05 julio, 2005

'El amor dura tres años', o la nueva edad del pavo

Frédéric Beigdeber ha sido cronista de la noche, crítico literario, creativo publicitario de éxito y, de siempre, chico con pasta. Beigdeber ha gozado de las más bellas mujeres de la noche parisina, conocido los ambientes más exclusivos y probado placeres envidiables, muchos de ellos no legales. Beigdeber ha tenido más mimbres de los usuales para ser feliz, y lo ha sido transitoriamente, pero en su fuero interno, como casi todos los que tienen todo, nunca cesó de buscar algo más, algo que le hiciera alcanzar la plenitud. ¿El qué? Basicamente, el amor. Como todos. Pero él ha decidido contarlo.


No puede hablarse de este libro, de su protagonista, sin referirse antes a su escritor, porque es la misma persona. Y porque cada uno de los hechos que narra son la crónica descarnada, sincera, injusta, irracional y rabiosa del fracaso sentimental del autor, y la crisis que sufre recién cumplidos los 30. 'El amor dura tres años', como toda obra personal y provocadora, exige ser contemplada sin medias tintas: o bien desde la distancia, riendo los ajenos avatares de alienígenas sin ningún parecido a nosotros, o desde una cercanía tal que roce la identificación, convirtiéndose Beigdeber en personaje y éste reencarnado en el lector.

Visto desde una postura intermedia, desde la "normalidad", lo "seguro", es difícil disfrutarla. Porque el protagonista, el autor, es cínico, caprichoso, inestable, inseguro, manipulador, mentiroso, inmaduro, egoísta y, aunque ame a las mujeres, machista. Porque su lenguaje muchas veces es grosero, porque la historia es narrada a base de pinceladas, porque damos saltos cronólogicos a veces injustificables. ¿Y? Es evidente que 'El amor dura tres años' tiene más de diario, de cuaderno privado, de apuntes, que de novela. ¿Por qué no leerlo como tal? ¿Por qué no escucharlo como quien escucha a un amigo desgarrado, irracional, incoherente, bajo el efecto de mil drogas y dos pasiones opuestas?

Beigdeber sabe lo que quiere decir, pero aun más lo que queremos leer. En tiempos apresurados ofrece un libro para leer entre prisas, montado en un transporte público. Para un público egoísta narra las experiencias de un egocéntrico niño mimado. Para una generación teintañera que duda de todo, que busca allá donde mire verdades, grandes verdades aunque sean mentira, Beigdeber las da a puñados. Grandes y contundentes verdades: quejas, citas, poemas, rabietas convertidas en máximas. Todo eso está en el libro, y algo más: pistas sobre la educación sentimental actual, los bandos en los que se fractura la gente (parejas -aquí casi siempre infelices- y solitarios) y la imposibilidad de ser feliz en cualquiera de los dos frentes. ¿Superficialidad? ¿Frivolidad? ¿No hay cosas más importantes de leer que las criticables hazañas y patéticas tragedias de un pijo francés? Seguro. Pero enfrentarse a esta tontería y llegar a disfrutarla es un diagnóstico perfecto, y quizá el primer paso hacia la curación, de lo tonto que llega a ser uno, y lo fácil que fue recorrer el camino para convertirse en ello.

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