07 febrero, 2006

Celebración de mí mismo, I

Asistí a mi primer concierto de Depeche Mode en noviembre de 1990, con las hormonas revolucionadas y una adoración por el grupo que, como casi todo por aquel entonces, escondía más fanatismo y estupidez que auténtica convicción personal. Presentaban Violator y su repertorio rebosaba de himnos, las entradas y camisetas costaban la mitad que ahora y recuerdo esa velada como una de las más felices. Incluso mi propia leyenda se atreve a sugerir que aquella noche perdí la virginidad, lo que como todo recuerdo prefiero no tener que cuestionar ahora.

Mi segundo concierto fue en la arena de las Ventas, gira del Songs of Faith and Devotion. Era 1993 ó 94: aunque tuve la suerte de poder acudir con una novia preciosa andaba por entonces peleado con el mundo y, por supuesto, también con Depeche, a los que acusaba de "traidores" por un disco que no me había convencido. Fue el momento más rockero y destructivo de un grupo encabezado por un descabezado Dave Gaham, tapado por los tatuajes y la angustia del "speedball". Comenzaba a hablarse de peleas internas y disolución de la banda, lo que presagiaba una triste actuación. ¿Una palabra para definir el concierto? Glorioso. Aún escucho esa versión histérica y desgarradora del I feel you que me reconcilió con el entonces nuevo LP y con la banda.

Ayer me encontré con los chicos por tercera vez, en el reconstruido escenario de nuestra primera cita, el Palacio de Deportes de Madrid. Hasta que no aparecieron no tenía la sensación de ir a un concierto de DM: como parte de la matería de la que se construyen recuerdos y sueños Depeche Mode tiene en mi vida más de presencia mitológica (como un padre muerto, un amigo perdido o un amor irreconquistable) que de grupo musical en activo. Así me sentí durante los primeros minutos: frío, como aquel que ve los fantasmas de quien un día representó mucho, y expectante, ante la tesitura de volver a ver algo que se conoce y se ama.

Las primeras, recientes y desconocidas canciones del principio ensombrecieron levemente mi alegría por el buen estado de un estilizado y saludable Gaham, lo bien que le sienta disfrazarse de gallina a Martin o lo gordo que se puso Andy Fletcher. El primero escapó por los pelos de la muerte pero, como le pasa a los buenos, la experiencia le ha hecho aún más grande. Gore sigue estando totalmente loco: apunten su nombre para una posible continuación de "Bailarina en la oscuridad", pues su mirada perdida y gestualidad inconexa le hacen un perfecto sustituto de Bjork. Respecto a Fletcher... como siempre, en un segundo plano, en la sombra. Estoy convencido de que ni siquiera sabe tocar el piano, pero le agradezco ser el pegamento que alivia las tensiones de los egos desmedidos de sus compañeros de curro.

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