Que Danny Boyle es un cineasta de talento lo demuestran obras como Trainspotting o 28 días después. El inglés no sólo domina la estética, proponiendo siempre originales caminos visuales, sino que suele atreverse a plantear dilemas mínimamente profundos. Algo que repite en La playa: la película tiene un excelente inicio, describiendo el placer de viajar, descubrir y superar los miedos, y las imágenes que nos muestra son impresionantes en su belleza y, a veces, también en su significación.
Pero pronto la historia pasa a insoportables derroteros, en gran parte por la reiterada comparación entre los habitantes de la playa, hermosos, jóvenes, despreocupados (por no decir subnormarles) con los afortunados habitantes del primer mundo. Es cierto que a todos nos puede el egoísmo y nos importa un carajo la humanidad, pero tampoco era necesario mostrarnos tan estúpidos y, sobre todo, hacerlo de forma tan reiterada...La jugada la remata Boyle con un cambio definitivo de tercio: aunque en principio parece abogar por la liberación, la emancipación, la revolución y el despegue, finalmente parece apostar por el conservadurismo y lo malo conocido antes que lo bueno por conocer. Mejor encontrarse a uno mismo tranquilo, sin arriesgar el pellejo, que desafiando fronteras, convenciones y peligros.
O quizá el problema sea, sencillamente, tomarse la película en serio. Su arranque invita a hacerlo, pero su metraje final no va más allá de la broma, en este caso pesada.
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