En lo poco que llevamos de año ya han intentado partirme la cara dos veces: una por tratar de enrollarme con una chica y otra por no tratar de enrollarme con una chica (así de contradictorias son las agresiones en este principio de siglo: desde Irak parece que nadie necesita razones para joderte la vida). Aquellos que me conocen saben, de sobra, que en ambas ocasiones respondí con valor y gallardía: ni grité ni lloré ni intenté arañar a nadie -aunque es cierto que la segunda vez perdí un tacón-. Huí, pero no me arrepiento: soy de los que piensan que en una pelea no gana nadie. Ni Tú ni Él. Y mucho menos Tú si estás con Isra y Él con quince tipos irreconocibles por las cicatrices y los tatuajes maoríes.
Pero es verdad que este fenómeno social, esta tendencia, de ver mi cara como un puchinbol con cejas me hizo reflexionar: ¿es culpa mía o de tanto videojuego violento? ¿Soy un imbécil o son las grandes producciones de Hollywood, que inoculan el germen de la agresividad y la ira? ¿Y Stallone? ¿Por qué insiste en convertir a los boxeadores en héroes con cosas como Rocky 6? ¿Por qué no rodó Cocoon 3? Sería más apropiado a su edad... En fin: vaya mierda de reflexión. No creo que a Sly le importe mucho que me sacudan mientras eso no afecte al precio del Botox. Así que pasé de las reflexiones a las soluciones: intenté comprar una Magnum 44 y a tomar por culo. Pero no es tan fácil como parece. Sobre todo si lo único de lo que puedes presumir ante los eslavos traficantes de armas es de tu melena rizada. Un desastre. Sobre todo por los nudos: pierdo muchísimo tiempo cada vez que me lavo la testa y tengo que desenredarme el pelo.
Preocupado, acobardado, con más miedo que vergüenza en resumen, pregunté a mis allegados: ¿Qué hago? ¿Porqué todo el mundo quiere pegarme? ¿Qué haces con ese bate de beisbol, Mamá? Ay. Casi todos me dijeron que emigrase. Vete de Madrid, es demasiado violenta para ti. Mejor Johannesburgo, o Sao Paulo. O la Luna. El caso es que te vayas: vete. Reconforta que tus seres más queridos se desvivan de esa manera por ti, pero ignoré sus consejos. No soy de los que huyen, a menos que en el incendio sea imposible salvar a los niños inválidos. Y además tengo múltiples obligaciones en esta ciudad. Una vida hecha. Alguien tiene que presidir las Juntas de Vecinos. Y ayudar a elegir calcetines a mi amigo Luismi, daltónico. Quiero ver crecer a mis peces. En fin.
Así que consulté otras opciones. Un conocido del barrio, profesor de salsa, me juró que asistiendo a sus clases podría, en tres meses, derribar a Mike Tyson. Como también me juró que conocería a infinidad de intelectuales solteras desconfié: sólo quería mi dinero. Se lo dí: hay que ver lo intimidatorio que puede resultar un merengue bien bailado. Las artes marciales tampoco me satisfacían: no sé qué tiene de arte recibir golpes sobre un tatami, y cuál es la diferencia con que te arreen en la calle. Yo lo único que quiero es conservar, de por vida, esta naricita -todo el mundo piensa que es operada, de lo preciosa que es-. Así que sólo quedaba una solución: la musculación. Las trincheras del culturismo. Convertirme en una mole de carne. Soy un cobarde, no podría pegar ni a Zapatero, pero si el enemigo no lo sabe quizá me mantenga el respeto. Un gigante corpulento siempre intimida. Unos bien contorneados hombros, unos triceps esculpidos como con diamante... el tipo de cosas que espanta, ostias. Y además sé decir un montón de palabrotas, malotes: dudo mucho que tengáis ganas de enfrentaros conmigo, y con mis titánicos glúteos, y mucho más si los realzo con un culotte ceñidito. Y esperad a que me ponga moreno.
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