07 febrero, 2006

La batidora de prisas, II

Es alto y pese a su edad estirado. Vestido de negro, camina como por resortes eléctricos y tiene la fuerza y la elasticidad de una espina. Su elegancia se manifiesta como una virtud transparente. Sube en el autobús pero no piensa, como los que le rodean, que emprende una batalla perdida contra una cotidianidad verdosa, sino que alza el mentón como los que acuden a una cita ineludible y elegida. Insultado por el volumen de la conversación del joven sentado delante se cambia de asiento, agradeciendo no tener que soportar móvil ni hijos. Aunque se sabe un poco chiflado celebra disfrutar la vida. Al volar por el túnel del intercambiador se maravilla ante el grito del sol de invierno: su esposa le espera, demente, en una residencia de ancianos.

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