1
Uno, frente a la creencia popular, nunca deja nada. El mundo, la vida, le deja a uno. La vida se nos desprende como un lírico perfume, se nos va abriendo un vacío a nuestro alrededor. Un vacío lleno de olvidos, de pérdidas, de oscuridad.
Uno no deja el colegio, es la niñez la que le abandona. Son las risas, los gritos, las carreras, la energía que no se acaba la que se le acaba a uno. No dejamos a esa primera novia, es toda una corriente de vida, una posibilidad eterna que ojalá que fuera eterna la que perdemos. Es una vida ya vivida, una vida muerta, una posibilidad gastada mientras ya devoramos otra. Un eterno recordar, una elucubración constante, un crucigrama de sentimientos mal resuelto. Una evocación futura y perpetua.
Así yo, a veces, casi siempre que en realidad soy yo, me entretengo y fantaseo, la fantaseo, recuerdo y la recuerdo, y es tanto por amarla a ella como por amarme a mí por lo que rememoro esa otra vida que podríamos estar compartiendo. Vivir es morir multitud de vidas, y me gusta resucitar trasladándome a alguna ya pasada. Hay veces, cuando el arrebato nubla al discurrir lógico, que hasta creo poder sentirla. Pero la muerte, hasta en esas vidas que sólo nosotros hemos asesinado, de inmediato desprende su fétido y melancólico olor, y me doy cuenta de lo imposible de la tarea.
Mas no hiede si queda atrapada en nuestro corazón. Es en realidad una forma de dulce congelación.
Basta tumbarse en el suelo para no ser más alto que una flor. La horizontalidad nos redime, nos descansa, de todas nuestras verticalidades, agotadoras y depósito de nuestra edad, de nuestra madurez, de nuestra erguida soberbia. Yaciente, uno contempla las flores de igual a igual, y así capta su belleza, su perfección, su breve categoría de obra maestra. Aunque aquí, en casa, el suelo me llene de pelusa, y encima no tenga flor.
Basta una flor para resumir la naturaleza, que no es mucho más que la imaginación del mundo. Es una capa de infinitos colores, dibujos, olores, que envuelven y embellecen hasta extremos insoportables nuestro planeta, que en el fondo no es más que una piedra redonda y perdida en el universo.
Una piedra en la que, eso sí, vive ella, vives tú y vivimos todos.
Es por esas cosas por las que debería llevar una flor en la solapa, si usara solapas, una flor hermosa y atrevida, siempre digna de contemplar, en vez de un colgante, de una aventura espacial, un objeto ya humanizado. La curiosidad del planeta es la naturaleza. La del hombre, su argumentación. Es la razón del hombre, la argumentación, el tratar de replicar y darle un sentido a infinitas cosas cuya gracia, precisamente, es haber sido dibujadas desde la insensatez.
2
La Plaza de Castilla, Plazacas, en el fondo no parece más que una plaza de pueblo, y fea además, sobredimensionada, desprende un aire paleto y de nuevo rico que apesta, peste a juzgados, intercambiadores y torres ridículamente espantosas. La Plaza Castilla, Plazacas, está llena de madrileños con aspecto de humoristas, malos humoristas de pésimo chiste y zafia palabra, que es como son todos los humoristas españoles, al menos televisivos, desde que se murió Tip. Plazacas tiene dos torres, declinadas, metacrílicas y horrendas, que más que una puerta de Europa, que es como pomposamente la llaman, parecen dos dedos poniéndonos los cuernos a todos los madrileños, o una señal de victoria fácil y sospechosa de soborno. Debajo de los cuernos, o de la victoria, hay un puño tapado por el asfalto, un puño enterrado bajo petróleo kuwaití, un puño/rosa vendido al peor postor. Puño socialista cubierto por asfalto, puño socialista cortado por el filo de los billetes bajo la mesa, nudillos rotos de tanto golpear –que es golpearse también- un puching ball con cara de jeque y lleno de plomo/petrodólar kuwaití. Plaza de Castilla, Plazacas, mercado que vende y compra más bien poco, desamortización sin Mendizábal, Madrid/España subastada pronto y mal al que antes llegó. Coches modernos, pequeñas fábricas de humo, casi siempre ocupadas por un henchido y único propietario, dan vueltas alrededor de las torres, como un reloj que uno no sabe bien si avanza o se aproxima a la cuenta atrás.
