07 marzo, 2006

La batidora de prisas, IV

Como a una niña pequeña la cubre un abrigo marrón, con botones tan grandes y tan oscuros que parecen onzas de chocolate. Leé sin mucha concentración un hermoso libro amarillo, y su boca apretada, la querencia a encontrar con la mirada gente que la esté contemplando y sus zapatos diminutos, rojos y de terciopelo, corroboran que tiene una bailarina en el alma. Efectivamente: sale de sus clases de danza, y ojalá el tren se llenara de música y pudiera repetirnos todo lo que aprendió hoy.

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