22 febrero, 2006

La batidora de prisas, III

Suben dos chicas, que apenas llegan a los veinte años, al vagón de la línea de metro que muere en el intercambiador. Una es rubia y de pelo liso, y lo cuadrado y granulado de su cara la hacen parecer un mapa. Sus caderas son las de la alacena de una mansión en el campo. La otra chica tiene un pelo largo y castaño, los pantalones caídos, una braguita roja que aprieta su carnosa cintura y una nariz, una nariz y unos labios, que dibujan un perfil que sólo puede pertenecer a una muchacha francesa. Calzan zapatillas de cordones anchos, camisetas ceñidas y rasgados ojos, que miran con curiosidad todo lo que las rodea. Sonríen, bromean y, efectivamente, sonríen y bromean en francés, con una modernidad que me hace sentir antiguo. Un cuarentón con bigote se les acerca asustándolas, pero sólo quiere consultar un plano que cuelga escondido a la espalda de estas ninfas. Viven juntas, estudian enfermería y hacen prácticas en un hospital madrileño. Son felices y anotan, en su común cuaderno secreto, los nombres de los muchachos con los que se van a la cama. Para ellas son tiempos de amistad e independencia.

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