29 diciembre, 2006

Humedad, divino tesoro

Vuelves de viaje morenito y más fibroso y esperas encontrar humedades, pero no en el techo de casa. Las había cuando me marché -abarcaban todo el cielo de mi baño- pero parecían ya secas. Caía constantemente pintura, pero era como la nieve de las películas, a veces hasta unas gotas, lluvia doméstica, romántico nosequé. Hasta me había acostumbrado. Pero la gotera de ahora, la nueva gotera, no. Esa es diferente, la muy cabrona. Se extiende por el salón y la despensita -por donde desciende la bajada general de aguas-. Antes era zona de sequía, una especie de Almería, para convertirse en el Lago Michigan escala 1/200. Y con hongos. Quizá porque, a diferencia de las otras goteras procedentes de una ducha, éstas son de aguas fecales. Puede que eso explique que todo se llene de cucarachitas marrones, pegadas a la pared, refrescándose la panza. Un Benidorm para hexápodos. El principio de Dark Water. Espantoso.

Porque luego está el olor. La gente me visita y dice, nada más pisar mi casa: "uy, pero cómo huele a acuario". Gilipollas. A lo que huele es a hongo, a agua estancada, a ladrillo empapado, a porquería. Al principio olía a eso, ahora no: ahora apesta a mierda. A la mierda de mis cinco vecinos de arriba. Cada uno de una nacionalidad diferente. Y con sólo una taza para aliviarse, los pobres. Cuando al llegar a mi hogar me relajo pero no me apetece leer, o ver una película, o jugar con mis pececitos, juego a adivinar qué cenaron hoy los chicos. Cómo anda su tránsito intestinal. Si siguen abusando del picante o indagan la dieta mediterránea. Hijos de puta. Sus deshechos, arrastrados por el agua, surcan el techo y la pared, posándose a mi alrededor. Manto marrón. Hedor comunal. Repugnancia. Estoy volviéndome loco.

Me gusta cerrar los ojos y pensar que sigo en la India. Ahora lo tengo más fácil que nunca: tengo una sucursal en mi casa. Como cuando, con "Alemania en El Corte Inglés", los grandes almacenes más populares de España se llenan de salchichas y pelucas de rubias trenzas, yo recreo la atmósfera del Lejano Oriente mediante la simulación olfativa. Divago sobre los espectros nasales. Recorro de tu mano, si quieres, los infinitos matices que regalan cinco multiculturales anos.

He subido a decírselo y afirman que no es culpa suya. Que es una cosa natural, una circunstancia humana, que no se van a poner un tapón. Al final seré el culpable. Que el casero no les hace caso. A mí tampoco. Le llamo más que a Natalia Iglesias invitándola al cine en octavo de EGB, y lo mismo. Me dice que ya está arreglado. No, Kamal Hossein, las del baño no, la gotera nueva, esa está viviendo una febril adolescencia... y ya que lo dices, ¿alguien tendrá que pintar las del baño, no?... Que un fontanero le cobra trescientos euros, y es mucho. Que va a mandar a su primo. Que son cosas que pasan en todos los lugares del mundo. Que peor es sufrir lepra. Pero grandísimo hijo de puta, ese no es problema mío. Estoy caliente como pedo de oso, como el rabo de un leopardo, estoy que exploto.

Mierda, mierda, mierda. Eso es lo que tengo en mi casa. Joder. ¿Hay alguna solución?

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