30 mayo, 2002

S.O.S. Brigitte Bardot

El calor en Madrid empieza a ser insoportable. El polvo de la ciudad, los rayos del puto sol y el quemón que conlleva la existencia me obligan así, todos los días después de comer, a huir a un parquecillo detrás de la oficina, porque esta oficina está en un barrio repleto de parquecillos, como debe ser. Eso explica, imagino, que también esté lleno de ancianitos paseando y chicas, a veces hermosas chicas, que pasean a sus perros. Yo aun no soy un ancianito, aunque ganas no me quedan, ni tampoco hermosa chica. De eso ya no tengo tantas ganas, porque mis necesitados amigos no me dejarían en paz.

El caso es que, como todas las tardes, o casi todas, he bajado al parquecillo a tomar un poco el sol. Sólo un poco, porque tampoco es cosa de dejar a los demás sin él, sobre todo con la cantidad de radiaciones, rayos cancerígenos y porquerías varias que debe emitir el cabrón. Si me mata a mí, que mate también al resto. Entre el resto, como decía antes, se encuentran las muchachas pasea perros. Dado que no muestran una gran profesionalidad en ello, mi afilada intuición me lleva asegurar que los canes son suyos, lo que también equivale a asegurar que las chicas viven por aquí. Como el barrio es de gente bien, como deben ser todos los barrios, las jóvenes muchachas pasearán a su perrito desocupadas, despreocupadas, justificando de tan sacrificada forma el seguir así pernoctando en la casa de papá. Algo tendrán que hacer.

Hoy, sin embargo, ha ocurrido algo diferente. He sido testigo de un acontecimiento silencioso, monumental y revelador. Tres han sido los ejemplos de encontrarme ante algo grande, lo que permite extrapolar la experiencia para afirmar algo a nivel global. Eran los perros los que conducían a las muchachas. Hacía calor, mucho calor, y es posible que dejadez y debilidad hayan colaborado a este cambio de papeles, pero cualquiera con un dedo de frente (algo que, en mi condición de macrocéfalo, nadie puede discutirme) afirmaría ahora lo mismo. Los perros elegían en todo momento la dirección a la que deseaban les fuera arrojado el palo, el afortunado punto de acera en que sus deposiciones deberían ser evitadas por los sufridos peatones y, por último, el momento reflexivo en que huyendo de tanto calor, ambos, dueña y mascota, mascota y dueña, subirían a tomarse una Coca Cola light al son del aire acondicionado hogareño.

Del primer y el segundo caso no hay mucho que decir. Estaba demasiado boquiabierto como para fijarme en detalles secundarios. Sé que eran jóvenes, esbeltas y saludables. Las dueñas también, por lo menos jóvenes y saludables. Pero el caso de la tercera ya ha sido revelador. Se trataba de una chica muy mona, de piel clara, pantalones grises y, sobre todo, excelsa melena pelirroja. Un excelente pelo. El perrito, o perrita, lo cierto es que me da igual, era un cocker pelirrojo, de excelente pelo también, lo que corrobora esa otra teoría que afirma que los animales terminan pareciéndose a sus dueños, o los dueños a sus animales (comparto más lo segundo que lo primero). Y era tal el grado de compenetración entre ambos seres; tamaña, al mismo tiempo, la sumisión de la bípeda frente al cuadrípedo, que no era de sorprender lo escuchado tras un rato: “Bueno, chata, ya está bien de paseíto que hace un calor de cojones”, clamaron fauces caninas. La humana ya tenía suficiente caminata como para aguantar hasta después de la cena, así que de inmediato aceptó.

Imagino que, una vez en el hogar de los padres, ambos seres dependientes y frágiles, necesitados de amor y protección, refrescarían sus calores y, una vez más bajo mandato canino, se pondrían a ver algún insufrible programa televisivo. Y así será en miles y miles de hogares, y presumo que no sólo los dotados con un perro. Miro a mi alrededor, y compruebo la falta de explicación racional en todo lo que contemplo. Leo el periódico, pongo la oreja en el metro a las conversaciones ajenas, invade mi tranquilidad el grito generalizado a través de móviles omnipresentes, y me doy cuenta de lo fácil que es para los perros dominar una sociedad tan tonta. Como no soy ningun privilegiado y mi lucidez, por lo común, suele más bien ser escasa, he tomado una decisión. Me sumo. Que nadie se extrañe cuando, en un ataque de locura a lo Brigitte Bardot, me retire del mundanal barullo y me compre nueve perros. Eso sí, canallas, sin raza ni pedigrí, barriobajeros y a los que no guste Operación Triunfo. Qué felices seremos los diez.

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