Sé que la historia que voy a narrar sonará descabellada, y que ni la persona más inocente del planeta podría llegar a otorgarle un ápice de credibilidad. Lo sé pero, pese a todo, me veo obligado a contarla. Es tan alucinante, tan larga y tan memorable, que he de hacerlo por capítulos. Supongo que, de algún modo, tengo que justificar mi ausencia en los últimos meses. Exactamente, desde el día que nos vimos por última vez en Buenos Aires…
I
La última, tal vez la primera noche
…estaba siendo magnífica. Los fideos a la parisienne, con sus simpáticos motivos jamoniles y polleros, sabiamente zambullidos en la deliciosa crema, podían calificarse de excelentes. Demasiado amarillos, quizás, algo que supongo era achacable al exceso de huevo en su fabricación. No era algo que me preocupase en demasía; mis niveles de colesterol se hallaban dentro de las cifras recomendadas, mi religión me permite ingerir toda la yema que desee y, por supuesto, por otra parte, uno vio tantas cosas extrañas en Argentina que resultaba complicado sorprenderse por el color de la comida. Así que comí los fideos, no sólo los míos sino incluso los que ya no quería el resto de la gente, obligado por mi obsesión, esa misma que me lleva a impedir que sobre comida en un plato. Haber vivido, casi, en la indigencia durante dos años en Buenos Aires no se olvida tan pronto; mi estomago nunca lo podrá olvidar. Aun continúa añorando su único alimento porteño, las entrañables pizzas del Ugi’s, madre multípara de esféricas criaturas levemente atomatadas, con un ápice de queso y, eso sí, abundante amor en su preparación, a cargo de ex presidiarios de pulgares tatuados.
Tras los fideos, bien sazonados con vino, llegó la hora del inaplazable helado. Kilos y kilos de helado en la mesa, suficientes para que en ellos viviera una familia de pingüinos. Pese a crisis, pese a corralitos, pese a eliminaciones en la primera fase de un mundial, era justo reconocer lo bueno que estaba el helado, digno representante de la intrínseca cultura heladera que siempre acompañó a la Argentina. Probablemente la tradición europea, los primeros pobladores italianos, esos mismos que hace millones de años comenzaron a poblar las montañas de Tandil, son los responsables de ese dominio en el arte del gelato. El hecho es que estaba delicioso. Diversos y afrutados sabores se agolpaban en la taza, en la cuchara, en la boca. Afortunadamente, yo no elegí sabores. Como buen gallego hubiera escogido paella, fabada, cocido o bocadillo de calamares, que como gélido postre nunca han terminado de funcionar…
Terminó la cena, comenzó la conversación tras la cena y así, de la manera más plácida, discurrieron los minutos, subrayados por las bromas, las anécdotas y, hubiera podido afirmarlo, el bienestar general. Acalorado, pese al frío invierno porteño, probablemente por el abuso de vino; recostado, pese a la incomodidad del asiento de bolitas que se rebelaba bajo mis nalgas; en fin, a gusto, rememoré algunas de las muchas buenas cosas que tenía el vivir en Buenos Aires. Una, sin duda, el que nadie toque la gaita a las primeras de cambio, cosa que en los hispánicos lares puede llegar a agotar. Otra, sin ir más lejos, la lengua. Dudo mucho que en Budapest o Helsinki hubiera podido llegar a mantener una conversación de más de veinte minutos (mis conocimientos de magiar y saami, aunque admirables, son más bien limitados). Ahí, en Buenos Aires, era todo lo contrario. No sólo no me veía obligado al poliglotismo para hacerme comprender, sino que, incluso, cuanto más castizo me mostrase mas risas provocaría. Es por ello que acojonantes, joder tíos o molas salieron abundantes de mis labios. Yo contaba. Ellos reían. La vida era hermosa y, gracias a la bien escogida música, yo me sentía el protagonista de un video clip.
