16 enero, 2005

Adicto al cabasho

No, no he experimentado con la mítica heroína. Lo siento, la historia es mucho menos morbosa. Tampoco es interesante, lo que no hace falta decir procediendo de quién viene. Pero he de hacerla pública. Por segunda vez en mi vida (la otra pertenece al pasado, al muy pasado, y juro que estaba borracho) me subí encima de un caballo. Ha sido en Villa de Leyva, Colombia. El motivo: el amor propio.

Llevo muchos años escuchando frases de esas que joden, porque sabes que es verdad. "Madrid es la capital de España". Me cagón la puta, pues es cierto. No hay nada que decir. Y mira que me jode. Otras: "No te gusta esquíar, no te gusta montar en bicicleta, no te gusta montar a caballo"... Pues lo mismo. Han de gustarme más cosas. Y con la cantidad de westerns que he visto. Cansado de escuchar reproches certeros, cansado de caminar sin sentido, decidí convertirme en algo parecido a Clint Vidiella, en un clon de Rafa Eastwood. El orden de los factores nunca ha alterado el producto. Eso sí, dile al caballo que sea el que se te monta encima. No sabes lo que pesa, el cabrón.

Pero yo me pusé arriba y él abajo. Cuántas veces habrá dicho Sharon Stone esa frase. Pero es que así fue. Muchos niños me estuvieron, a lo largo de la noche anterior, ofreciendo montar a caballo. Me ofrecieron otras cosas, pero ninguno se parecía a Sharon Stone, así que dije que no. Finalmente, y ya a la mañana siguiente, el simpático David se cruzó en mi camino. El día era excelente. Yo andaba por el campo, pero de pronto me di cuenta de que no iba a ningún sitio. Pensé suicidarme, pero me asustaba un poco. Me bastó con replantearme lo de andar. Pensé: ésto puedes hacerlo en casa, pero prueba a meter un caballo en el living. Fue entonces cuando se me cruzaba David.

David era pequeño: once años aseguraba tener, el cabrón. Aparentaba once años, hablaba como un niño de once años, y sus conocimientos de hungaro eran los esperables en un niño colombiano de once años. Si no me mentía en eso no tenía porqué mentirme en el resto: podía confíar en él. Le pedí que me mostrara sus monturas. No me entendió un carajo. Tengo que dejar de hablar como en las películas. Le exigí, ya un poco incómodo, que me enseñara caballos. Eso sí se dice igual. David me los enseñó, los tenía en un bolsillo. Una vez inflados, los examiné con cuidado. Parecían simpáticos, tranquilos y buenos conversadores. Así que le dije al niño que sí, que una horita, trato hecho. Le subrayé, mirándole fijamente a los ojos, que no corriésemos mucho por si le daba miedito. Pobre, era muy joven. Después le amenacé con arrancarle los higadillos de hacerlo.

Los caballos eran pequeños. No más pequeños que un caniche, que es como a mí más me gustan, pero tampoco demasiado grandes. Es más, el pequeño David (del que ya hablaré mucho cuando tenga más tiempo, es decir probablemente nunca) se fue a por otro más grande, para que que no fuese arrastrando los pies. Se trataba de trotar, no de arar los campos de Villa de Leyva jodiendo además mis Puma. Al pensar en los campos me entró hambre y estuve a punto de huir para desayunar otra vez. Al pensar en Puma sentí miedo de ser atacado por un felino asesino, y también me planteé volver a desayunar. Las dudas, como se ve, me invadían. Fue cuando vi aparecer a David de vuelta, y él sin duda me había visto. Huir ante los ojos de un niño me pareció demasiado. Pensé en arráncárselos, pero me pareció demasiado. Ya estaban demasiado cerca.
David traía de la mano un magnífico ejemplar, que me fue presentado con el nombre de Tío Sam. Como siempre que soy presentado le di dos besos y el caballo sonrío: es lo que suele ocurrirnos a los españoles. Tengo que acostumbrarme a que en América suele darse sólo uno. El Tío Sam era marrón, algo culón y con cara de vetusto. Si hubiera tenido menos pelo y más nariz lo hubiera confundido con Celia Cruz.

Tío Sam tenía más años que el río. Desde luego más que yo, algo cada vez más difícil. La edad, al igual que a mí, le otorgaba un aspecto prudente (ni miedoso ni cobarde, joder, sino sencillamente prudente). Pero no bastó para tranquilizar mis temores: los primeros minutos no son fáciles. No lograba relajarme. Estaba seguro de que, en cualquier momento, Tío Sam se daría cuenta de cómo funciona este mundo, de lo injusto de su vida, y entonces sufriría un acceso de locura y trataría de descabalgarme, como acostumbran a hacer estas bestias. Pero no lo hizo, y yo cada vez me encontraba más tranquilo. Dejé de verme en el suelo, retorciéndome de dolor y con las piernas aprisionadas por el enorme animal, aplastado por su peso. Pensé en una imagen bonita. Hiroshima el seis de agosto, Tiananmen...En ese instante comencé a disfrutar. Se cumplía una hora de paseo.

El paseo, pues, se alargó. No se cuánto exactamente, pero sí lo suficiente como para ponerme moreno. Jamás me ha pegado tanto el sol como subido a caballo. Quizás esa vez que permanecí durante días, sin agua, encadenado desnudo, en el patio de una prisión en Honduras. Pero esa vez no fue tan divertida como la de montar a caballo. Lo recomiendo. También mola más que estar tirado en la playa. Uno se mueve del sitio, conoce mundo, paisajes, y si antes se ha ingerido peyote no es difícil vislumbrar a hadas vírgenes y rubias bajando del cielo, tratando de montar contigo. Lo cierto es que si comes peyote no te hace falta el caballo para imaginar esas cosas, pero si te pones cachondo siempre te lo puedes follar.

Intrigado con ver si yo le gustaba pensé morderle en el cuello, pero opté por no arriesgarme. Lo mismo se hacía ilusiones y pensaba que me lo traería a España. Para no partirle el corazón preferí hacer otra cosa: aumentar la velocidad de la cosa. Le dije a David que por qué no nos movíamos. Una hora y pico estáticos, sintiendo la brisa agitar mi pelo, sobre todo el de las cejas, me había dado suficiente confianza. David se espabiló de su siesta, y dio la señal de salida. Un silbido cruzó la provincia entera, y Tío Sam emprendió el paso. La ostia. No mucho después mi apetito de emociones fuertes ya estaba descontrolado. Quería velocidad. Quería testosterona. Quería adrenalina. Pregunté en varios supermercados, pero lo más parecido que tenían era harina de maiz, así que seguí a lo mio. Sentí que era un Rafallo, un animal mítico con cabeza de caballo y cuerpo de Rafa. Lo contrario habría dado como resultado un engendro monstruoso. Pero es que Tío Sam y yo éramos uno. Me atreví a silbarle, confiando en que acelerara. En vez de eso me dio un guantazo. Aun tengo la herradura marcada en la cara. Entonces David silbó, y ahí si aceleró la marcha.

David, Sam, gracias por hacerme experimentar algo nuevo. Ya sé lo que es ir al trote. Acompasados sonidos, la cadencia de los pasos, el herbor que te rodea, bosques, paisajes y lagos, cómo todo queda atrás. Logramos adelantar a un perro. El cabrón comenzó a ladrar, la mala leche del cojo. Pensé que Tío Sam se desbocaría, asustado. Me desboqué yo y comencé a meter gritos, recibiendo mi segunda bofetada. Empezaba a gustarme el olor de sus pezuñas, me recordaba al aliento de una novia. Fue cuando escuché otro silbido.

El cambio de ritmo, lo llaman. Para mí el cambio de ritmo suele ser de lento a parado, o de parado a tirado en la cama por fumar demasiado peta. Este fue al revés. No estoy acostumbrado, es difícil acostumbrarse a algo que nunca antes se vivió. Tío Sam, al escuchar el agudo ruído de la boca de David, aceleró su carrera. El momento fue excitante. Noté cómo se estiraba, como su cadencia era otra, como mutaba de mamífero a misil. Mi cuerpo se sacudió. Yo ya no era una figura alargada y sin gracia aferrada a una montura. Ahora era una figura alargada y sin gracia dando botes, y la puta montura estaba abajo, a medio metro. Temí volcar a la mínima. Sólo miraba hacia el frente. De pronto empecé a gozar. El momento se hizo eterno. El tiempo desapareció, devorado por la prisa. Me convertí en inmortal. Tío Sam iba a despegar, a comenzar a volar, transformado en mi Pegaso.

Nunca podré olvidar la ostia que le cayó a David cuando llegamos a casa y se lo dijo a su padre. Cosas de campesinos, mejor no te metas, pensé. Si así han educado al pendejo no vas a llegar tú a disentir sobre el castigo físico. Pero, a mi parecer, era demasiado duro. David, sencillamente, se había dejado llevar por mi emoción. Al final tenía 37 años, pero era una criatura. El padre, además, no estaba siendo ni práctico ni positivo: siempre se aprovecharía la carne. Otra cosa no, pero de Tío Sam iban a salir filetes, mazo filetes, dada su incipiente obesidad. Y no había riesgo en ingerir sus carnes rígidas: ni peste equina, ni encefalopatía espongiforme ni ostias. Estaba sano como una pera, al bicho le había petado el corazón. Demasiadas emociones fuertes. La edad, conocerme, un poco de colesterol, el correr tras tanto tiempo...Tío Sam, en pleno trote, emitió una especie de alarido y pasó en pocos segundos de pura sangre a cadáver. Ya no era un brioso corcel, sino un burro espanzurrado, inerte y con la boca espumosa. Mi Pegaso ya no era nada, salvo un ex caballo. Así es la vida, me dije. Le di otra ostia a David, para que aprendiera la lección, y pagué al padre las dos horas de paseo. Quiso que le pagara el caballo, pero le aseguré que la culpa de todo la había tenido el niño. Cuando empezaba a quitarse el cinturón aproveché para huir. Nunca sabré si era para castigarle o para darme por culo y cobrarse así la deuda. Cualquiera sabe, con esta gente de campo.

Lo que sí sé ahora son muchas muchas cosas más. La primera, lo ricos que están los huevos pericos. Son huevos revueltos con cebollita y tomate. Parece que no tiene nada que ver con mi historia, pero es que si no se me olvida. Lo segundo, que la gente de campo es de lo más rencorosa. Lo menos era regalarme la cabeza de Tío Sam, para metérsela en la cama a mi jefe a modo de amenaza mafiosa. Me conformaré con dejarle la almohada llena de pelos cuando me follo a su novia. La tercera lección, quizás la más importante, es la de aprender a superar los miedos. Elevar mi fuerza interior, impulsado por sobrevolar los retos. Explorar mis límites, mirar a los ojos a todas mis debilidades y, entonces, sentirme mucho más fuerte. Gracias al cabasho lo he logrado: ¿que será lo siguiente, el crack?

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