Hoy, como todos los días, desperté y deseé que una terrible y pasajera enfermedad me hiciera concitar suficiente malestar como para, en medio de la agonía, llamar por teléfono a mi trabajo para anunciar que no iba a trabajar. Una vez toqueteado, comprobado mi decente estado físico que impedía calificarme como enfermo, caminé cabizbajo hasta la cocina, donde me enfrentaría a la cotidiana incertidumbre de qué desayunar. El zumo de naranja, pizpireto, me contemplaba desde la puerta de la nevera, al igual que la perezosa leche o un bote de mayonesa caducada, probablemente más tóxica que los calcetines de un corredor de maratón. Mientras dudaba cuál de las apetecibles ofertas me satisfacía más, fantaseé con la posibilidad de que, súbitamente, la nevera comenzara a incendiarse, y el sacrificado proceso de rescatar las toneladas de comida que mi madre acaparaba entre sus cuatro gélidas paredes me obligara a quedarme en casa las próximas cinco o seis horas. El frigorífico, pese a su avanzada edad, me decepcionó, y conservó su buena costumbre, imprescindible en los electrodomésticos, de continuar con su trabajosa existencia sin el más mínimo percance. Así que, una vez más, no he desayunado.
Mientras me duchaba, costumbre cada vez más presente en mis mañanas (la ducha me hace sentirme más limpio, más vivo, lo que aunque no siempre con frecuencia sí suele ser reconfortable), imaginé como de pronto el agua se ponía turbia, primero, densa y pegajosa después. Un terrible problema de tuberías que afectara a toda la zona este de Madrid me impediría salir a la calle, al menos hasta que las fuerzas de fontaneros municipales lograsen reparar tan sucio cataclismo. Mientras eso ocurría, yo pondría bolsas de plástico del Corte Inglés sobre el sofá, con mucho cuidado de no mancharla introduciría una película en el vídeo y así, como un feliz hipopótamo recién salido de africana ciénaga, disfrutaría durante unas horas de la sensación de ser un animal casi extinguido, al que sólo quieren las moscas y por el que nadie se preocupa en ninguna oficina excepto en la de Greenpeace. Ahorraría con mi pestilente ausencia una desagradable mañana a mis simpáticos compañeros. Pero la ciudad, y con ella sus servicios públicos de aguas mayores y menores, volvió a decepcionarme. Si el ir a trabajar hubiese dependido del fluido tráfico, de las inexistencia de socavones y trincheras callejeras, de la ausencia de gente que suplicara euros para alimentar a sus hijos, me habría visto obligado a permanecer en el hogar. Mas las aguas madrileñas corren que es una maravilla. Llevándose así, arrastrando, supongo, todas las mierdas que parecen no importar.
De nuevo en el metro, como cada mañana, soñaba con un cataclismo nuclear que devastara la línea 7, un ataque ruso, o en su defecto albano kosovar, con el ánimo de invadir el tramo que comprende Las Musas con Avenida de América, terrenos fértiles y deseables para cualquier fuerza político militar que se precie. No tuve noticias; no más, al menos, que aquellas que bramaban desde el periódico deportivo que determinado jugador de fútbol tenía un papiloma que le impediría rematar de cabeza (¿dónde tenía el papiloma, en el entrecejo?) en el próximo partido. La otra vertiente informativa se centraba en una sofocada cara, cara que escondía, bajo la papada, la voz que representaría a toda España en el próximo festival de Eurovisión. Mi propia voz sólo pudo expresar un joder, palabra que dudo mucho pueda introducir en una canción que hable de fiestas y celebraciones paneuropeas.
Tampoco por el camino que recorre el cotidiano trasbordo me crucé con nadie que reconociera en mí, azarosamente, al perfecto modelo para liderar un grupo pop adolescente. Tampoco me confundieron con político alguno, lo que desde luego agradezco; ni, en definitiva, nadie me rescató de mis mal pagadas obligaciones. Ascendía ya por las últimas escaleras mecánicas, y deseaba que nunca terminasen, que los próximos años de mi vida se limitaran a subir por una interminable alfombra subterránea, en la cual podría hacer amigos, organizar maravillosas veladas sentados sobre escalones llenos de escupitajos, acariciadas nuestras pantorrillas por esa especie de cepillos que asoman por cada orilla de la escalera y de los que nunca supe con certeza utilidad. Pero la escalera, como todo lo bueno de la vida, terminó; sólo lo malo de ésta, como la caspa, el estrabismo o las almorranas, puede persistir en el tiempo hasta la misma muerte.
Y así salí a la calle, y reconocí el hormiguero del que todas las mañanas salía, en el que todas las tardes entraba, y comprobé que como cada día la gente se movía apresurada, y un negro me ofrecía un papelito para contactar con una bruja, y doce o trece adolescentes consultaban quién sabe qué en sus teléfonos móviles, y un ciego vendía cupones en la esquina, y así infinidad de gente. Y luego, según entraba en el ascensor que albarga el edificio en que trabajo, se diluía mi confianza en que se parara, no a mucha altura, quedando encajado por el peso de mi pena, atrapándome así durante las horas suficientes para, al ser rescatado, fuera creída mi sobreactuación y me fuera concedida una prolongada baja por el shock emocional.
Una vez sentado frente al ordenador, repasaba la cantidad de desgracias que había deseado en apenas una hora, la enorme suerte que no las había dejado ocurrir. Traté de encontrarle un sentido, pero mi cabeza tampoco está para eso. Son las cinco, y la resaca de algo, de todo, llena de bruma a mi cansado cerebro. Porque no tiene sentido desear que pasen cosas sin provocarlas, esperar soluciones en una vida lastrada/ atada por tantos interrogantes y deseos insatisfechos.
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