Perezosas tras comerse decenas de camisetas viejas, las enormes bolsas de plástico se tumbaban sobre la pared del cuarto. También yo dormía, enésimo sueño de peces y mujeres de ida y vuelta, mientras la luz del mediodía -sin domesticar por ninguna persiana- devoraba mi cama. Sonó el infrecuente ding dong de la puerta: tambaleándome llegué hasta ella, empujado a izquierda y derecha por ese amigote pesado que es la resaca. Me pregunté si llevaba calzoncillos porque suelo dormir en pelotas. Sí, los llevaba.
Comprobé a través de la mirilla que llamaba una mujer: en caso contrario me hubiera acostado otra vez. Lo era, una desconocida y pequeña joven con el pelo recogido y moreno. Tenía los ojos inquietos, la boca severa y un cuaderno rojo y grande que cubría casi por completo su pecho. Del otro brazo, estirado, colgaba una gran maleta negra. No sabía ni quién era ni a qué coño había venido, pero agradecí que me sacara del catre. Ni siquiera pregunté antes de abrir.
"Buenos días, ¿es este el tercero izquierda?", dijo con una voz ronca hecha de Marlboro y frío. Cuando la dije que sí, y que el que alli vivía era yo, se presentó: "Vengo del Ayuntamiento para someterle a un REA". ¿Un "REA"? Como no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, y me pongo nervioso ante cualquier examen, revisión o inspección, pregunté si iba a salirme muy caro. "Es gratuíto, servicio del Ayuntamiento. Una simple Revisión de Estado de Ánimo. Casi rutina, aunque a la edad a la que empieza a acercarse es conveniente realizarla para evitar problemas mayores".
Parecía tan segura de todo que no pude más que invitarla a pasar. Me extrañó que una joven menuda y, empezaba a despertarme, atractiva, entrara tan sola en casa de un desconocido. Yo podría ser el Jarabo de Salitre, podría estar visitando el piso de soltero de Annibal Lecter. Me fijé en que dejaba su gran maleta de piel cruzada en la puerta, supongo que para que no se me ocurriera cerrar. No se me ocurrió. Entró y, siguiéndola por el pasillo, comprendí que tenía una nuca preciosa.
"¿Dónde tiene el dormitorio?", preguntó. "Solemos hacer estas revisiones en los dormitorios". Sin pararme a pensar -extrañamente lo hago- la conduje hasta él, saltando como exploradores sobre bolsas, libros, revistas y algunos restos de droga. Me disculpé por el desorden: era como enseñar la habitación de Kate Moss. También olía a sexo... entre búfalos. Lo esperable cuando, antes de dormir, te masturbas bajo un edredón de plumas y no tienes cerca kleenex. "No se preocupe", me dijo, "estoy acostumbrada a cosas mucho peores". No lo tomé como un cumplido y me sentí algo mejor.
Recorrió con la vista las paredes y, durante unos segundos, se detuvo en las estanterías de los libros antes de preguntarme si mi Estado de Ánimo había sufrido daños estructurales recientes. Mentí: "No, todo estuvo muy tranquilo por aquí". Me cuesta decir la verdad, y mucho menos soltársela a alguien del Ayuntamiento. "¿Puedo entonces revisarle la mirada para comprobar que es cierto?", y se acercó con ojos detectivescos. No se lo impedí. Sabía lo que quería, y no puedo negarle nada a una mujer de ese tipo. Acerqué mi cara, posé la mirada en sus ojos y, tras sus enormes pupilas, adiviné un brillo frío, inhumano, como el del corazón de un ordenador.
No tardó mucho en dar un primer diagnóstico. "Por lo que veo... tiene grietas. ¿No se había dado cuenta?", preguntó más enfadada que preocupada. "No son demasiado profundas, pero sí evidentes. Le cuesta estar solo sin experimentar tristeza. Se emborracharía a cualquier hora. Y, lo más importante de todo: sólo es capaz de recordar los momentos hermosos, de quedarse con lo bueno de una antigua relación". Cierto. Me aplastaron sus argumentos. Acababa de conocerme y parecía ser mi madre. Asumí que, con tanto conocimiento de mis desperfectos, se vería obligada a elaborar un informe negativo. Las autoridades tomarían buena nota y me desalojarían de mí mismo. Tendría que abandonar un edificio ruinoso. Yo.
"Pero... ¿entonces está todo mal?. ¿No puedo hacer nada para mejorar las cosas?". Preguntaba como un niño asustado. "¿Hablamos de demolición?". Sabía de mis problemas, pero no pensaba que fuesen tan graves. "La fachada está bien, y la sacudida no dejará demasiados daños irreversibles. Un espejo roto, alguna pared desconchada... cada paso hará crujir el suelo, y cualquier excusa valdrá para tropezar de nuevo. Pero no tema... tiene vigas de madera, demasiado permeables, pero su estructura es sólida. Al menos, de momento, aguanta".
Era tal el peso que acaba de quitarme de encima que me planteé incluso abrazarla, pero me contuve al recordar haber leído algo sobre cuadernos antivioladores. Tampoco la invité a café -no tengo- ni a una copa -debilita mi estructura, mucho más por la mañana-. Como buen profesional tampoco ella quiso prolongar su visita: "Tengo que seguir con mis cosas. Refuerce sus muros de carga, evite tensionar cimientos y, especialmente, ventile un poquito todo. Vendré a verle en unos meses, suerte".
Ahora es por la tarde y la luz se ha transformado en susurro. Y las nubes, de cemento, forman un inmenso muro contra el que se estrella el sol.
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