...ayer me levanté agotado. La eterna paradoja del cansarse en el descanso. Sonó el despertador, ocho y cuarto, ocho y veinte, así cada cinco minutos, quién coño fue el inventor de la periódica alarma, del no dejarnos tranquilos. Finalmente, casi nueve de la mañana, hora teórica de entrada, hora de entrada a la que no entro desde el segundo mes de entrar a trabajar aquí. Qué paradoja, y qué cantidad de palabras repetidas. El caso es que a las nueve de la mañana dejé de luchar contra mí mismo, que es una cosa feísima, apagué de forma definitiva el puto despertador (creo que de forma tan, tan definitiva, que no volverá a sonar) y me entregué a mis surrealismos varios, a mis sueños decadentes, en los que copulo con Diana Ross y salgo de marcha con Calamaro y Sabina, o echo un partido de basket con Kareem Abdul Jabbar.
Así fue, hasta las dos de la tarde, soñando con Diana, Andrés y Joaquín, incluso a ratos con Kareem, una pasada de sueños (lo bueno de los míos es que, además, luego siempre los recuerdo, lo que además de hacerme aun más duro el levantarme me permite vacilar a amigas y conocidas, narrándolas detalladamente la noche por ambos pasada, por mí soñada, por ellas sufrida). Era mejor deshacer la cama, dar cien mil vueltas en el lecho, que observar y sufrir el careto de mi jefe, la vergüenza (ajena) de mirarle, el cagarme en su puta madre mientras mis labios sonríen. A medias, mentirosos como putas, pero sonrientes a la postre.
Son ya tres meses sin cobrar. Tres meses con ingresos cero, con gastos muchos. Descartado el chaperismo, por lo mal que se me da manipular penes ajenos, descartado el master en gigoló, porque ya estoy un poco mayor para esas cosas, apenas me quedan para sobrevivir opciones como traficante de pastillas, currante en el telepizza o captador inmobiliario. Dada mi postura opuesta a la esclavitud, dados mis (ya) escasos valores éticos, las dos opciones segundas me quedan un poco lejos, y la primera tampoco satisface mis impulsos naturales, artístico periodístico festivos. Así que rozo la bancarrota.
Eso, aunque parezca mentira, poluciona mi día a día, ensucia lo cotidiano, como una rémora puta que lastra mi buen humor. Una mierda, en resumen. Desde hace un mes, tres semanas, venía bastante bien (claro que, entonces, sólo llevaba dos sueldos no ingresados, pecata minuta, moco de pavo), animado, salidor, divertido, puro encanto. Pero de hace una semana a acá, a ahora, la realidad ha comenzado a imponerse, y el banco Popular, el Capitán Reforma, la luz, el agua, y el todo, han reivindicado su existencia, ante la que yo tirito. No llego a perder el sueño, ni me he planteado huir (sí cambiar mi identidad, yo quiero ser Julio José Iglesias, pero ese es otro tema), todavía. Mas es cierto que sí ando un poco de bajón.
Ante la mierda que me rodea, la casposa realidad, la nomina que no llega, la puta cotidianidad, las risitas nerviositas de mi jefe, el no poder mirarme a los ojos, el evitar yo su cara, el pasar de sus mentiras, el no poder divertirme, el no a todas las invitaciones, no tengo pasta tronco yo te invito no te rayes no importa paso otra vez será, el privarme de todo eso que me gusta, el tener la reforma inacabada, inacabable, más que nada por no poder pagarla, ante toda esa mierda, apenas quedan opciones.
Una, por ejemplo, es deprimirme, irme al carajo, contarle todo a la gente, quejarme constantemente, y así sentirme más desgraciado, y así sentirme más comprendido, más apoyado, más importante, más ayudable, menos culpable. Pero paso.
Otra es la ultraviolencia. Reventarle el imac, en el que escribo, a mi jefe en la cabeza, creando así una obra tan esclarecedora como hermosa, digna, digamos, de alguien como Barceló. Retrato posmoderno de esta época, de esta posindustrialización. Una vez escribí un cuentito sobre esta posibilidad sangrienta. Después de escribirlo me sorprendí de las burradas ahí escritas. Paso de la ultraviolencia, incluso de la sólo escrita...
Estoy pensando, y en realidad opciones hay miles, casi tantas como seres humanos que piensen, por lo que andar escribiendo todas me costaría miles de millones de horas. Así que expongo la que he decidido adoptar. Primero, obvio, no escribir una puta palabra más de la revista, no dejar que mis dedos se desgasten contando más porquerías, no desperdiciar neuronas, talento (¿?), ganas, en algo que no es reconocido ni por el que debería hacerlo.
Escribiré letras para villancicos, mails a jóvenes hermosos, cuentos eróticos, ensayos enloquecidos, sonetos, décimas, romances asonantes, consonantes romances, ante todo disonantes, seguiré, reemprenderé más bien, mi proyecto de una serie alternativa, un éxito asegurado, comenzaré una zarzuela, una ópera rock, lo que sea, pero perderé el menor tiempo posible en algo tan absurdo como dar aire a un ahogado, letras a una revista iletrada, sin cabeza, sin sentido.
Me mostraré, casi siempre, de buen rollo con todo aquel que me rodea. Cómo va todo genial alucinante de la ostia tío y en el curro todo bien como siempre todo tranqui. A la hora de pagar las copas me enfrentaré a la realidad, pero espero estar tan borracho que ésta se olvide de mí.
Miento, hace tiempo que no me emborracho. Algo más de un mes llevo de vida sana, de correr
todos los días, de cuidar todo aquello que como, que fumo, que ingiero, que esnifo, que inhalo, que inyectó en mí. Fuera de coñas, tras cuatro años y medio alejado de la senda del deporte, de las trincheras del culturismo, de los bailes de salón, volví a lo sano, a lo light, sintiéndome mucho mejor. Excelente, diría yo.
Era una de las vías de escape, barata, amena y alegre, y me ha sentado muy guay. Una de las evidencias de lo joven que me siento es que no paro de repetir esta estúpida palabra: guay. Jo.
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