Calle México, número
…desconocido. Más que desconocido, imposible de rememorar. Los muchachos se tenían que acostar, porque la gente normal se acuesta. Yo, sin duda preocupado por la delincuencia porteña, de la que todo el mundo no paraba de advertirme, no aposté por pasear. Probablemente, seguro, hice mal. Dos años después regresaba a Buenos Aires, más en concreto, a San Telmo. Apenas a tres manzanas, a tres cuadras, se habían desarrollado veinticuatro meses de mi vida, en los que aprendí a adorar al barrio. Pese a ello, pese a conocerme cada calle, cada esquina, cada grupo de vándalos que, gustosamente, volvería a apalizarme, no aposté por pasear. Hubiera sido delicioso encontrarles, de nuevo, y celebrar mi regreso partiéndome algún que otro diente. Pero no. Mi anfitriona, como siempre deliciosa, encantadora, más atractiva que ninguna otra mujer en Buenos Aires, esquiva morena, llamó a un taxi para que me recogiera, con perdón, y trasladara seguro a este gallego porteño. Unas cuantas bromas después, un nos vemos cuanto antes, un no te vayas sin llamarnos, un qué gracioso que sos, Rafa, y el taxista apareció. Despidiéndome de los altos techos, del precioso apartamento y, con él, de sus amables inquilinos, volví a pisar la calle México y a montarme en ese coche.
Tras las buenas noches de rigor, el adónde vamos, el de dónde sos, el taxista y yo empezamos a charlar. Uno, que es de naturaleza expansiva, no tuvo demasiados problemas en comenzar a narrar, por enésima ocasión, qué coño hacía en esa machacada ciudad. El otro, fatigado de dar vueltas al volante, de subir a puteados laburantes, se mostró encantado de hablar de su tierra con un acento distinto. No hay cosa que le guste más al porteño, más todavía al taxista, que charlar sobre su ciudad. Como tampoco el que escribe encuentra, por lo general, un tema mejor de conversación, el trayecto se fue transformando en un extenso debate. Entre la retahíla de halagos a Buenos Aires, entre la letanía de quejas sobre la misma ciudad (lo que cambia convivir con ella toda la vida a haberlo hecho excepcionalmente), yo y el taxista llegamos al lugar donde me alojaba, la casa de un buen amigo.
II
El oxidado taxímetro marcaba
…doce pesos, que un tiempo atrás me hubieran supuesto una fortuna, un desastre monetario, un quedarme en casa durante el fin de semana, a base de cereales y bocadillos de queso rallado (¿por qué los argentinos lo echan en cualquier comida?), para recuperarme del desajuste económico. Ahora ya no: la por todos conocida situación de la moneda me permitía tales lujos. En mi vida he tomado tantos taxis como durante esas dos semanas. Además de desplazarme de un lado a otro, casi siempre de noche, este puto y pertinaz insomnio, viajar tanto de esa forma me permitía conocer, de primera mano, más impresiones de lo que pasaba allí, o allá, y no sólo las de amigos. Cuando cojo un autobús no acostumbro a hablar con el conductor, ni con los pasajeros, por miedo a terminar acusado de demente o acosador sexual. En el subte, que yo recuerde, sólo lo hice una vez. Fue en la estación de Congreso, línea d, línea verde, dirección Scalabrini Ortiz. Era una chica maravillosa. Tras mostrarla todo lo seductor que puedo llegar a ser, es decir tras mostrarla más bien poco, terminó regalándome una manzana. Ahora no recuerdo si me la comí o, indignado, la tire a las vías. Pero esa es otra historia, y no precisamente Blancanieves. Estaba hablando de un taxi.
Justo cuando desarrugaba los billetes, me di cuenta de lo poco que me apetecía acostarme. Es decir, lo de siempre. No era más de la una, y lo que para muchos es sinónimo de sueño para mí es exactamente lo contrario. La una, un jueves, es un excelente momento para empezar a salir. Miré por la ventanilla del taxi a otra ventana, la de la casa de mi amigo, y al ver la luz apagada decidí aplazar el regreso al dulce hogar. Germán estaría durmiendo y el resto de la familia no me caía demasiado bien, especialmente desde que mearon en mis pantalones. Malditos gatos. La decisión era, entonces, obvia: la velada no podía terminar así.
