21 enero, 2007

Coetzee cojo

Y ahora un poquito de alegría: J.M. Coetzee. Sí, ese surafricano sin nombre (John Maxwell) que cada cierto tiempo nos mata de risa con sus mujeres violadas, conflictos raciales, moribundas, profesores destruídos y crímenes en medio de ninguna parte... Su "Desgracia" es de los libros que recomiendo a la hora de hacerme el interesante. Uno de mis muy mejores amigos compra sus novelas con el ansia con el que mamuchi adquiere el Hola. Como después me las pasa leo la última, "Hombre lento". Identificado ya con el título...

Paul Rayment es un australiano de 60 años divorciado y sin hijos. Pasión y entusiasmo han sido desterrados: pasear en bicicleta, además de afición, es último vestigio de juventud y libertad. Cuando sobre las dos ruedas es atropellado por un estúpido adolescente todo empieza de nuevo: por los aíres dos palabras aparecen en su mente, "Qwerty" y "Frivolidad"... El médico le amputa la pierna derecha. Se acabó montar en bici, ser autosuficiente, independiente, normal. Empieza la convalecencia, la humillación, el dolor. Sin familia. Sin esposa o hijos, sin amigos. Sin prótesis. Sólo él y su muñón, el 'jamón'. Una recuperación larga, solitaria, imposible. En una ciudad que no siente como suya, en un tiempo detenido para él.

El arranque es bestial. El lenguaje preciso pero emocionante, frío y sabio, analítico, genial. Rayment mira hacia delante y ve sombras, muro de oscuridad, la vejez. Reflexiona sobre su pasado y, con su voz, Coetzee despliega su conocimiento sobre el ser humano. Ésta vez no hay conflicto racial ni Suráfrica: Rayment es un extraño en su propia casa, en su propia vida. Está a medio camino entre Oceania y Europa. Arrepentido por no haber sido padre y sentirse ahora tan vano, tan valdío, tan inútil. Jodidamente egoísta. Condenado a no tener nunca más otra oportunidad. La vida, Rayment, la vida que es muy perra...

Pero Coetzee se la da. Una enfermera croata, su familia, una pasión ciega e improbable. Y el libro ya no se centra en Paul Raymond, sino en él y Marijana. Y hasta ahi se sostiene, cada vez con más problemas, hasta que J.M. da un triple salto mortal e introduce en escena a Elizabeth Costello, protagonista de otro de sus libros. Y el texto pierde fuerza, y credibilidad, y empieza a confundirse fantasía y realidad, y la aridez, la oscuridad, la enciclopedia humana se transforma en metaliteratura. "Tú viniste a mí", dice Costello al desconcertado Paul. "¿Y a qué coño vino la Costello?", le preguntamos a Coetzee. Y la hoguera empieza a apagarse, y cada vez quema menos, y aunque me termino el libro porque escribe como pocos Coetzee se pierde en un laberinto. Y yo acabo cansado, perdido, y un poco decepcionado.

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