24 mayo, 2002

La madre loca

Recorre, sobre su sucia y desmadejada carroza, las calles del barrio. Observa todo con sus ojos vivarachos, gigantes, desmenuza la realidad a través del marrón filtro en que se esconde su mirada. Y así contempla a la gente, que va y viene de la compra, que corre a trabajar, que camina despacito con el andar que regala no tener nada qué hacer.

La niña asombrada, aunque es muy pequeña, sí llega a plantearse con extrañeza cosas de esa misma gente. Gente que va de un lado a otro, pero no emite sonidos. Gente que va callada, dándole vueltas con el cejo fruncido a pensamientos domésticos. Cruza miradas de encubierto deseo, miradas pocas veces correspondidas. La gente, con la boca cerrada, muestra un rictus de tristeza cotidiana, de aceptación del destino, mostrando en ese rostro anodino la pereza del vivir, la desidia de existir, el abandono que provoca la fatiga de remar contra corriente, corriente que arrastra años.

Nadie parece rebelarse frente a ese silencio, apenas interrumpido por los violentos coches, por las exterminables motos (“un gilipollas sentado encima de un ruído”, decía mi padre). La niña no termina de entender qué le pasa a todo el mundo, al que divisa desde su inaudible canturreo. No termina de entender al resto.

Al resto menos su madre. Su madre, casi carente de higiene, con una coleta torcida que agarra pelo despuntado y sucio, con varios dientes de menos, con ojos enormes subrayados por ojeras, va por la calle empujando el carro de su cría, y mientras lo hace canta, grita, se comunica con las piedras, con los árboles, compite con los pájaros por el grito más agudo y, si se tercia, te pide un dinerito, o al menos eso supongo, porque no se la entiende un carajo. “Demasiado jaco y cubatas”, pienso yo.

La madre, de quien no sé nada, está totalmente loca. No lo sé, pero contemplando su actitud no es difícil intuirlo. Está loca para mí, que camino también callado por la calle, ansioso por no llegar a mi puesto de trabajo, silencioso ante la imposibilidad de llevar la vida que quiero, cabizbajo por levantarme a horas que no me apetecen y tener que aguantar gente, escribir cosas, por las cuales no siento el más mínimo interés. ¿Pensará la niña, mientras escucha la sirena que emite la arrugada garganta de su madre, que quizá el loco sea yo?

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