28 marzo, 2006

La batidora de prisas, V

Es tarde y el vagón apenas lleva viajeros. Los pocos que hay leen periódicos gratuítos ya caducos, o estudian códigos de circulación que no respetarán cuando, en vez de transporte público, compartan atascos y berrinches colectivos. El silencio se interrumpe en la siguiente estación, donde sube un joven de pelo grasiento, ojos de animal enfermo y un color de piel mecla de mugre y de sol, exclusivo de mendigo. Camina con dificultad, habla con dificultad, y la remangada pernera derecha de su pantalón exhibe una pierna agujereada por los balazos de alguna enfermedad cutánea. En su sollozo sólo se distinguen las siguientes palabras: Amor, Dios, Caridad, Sarna y Señores. Los señores alzan la cabeza brevemente para contemplar sus purulentas heridas, o esconden su mirada en el refugio de las palabras escritas. Casi todos, como tras una orden común, se levantan y abandonan el vagón a la mínima oportunidad, a la siguiente parada.

No hay comentarios: