternativas tampoco eran tan nefastas, pero me salía con la mía. Sin embargo, luego se ha producido un fenómeno curioso. En cuanto me quedé sin ellas, sin las respectivas novias, siempre terminé en la playa. Esta vez he ido más lejos: en una isla, rodeado de mar. Y la verdad es que estoy hasta los huevos.
Y eso que el lugar es idílico. Isla de San Andrés, en pleno Caribe, en Colombia. Aterricé hace cuatro días, procedente de Cartagena de Indias. Eso sí que me pareció idílico. No es que me vanaglorie de mi cultura, la verdad, pero me resulta divertido recorrer sitios históricos, repasar guía en mano, como buen guiri, todos los lugares que merece la pena verse, al menos según la guía. Y en Cartagena lo pasé de puta madre; encima, hizo un tiempo excelente, comí de maravilla (una constante en Colombia, eso sí) y salió barato. Dos días fabulosos, pero sólo dos…
En cambio en San Andrés llevo cuatro, y no puedo soportarlo más. Ya el avión que me traía se puso en mi contra, saliendo con varias horas de retraso, cuatro, perezoso como parece todo por estos lares. Nada más aterrizar la consabida avalancha de ofertas agobiantes; que si taxis, que si hoteles, que si restaurantes, que si la madre que los parió…Finalmente tomé el taxi más rancio que pude encontrar, un gigantesco tanque marca Oldsmobile que me dejó en el presunto centro de la movida. Recorriendo hoteles me percaté de que no sería tan fácil dormir aquí, porque estaban todos llenos. Mientras iba de uno a otro, con una insoportable humedad acompañándome, me daba cuenta de dónde me había metido. Es decir: el típico lugar playero, repleto de chiringuitos cutres, turistas de aspecto espantoso y, cada dos pasos, ofertas de todo tipo. Lo de las ofertas es una constante en este viaje.
Eso sí, nadie me ha ofrecido aun marihuana. Manda huevos. Sería a lo único que respondería con un inmediato sí, con una mirada feliz, con una sonrisa curiosa, con una negociación en la que pronto cedería para terminar aceptando. Pero nada. Aquí ofrecen de todo, menos droga. Camellos de San Andrés, uníos, que aquí tenéis un cliente.
Respecto a la playa, apenas la pisé hasta ahora. Las nubes lo han impedido; incluso me ha diluviado. Lo mejor fue antes de ayer, cuando una tormenta digamos que tropical terminó anegando las calles de toda la isla. La escena era deliciosa; mulatas decrépitas que cruzaban enormes charcos con el agua por las rodillas, coches con serias dificultades para abrirse paso en medio de los riachuelos surgidos…Por supuesto, de inmediato nubes de mosquitos vinieron a mi mente, surgidos malévolamente de tan felices condiciones atmosféricas. Pero no, parece que de momento los insectos se muestran relajados. Estarán comiendo a otros, o a saber en qué ocupan sus vacaciones tan simpáticos bichitos.
Pero volvamos a la playa. Al menos al día que pude pisarla, que fue ayer. Fue bastante agradable; un decrépito autobús te lleva del centro a San Luis, que es la principal playa aquí, recorriendo la única carretera del lugar. Ésta recorre casuchas con el aspecto que uno pueda imaginar que tiene el caribe lejos de hoteles de lujo y resorts cutres. Es decir, desvencijadas construcciones de madera, carcomidas por el sol y la humedad. Cada dos por tres deliciosos carteles afirmando que el futuro, tanto personal como nacional, pasa indudablemente por Cristo y la religión. Iglesias baptistas, si es que se denominan así, abundan, pintadas de blanco, y uno se las imagina repletas de morenos cantando enfervorizados gospel. Puede ser uno de los momentos mágicos de este viaje: habría que pasarse hoy.
En medio de las iglesias, que de verdad hay muchas, hay casas abandonadas, locales abandonados, hoteles abandonados…Hay mucho abandono por aquí. Me preguntaba que qué harían con la basura aquí, y no hay asomo de duda: la arrojan directamente al mar. Ni siquiera sé si existe el concepto cubo de basura por aquí, sino que esa innovación humana deben reservarla al agua. El caso es que, entre las casas de madera abandonadas, las olas vienen y van, acunando grandes cantidades de deshecho junto a la costa, flotando todo tipo de inmundicias.
Mientras, el autobús va a toda velocidad. Saltando a la vuelta de la playa, de la que luego hablaré, el conductor Rafa (no es que yo condujera, es que así se llamaba el autobusero) pita a los pobres motoristas que transitan por la vía, para que se aparten, histérico. No paran de ofrecerte motos, automáticas, baratas, para recorrer la isla, pero sería lo último que haría en mi vida. Sin duda alguna.
Finalmente llegué a la playa. Supe que estaba ahí porque no se veía tanta basura flotando, y porque las chicas más guapas del autobús comenzaron a desfilar hacia la puerta de adelante, mostrando sus deliciosos traseros. Casi todos cubiertos por falditas o pareos. Ambos eran dignos de seguirse, y así hice, dando con mis pies en el asfalto, que posteriormente crucé. Y así me encontré en la playa.
Ésta está llena de franceses, desconozco exactamente el porqué. ¿No tienen playas más cercanas los franceses, incluso de su propiedad? El caso es que está repleta de gabachos. A ellos se les reconoce por su aspecto sonrosado, casi todos musculosos, lo que por cierto me ha hecho tomar una solemne decisión: en mi vida volveré a hacer ejercicio. Estoy descubriendo horrorizado que el hacerlo unifica comportamientos, cretinizando básicamente. Eso por lo que respecta a ellos. En cuanto a ellas, y no hace falta ser francesa para ello, casi todas exhiben trenzas. Debe ser pisar el Caribe y sentir la irresistible necesidad de hacérselas. A unas, a pocas, les quedan fenomenal. Bueno, lo cierto es que todavía no he visto a nadie a quién le queden fenomenal. Al resto las hacen todavía más monstruosas.
Y un montón de cosas más, que no me dará tiempo a comentar en este tema, porque apenas quedan cinco minutos de internet y no me apetece perderlo. Pero no puedo desperdiciar el hablar de las arepas huevo, del agua putrefacta del hotel Dallas, del maravilloso sancocho de pollo, de las aves que flotan sobre la playa, cuyo nombre necesito adivinar, del negro loco que echa la charla junto a la arena, con mangos y un afilado cuchillo a su derecha, del negro de las piraguas, que franelea turistas francesas y a sus amigas cerditos, y así un montón de cosas más…
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