3
Madrid, cuatro de la mañana, joder, minuto más minuto menos, da igual, en el fondo todo da igual. Te dejo en la Puerta del Sol, casi, y nada más dejarte veo gente en la calle, durmiendo, intentando dormir, apenas abrigados por costrosas mantas, girasoles ajados por un sol de alcohol, lirios rotos, tronchados, por un aire decadente y bebedor. Madrid, cuatro de la mañana, minuto más minuto menos, un vientecillo canalla me enfría en Cibeles, pero no me enfrió en la puerta del Sol, cuando me despedí. Madrid, bla bla bla, es jodido pero es así, ese airecillo marginal e insomne me recuerda a ti, agita tu olor, olor que espero me acompañe hasta que parta la cama en dos. Olor a pelo lacio, olor a verbo fácil, a lengua inquieta, olor a Buenos Aires y a montañas de Junín, que por cierto ya sé que no tiene montañas ni nada que se le parezca. Madrid, Cibeles, diosa contemplando a los fugaces coches pasar, luciérnagas de metal, glóbulos color noche que alimentan las venas de esta puta ciudad. Madrid, Cibeles, dormiré solo, hubiera sido hermoso dormir con vos, en otra vida quizás. Porque en esta…Madrid quien algo quiere algo le cuesta, Madrid quien la busca la consigue, se separan Alcalá y Gran Vía, y Madrid, en un rato, hilvana el sol por la Puerta de Alcalá. Madrid, medio borracho medio dormido, sentado solitario, escribiéndote, remarcando la “te”. ¿Sabes que es el buho? El colectivo que nunca duerme, góndolas urbanas y sonámbulas que espero pasen de una puta vez. Góndolas con gondolero ojeroso, góndolas que llevan vidas trasnochadoras, cansadas de mal vivir, vidas con ansia de llegar y dormir, agitadas por las olas grises de Madrid. Madrid tienes papel, Madrid te lo fumas con nosotros, tronco, che, no coño eso no es en Madrid. Madrid lunes pero llena de gente, Madrid escupitajo ajeno, gapo chulapo/chulesco baña el suelo de Madrid. Madrid, ya dentro de un rato nada, hace poco Buenos Aires, puede que todo, pudo ser de otra forma pero no lo fue. Madrid son apenas 20 horas más, solamente escuecen los besos que no he dado, que no te he dado a ti. Sé feliz, reina, y acordate de mí.
4
Enormemente redonda, redondamente imponente, traje de luces enladrillado, ojos morunos como arcos de mezquita, puerta grande por la que discurre Alcalá, foro, circo, año 1929, pícaros vendedores/revendedores a su alrededor. Plaza de Toros de las Ventas, Plaza de Toros de Madrid, edificio/capotazo, banderilla mudéjar incrustada en el lomo de Madrid. No es que uno sea aficionado a los toros, más bien le aburren, pero es inútil negar la atracción que el coso, ojo de arena que tanto ha visto, ejerce al acercarse a él. No cuesta imaginarlo rugiendo, en aroma de puros y peste de sangre, aroma de sangre y peste de puros, perfumando un duelo ancestral entre toro y matador, naturaleza y ser humano.
5
Vuelta a Madrid, vuelta a los abuelos, arrugas sonrientes, casi salidos del pueblo, que van a buscar a sus nietos, criaturas urbanitas. Vuelta a Madrid, vuelta a la chica que sale del metro apurada mirando el reloj, Madrid soleado, Madrid con sus prisas apenas subrayadas por un sol provinciano y tranquilón. Con sus casi infinitos parques, barrios de Madrid en clónica disposición, edificios que son soldados parados, uniforme de ladrillo y hormigón, parte del desfile que ofrece un ejercito de progreso y rápida urbanización. Madrid hormiguero de coches, ciudad con más habitantes de metal y ruedas que de carne y hueso. Madrid silenciosa, ahora, tal vez amordazada por el calor y la preocupación.
Ayudar, subido a un autobús, a una anciana, que responde con un aterciopelado, marchito y arrugado gracias, gracias por haberla tocado ayudándola en el difícil reto/rito de lograr llegar a su asiento. Notar, con la yema de los dedos, la fragilidad de su cuerpo, tocar con la punta de los dedos la áspera suavidad de su pequeña chaqueta de lana, negra, seguro tejida por ella misma, seguro negra por el marido que no la volverá a tocar. Luto en la anciana, que apenas se puede mover, que casi no puede superar las dificultades constantes que requiere simplemente desplazarse. Luto en la diminuta anciana, vieja que, con alas de plomo, con alas rotas por el tiempo, lastradas por la edad, revolotea esperando quién sabe qué, tal vez la muerte, en un autobús de este su ajeno Madrid.