Cuatro horas y media
…dormidas cada noche no es un promedio muy recomendable, pero era el que mi organismo acumulaba tras doce días en Buenos Aires. El regreso estaba siendo más duro de lo esperado, y mi cerebro comenzaba a acumular un ligero agotamiento. Eso no le impidió hacer una lista mental de los sitios más recomendables para pasar la noche de un jueves porteño. Desestimadas casas donde, por mucha nostalgia de españolito que pudiera existir, no sería admitido a esas horas tras haber desaparecido dos años, pensé en boliches. El problema de pagar astronómicas cifras por una maldita entrada sin consumición ya no era problema, por lo que el espectro se mostraba más amplio que nunca. Mientras pensaba qué hacer, el taxista no podía evitar el sugerirme, ofrecerme sus opiniones y opciones. Intuí la pasión por la zoología del hombre: todos los sitios estarían, créeme chabón, repletos de gatos, perras y otras especies animales. Dada mi predilección por el género humano, opté por desestimar sus recomendaciones, y aposté por lo seguro.
Honduras 5656, le dije al taxista. Hacía mucho tiempo que no iba a ese lugar. Para ser franco, y abandonar un poco la solemnidad del relato, he de reconocer que no había estado nunca ahí. Pero sí sabía lo que allí encontraría. El taxista, de quien nunca podré saber su nombre (es curioso que alguien te cuente su vida, en apenas diez minutos, y nunca se te ocurra preguntarle cómo se llama), se mostró un poco decepcionado. Perras, gatos y demás especies habían sido despreciados. Gracias al retrovisor, reflejado en el espejo, le adiviné el pensamiento a través de su mirada. Copado, el gallego, pero como todos un boludo. Le pagué, nos deseamos suerte, y entré en Honduras 5656. Por supuesto, estaba ella.
III
Los tópicos acostumbran
…a cantar a camareras con ojos de gata, vertiginosas diablesas que, entre copa y copa, hipnotizan a clientes babeantes tras la barra. Conocí a Cecilia en uno de esos tópicos, en una de esas barras. He de reconocer que, por lo general, el estar detrás de una de ellas suele equivaler, en mi caso, a transformarte en una mujer especialmente atractiva. Desconozco si por mi condición de semialcohólico, pero pocos gremios me parece que estén formados por miembros más hermosos que el de las camareras (quizás el de las peluqueras, el de las telefonistas y el de las tenistas de alta competición). Acostumbran a ser encantadoras, las horas detrás de la barra las hace mantenerse en forma y, a diferencia de otras, nunca te ordenarán que no pidas una más.
Fue cuando todavía vivía en Buenos Aires, una semana antes de regresar a Madrid. Atraído por una fiesta de trabajo, de un trabajo al que hacía un año había dejado de ir, di con mis huesos en el Morocco. Dos motivos me impulsaron a acudir: la entrada gratis y la curiosidad por conocer el lugar. En Madrid había frecuentado un garito con el mismo nombre, donde pasé alguna noche gloriosa. Quizás podría repetirse. Si a esas dos razones le unimos la de estar aburrido en casa, el no tener un peso en el bolsillo y que, por supuesto, siempre alguien de la fiesta podría alegrarse de verme, la cuestión estaba clara. Una vez en el bar, las previsiones se cumplieron. Me lo pasé mejor que si no hubiese acudido, y el más trabajador más pesado del grupo Clarín me narró toda su vida. De suicidio. Cuando estaba a punto de clavarme las llaves en la yugular opté por el etilismo, y escapé hacia la barra a por un trago más. Quizás fuera suficiente como para vomitar y, así, al borde del coma etílico, el charlatán se apiadaría de mí.
Con el paso discontinuo
…llegué hasta ella. De inmediato comprendí que me hallaba ante un ser extraordinario. No hablo sólo de su belleza sino de Ella, de todo su ser, de lo que la envolvía, del sabor que dejaba allí donde tocara, de la estela en el aire preso que revolviese. Con su gélida mirada ignoraba a los clientes.
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