Dos horas después me iba a la cama con una migraña insoportable. Todo lo que pasaba por mi mente era en forma de rima, de ripio, versos baratos. Estoy en la piltra, mañana tengo curre, sólo espero que en mis sueños Eminem no me torture... Y así durante horas. El único poso que en mi mente dejó la película, el soniquete de los duelos raperos, el quedar como más listo que el otro a través de rimas fáciles. Como lo de Góngora y Quevedo, pero en poema infantil y en suburbio de Chicago. Dios, qué tortura.
Hay películas peores que 8 millas, por supuesto, pero es agradable insultarla. También es sencillo. Recurre a cada uno de los males del género autobiográfico más complaciente. El pobre muchacho que, gracias a su fuerza interior, sale del abyecto mundo que le rodea -su familia, sus amigos, su barrio-. Todo es tan previsible que podría contarse en cinco minutos. La historia de amor frustrada. La simpleza, rayana en la subnormalidad, de cada uno de los personajes que desfilan ante la pantalla, y que absolutamente nada aportan en ella. El patético guión, salpicado con varias y repulsivas escenas que insisten en mostrar a una niña pequeña presenciando y sufriendo violencia, sin saberse exactamente el porqué. Todos se pasan los porros, pero a Eminem le saltan. Que nadie vea al ídolo con droguitas en las manos. Muchos golpes bajos. Suma y sigue. Basura. Y encima Kim Basinger en un papel increíble. ¿Cómo van a maltratar, cómo van a abandonar, a esa veterana princesa? ¿Y cómo va a salir de su vientre un engendro como Eminem?En resumen, un desastre. Donde debería haber crónica social hay amarillismo; en lugar de sentimientos, tópicos. Otro producto que pretende ser ¿crítico? con el único fin de ganar pasta. Filosofia barata y verbalidad de broma.
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