El ya semijoven español bebe su botella de Vasco Viejo, y fiel a la costumbre casera moja el pan, su esponjosa blancura, en el caldo aceitoso de un risotto de mariscos. Mira por la ventana y, además del día, el calor, el todo, se cuestiona el porqué no permanecer aquí, el porque volverse a otro sitio. Mientras, la dueña del restaurante, Martita, cuenta y recuenta billetes como una niña gorda paladea sus golosinas, habla de negocios por teléfono, coquetea con los clientes varones y pasea su tonelada de mesa en mesa, como un insecto gigante que posara sus alas de nalga junto a unas cuadradas flores. En su camino pone en duda la amplitud de los pasillos, amenaza con quedar atrancada en este prado de platos, de comidas, de ruidos, que se ven multiplicados por el fragor navideño.
Con un poquito de envidia, por venir de tierras serias, contemplo las innumerables risas que me rodean, y me pregunoto sobre la relación matemática entre felicidad y dinero. Sólo me nubla el contemplar a un camarero achacoso, avejentado, marchito, con tantos años como pocos sueños. Sus depresivas ojeras son separadas por la nariz colorada, que amenaza con explotar en cualquier momento en medio de sanguinolentas y borrachas venas.
Termino la comida y ansío con volver a ver a María, a la que no disfruto desde la eternidad de un día y medio. Me apresuro a terminar la botella de vino, levantar el vuelo, maldecir el dolor que me ha dejado caminar tanto y planear, a una altura tan escasa que me mezclo con el suelo, hacia donde ella me espera. Como voy con tiempo seré yo el que tenga que esperarla, pudiendo disfrutar del placer de verla acercarse, de lejos, abrazándome primero con la risa y despúés, en poco tiempo, con su inagotable cariño y su inquebrantable amor.
1 comentario:
Gay del orto, cuándo venís? El 31 me voy a Galicia. Te llamo
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