Pese a su carácter etéreo y a su aspecto angelical, Cristina tenía un insuperable pánico a volar.
No eran los aviones o similares medios de locomoción aérea los culpables de su fobia a las alturas, sino la propia existencia. Cristina era un apacible y encantador ser terrestre, que se movía con una digna seguridad a ras de suelo. Era la superficie su hábitat natural. Era el soñar con ascender más allá, el riesgo de despegar, el momento de alzar el vuelo impulsada por sus alas el instante en el que Cristina más temía naufragar. Por eso se dedicó por entero a lo cercano, a lo accesible, a lo seguro.
Conocí a Cristina recién llegado de las vacaciones, con una edad en la que la vida, en sí misma, no va mucho más allá de ser un prolongado y divertido estío. Mientras me apuntaba a una escuela para aprender a conducir, a la vez que completaba la matrícula para inscribirme en la universidad, salía con frecuencia cotidiana estimulado por la carencia de una hora a la que levantarse. En una de esas salidas, sentada a la puerta de un bar, en el suelo, la vi. Desde ese momento, sin duda despertado por la clásica prepotencia juvenil, supe que terminaría con ella. El proceso de seducción, aunque constantemente frenado por mi torpeza pueril –aliñada con una chispa de congénita tontería- se desarrolló con normalidad. Cristina empezaba a mostrar su generosidad, supongo, dejándose enamorar por mí.
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