17 diciembre, 2006

Día de partido

Estoy comiendo cacahuetes. Adoro los cacahuetes, aunque me deforman y me convierten en un esponjoso y blandengue ovillo de lana a causa de sus aceítes y azúcares.

Es algo que me ocurre sobre todo aquí, en España.

Aunque en Inglaterra pasaba lo mismo. Y en Portugal. En Moscú, en cambio, estaba delgado: apenas nos dejaban comer por miedo a que nos envenenaran.

Hoy a la mañana despertamos pronto, entre el trinar de los pájaros que lamentan que el frío haya tomado el jardín. En su canto también hay envidia: por alguna ranura de la blanca cocina les llega el olor de las salchichas hervidas, que no llegarán a probar.

Sí, el ronco y vinoso aroma de las salchichas de Navititá.

Salchichas hervidas, sí. Desayuno favorito. Día de partido.

Pero ahora lo que importa es que se acercan las salchichas. Esperamos y me invade la histeria y empiezo a correr y a entrar y salir de armarios empotrados abiertos.

Es como cruzar un bosque de trajes suaves, y su tela huele a flor.

Debajo de ellos, alineados, hay un ejército de zapatos. También me gusta frotarme con ellos, pero ahora no puedo.

No le gusta al Hacedor Extremo. Me regaña. No hay que hacerlo ahora: sólo cuando no esté delante.

En otra pared hay dos ventanas enormes. Salto para asomarme por ellas, pero nunca lo consigo. Son tan altas que he de conformarme con mirar desde abajo las nubes. Hoy son pocas, es un día despejado.

Sigo saltando hasta subir a la cama. En ella, en el medio, está el Hacedor Extremo. Tumbado boca arriba, mirándose en el espejo del techo. Ya tengo las patas sobre la suave sábana, doy un último saltito para subirme a su panza.

No me echa, le gusta que me suba a su panza. Desde ahi miro las paredes una a una, como un monarca que contemplara su reino. Descubro algo nuevo: cada pared es de un color diferente.

Algo que tampoco es que tenga mucha importancia: soy daltónico.

No distingo los colores. Tampoco puedo conducir. Ni jugar al fútbol. Soy un perro.

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