24 junio, 2005

El jinete palido: Habemus Clint

Es curioso como, con el paso de los años, ha cambiado tanto la percepción del público sobre alguien como Clint Eastwood. Durante dos décadas fue considerado una rutilante estrella, un seguro de vida en taquilla y un fenómeno equiparable a lo que luego serían Sylvester Stallone o Arnold Schwartzenegger. Pasado el tiempo, ya en la actualidad, Eastwood ha pasado a convertirse en un cineasta alternativo, en un creador a contracorriente, una atípica estrella alejada de lo que se entiende generalmente por 'star system', esa extraña galaxia habitada por astros tan antipáticos como Jennifer Lopez, Richard Gere y tantos y tantos otros. ¿En qué momento pasó Eastwood de un bando a otro? ¿Cuándo transformó su estrella, cuando se hizo menos rutilante pero, a la vez, más deslumbrante, más atractiva, más irresistible?

Quizá el punto de inflexión fue una película tan extraña, arriesgada y original como El jinete palido. Lo que empieza como el más clásico western no tarda en convertirse, en cuanto Eastwood aparece en pantalla, en una película diferente, que trasciende géneros gracias precisamente a la fusión de los mismos. Sí, en El jinete palido salen muchos caballos, hay duelos con el fondo de un poblado en el desierto y, por supuesto, un grupo de malhechores que acosan a la población inocente. Pero en esta película (protagonizada, dirigida y producida por el propio Eastwood) comienzan a ocurrir cosas raras, y muchas de ellas surgen de la ciencia ficción, del cine fantástico, de las historias clásicas de fantasmas. Y, por encima de todo, se convierte en una historia religiosa, como si Dreyer hubiera filmado un western sin prescindir de apariciones y milagros varios.

No hay comentarios: