10 marzo, 2006

Indiada

Sólo cuatro películas ha rodado en 33 años Terence Malick. Desconocido para el gran público, jamás concedió entrevistas y, salvo por una breve aparición en una de sus películas, sólo sus familiares y amigos pueden decir qué aspecto tiene este hombre, que salvo para dirigir algunas obras maestras permanece encerrado en algún lugar ignoto entregado, además de a la escritura, a la agricultura cannabica (eso lo sospecho yo). No sé qué fumará pero sí qué escribe y rueda; entre otras cosas, una muy personal versión de Pocahontas, mito conocido en España por la homónima y vulgar versión Disney pero leyenda archifamosa en Estados Unidos, país relativamente nuevo y que, como todos los jóvenes, amplifica sus leyendas fantásticas para dar lustre a su pretendida grandeza actual.

Como cualquier nuevo film de Malick es un acontecimiento me precipito a ir al cine, fumado, para ver "El Nuevo Mundo", promocionada más como un drama romántico y adolescente que como obra de un excepcional director. Supongo que pasará desapercibida e, incluso, será insoportablemente aburrida para muchos de los que se atrevan a verla, lo que entiendo. Malick exige un compromiso y una atención infrecuentes en el cine actual, fruto de su pausada forma de contemplar, comprender y rodar este mundo. Poesia, irrealidad, lo natural y lo onírico no pueden ni deben captarse devorando palomitas y pendientes de si el móvil vibra. Dejen de masticar y escuchen cómo usa el sonido; no miren a cualquier cosa y fíjense en la mirada de Malick, en cómo la baja para comprender la hierba, en cómo la eleva para admirar desde la modestia humana las celestiales ramas de un árbol. Mucho de esto hay en "El Nuevo Mundo", el cine donde menos pesa lo humano y más divino es el Mundo.

Dada esta obsesión ecológica era lógico que Malick acometiera la historia del Descubrimiento de ese Edén que debió ser América. Como repiten varias veces sus personajes colonos, "en este Nuevo Mundo crearemos una nueva sociedad basada en la justicia, la igualdad y la fraternidad". Ahi construye por encima de todo su historia: Malick los desmiente, ya que la receta de esa sociedad ideal era exclusiva de indígenas. A ellos dirige su cariño desde la primera y maravillosa escena en la que ambas culturas se encuentran. La llegada de los frágiles y sucios colonizadores no provoca hostilidad sino curiosidad en los indios, que no querían matarnos sino sólo conocernos. Esos indios eran, entonces, los poderosos, pero en vez de aniquilar a los "estúpidos hombres blancos" los ayudan. Dice John Smith, el primer personaje que los conoce: "Son educados, amorosos, confiados. Incapaces de engañar, de sentir celos, de ambicionar posesiones", idílico juicio que no nunca desmiente el film: a diferencia de "En la delgada línea roja", que cuestionaba a veces esa oda al buen salvaje, "El nuevo mundo" rebosa idealismo, primitivismo y el lamento por lo que dejamos de ser o, en su defecto, por la oportunidad que perdimos de dejarnos asesorar e integrar por esas intachables culturas.

Esa oferta irrechazable que el europeo rechazó es, por encima de todo, representada por Pocahontas, cuyo nombre no se pronuncia en ningún momento. Metáfora de la inocencia, el desconocimiento, las virtudes de ese continente inexplorado y virgen, la conocemos a través de sus dos conquistadores. John Smith es el primero, y dice de ella: "Supera al resto no sólo en belleza y proporciones, sino también en ingenio y espíritu", lo que no bastará para cuidarla y permanecer junto a ella. Su sueño no es conquistar sólo a una mujer, sino a todo un nuevo mundo. John Rolge, más realista, más práctico, es el segundo. "En ella puede adivinarse el dolor, la pérdida", dice. Para hacerla superar esa pena la bautiza, domestica y lleva a la corte del Rey, casi como quien exhibiría a cualquier otro especimen exótico. Antes de su final previsible, Malick muestra a Pocahontas correteando por los preciosos y cuidados jardines de una mansión de la corte. De la maravilla natural y virgen a la virtud del hombre para transformar ese mundo y, a veces, convertirlo en arte. A eso se dedica el director con esta obra: difícil narrar de mejor forma el inmenso viaje recorrido por un personaje, un continente, un mundo y, en definitiva, el hombre.

- ¿Primera clase de cine o cine de primera clase?

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