06 agosto, 2007

Balcón del Tiétar, 2

El pueblo no está sobrado de diversiones: el parque de la boina y el museo etnográfico fracasaron, y Eurodisney sigue en París aunque allí siempre llueve y todos los Mickey Mouse son pedófilos. Por eso aquí es agradable irse al monte y encontrar, a unos cuatrocientos o quinientos metros, unas Ruinas Arqueológicas carentes de vigilancia. Me gusta colarme en ellas, y contemplar cómo era la Tierra hace millones de años. También me gusta romper piedras y ver cuáles tienen fósiles dentro, o coger crustáceos antediluvianos que vivos me hubiesen comido. A veces encuentro helechos cretácicos que pueden fumarse, aunque mi madre asegura que el iridio es muy malo para los pulmones.


Después de ver esqueletos de saurópodo e iguanadón vuelvo a casa y cocino con mi madre. Es como sentarse con Raytheon o Lockheed Martin a hacer aviones de papel: del propósito inocente pronto salen máquinas de aniquilar personas. Mi madre hace tanta comida que termina repartiéndola por las casas de las familias del pueblo, que así pasan en segundos del hambre a atrancar las infraestructuras locales. La Tía Vitoria, de 94 años y con una salud espléndida, murió ayer mientras se echaba la siesta. La Guardia Civil la encontró en el estómago un cocido de mi madre.

Si hay algo en mayor número aquí que en Madrid son moscas. Son dípteros -me lo explicó el otro día mi tio mientras se cagaba en su puta madre-, porque sólo tienen dos alas o, mejor dicho, la segunda pareja es de un tamaño minúsculo. No son tábanos ni moscas azules sino moscas domésticas, definición que las viene al pelo -a la antena, en este caso- porque siempre están en casa. Para evitarlo mi madre tiene todo el día las ventanas cerradas, las persianas bajadas y la luz no puede encenderse de noche. Temo que algún día me asfixie y tengamos que vivir siempre aquí, apareciéndonos a cada nuevo inquilino.

El otro día, en la piscina, vi a una chica de la que me enamoré de pequeño. Nunca hablamos, pero sé que entonces ella llevaba un bañador azulgrana y yo un 'Turbo' de competición. Con esas caderas y tan poco paquete entiendo que me diera verguenza acercarme a hablar con ella. Esta vez me pasó algo parecido: temí que sus dos hijos, muy pequeños, empezasen a llorar y gritar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

rafa te estuve llamando al movil
avisame cuando llegues madrid
el niño returns