02 febrero, 2006

La batidora de prisas, I

Cada día a la hora de comer un sesentón de pelo amarillo, ojos azules y boca de afeminado sube y baja una y otra vez por las escaleras que conectan el metro con la terminal de autobuses. En sus manos siempre sostiene una bolsa repleta de caramelos e, incrustado en la multitud que alimenta la escalera, espera a que se monte una joven, cualquiera. Entonces él pasa después, bien pegado, y no sólo lo hace para rozarla e impregnarse de su olor, sino también porque una noche soñó que una se daría la vuelta y, sin motivo, le abrazaría y amaría, en un viaje en escalera que duraría varios años.

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