6
Voy por la M-30, recorriendo la cremallera que ciñe la apretada cintura de Madrid. Cintura estriada por barrios feos, grises, estrías que son vías de tren con destino interrumpido. Rozan las ruedas de la Bala a un gato muerto, aplastado ya por mil coches, vaciado de sangre. Gato tumbado como un peluche en abandono, despreciado por esa caprichosa niña que es la vida. Niña bastante puta, por lo demás.
7
Edificio de Cancillería, enorme espejo en que, señorialmente, se mira una de las esquinas más bellas y elegantes de la ciudad. Una agonizante 9 de Julio, cercana a un final que desemboca en Libertador. Una moribunda 9 de Julio baña con sus aguas de asfalto el islote colonial, palaciego y lacrado de la Embajada de Francia. Embajada francesa ubicada en lugar privilegiado de la ciudad, como no podía ser de otra forma. Embajada con homenaje a Coubertain y abundante grandeur francesa, que para eso la inventaron. A su lado, zarallón selvático, cueva, jungla urbana, tronos de granito, plantas asomando, la Embajada de Brasil. Al fondo, entre olas de blanco plumaje, nubes preñadas de cielo porteño, el mástil erguido, caprichoso, tal vez daga suficiente en medio de la ciudad, Obelisco, Buenos Aires, ruidosa, radiante, a veces sucia, otras estirada y creída, ahora sólo reducto de lánguidas rubias, eternas huidas, aplazados retornos.
8
Sigo deambulando, deambular es vivir. Deambulo cubierto por la Torre de los Ingleses, o del Inglés, que en el fondo da igual. Los últimos rayos de sol visten de oro al Kavanagh, trocito de Nueva York en este puteado cono sur. Los últimos estertores solares alumbran al Sheraton que tiene algo, desde aquí, de cárcel, con barrotes aureos ciñendo y atrapando en verticalidad al lujoso hotel.
9
Mi libreta, en el fondo, no deja de ser mi otro yo, mi yo, mi memoria, donde terminan mis ojos, mis lenguas, mi arcilla, lienzo, esencia y corazón. Mi principio, mi final, lo del medio que comprende mi todo y mi nada. Veo edificios feos y de negro charol.
10
Hay que hablar de lo fugaz, regodearse en lo extinguible, vivir casi de lo instantáneo. Casi hay que ser sublime sin interrupción, que decía Baudelaire. Hay que vivir mitificando cada segundo, mintiendo la vida, que es lo mismo que soñar. Hay que hablar de ese vendedor, tanto de humo como de chocolatinas, que pondera su mercancía en el breve transcurso bamboleante de dos paradas de autobús. Hay que rememorar a esa chica que estudia con fervor, a ese bruñido chaval que carga con su trabajo, pesado y urgente. Hay que rememorar, celebrar, disfrutar y comprobar cuántas cosas, cuántas gentes pasan a nuestro alrededor, cuántos somos nosotros también a su alrededor.
11
Buenos Aires se despide, me despide, con persistente gris y plúmbea lluvia. No caeré en el tópico de decir que llora por mí. Se me metió humo en los ojos, me pareció oírla decir. Porteña, jodida y canchera.
12
En la sábana, como un relámpago, unas gotas de sangre, mudamente escandalosas. Unas pocas gotas de sangre, escasas de tinta roja, apenas suficientes para escribir cuatro palabras. Palabras rojas, palabras, apenas cuatro. Rasgar, rasgué, su púdica y frágil coraza de juvenil seda e inexperiencia. Frágil coraza de seda de niña, de virgen, de princesa de cuento arrojada, perdida, abandonada en un país sin cuentos ni monarquía.
13
Ese adivinarse en la oscuridad, frente a frente, apenas iluminadas las caras por la tenue y callejera noche colándose por las ventanas. Ese descubrirse mutuo, ese decirse todo con la mirada, esa muda complicidad, esa advertencia, común, de peligro, ese avisar con la mirada de lo que nos está pasando. Ese bombardeo de besos, ese fin de frase que, en el acto y sin mayor explicación, nunca hace falta explicación, provoca un tiernísimo abrazo, lo exige, un unir ambos calores abrasando un mismo pecho. Ese crepitar, unir, pequeñas llamas, enormes, separadas que necesitan mutua combustión. Ese pavoroso incendio, paulatino, inevitable, cálido y peligroso, chispeante, calor que irradia energía, calor que la consume a pasos ígneos y acelerados. Calor inextinguible a voluntad, caprichoso. Calor único, dulce y cabrón, porque llega sin avisar, sin ser pedido, y es capaz de doblegarlo todo. Haciéndonos generosos, divertidos, generosos, rociándonos de sensibilidad, que rima con fragilidad. Haciéndonos reír, sufrir, esperar, sentir. Vivir, ser humanos, existir, quizás. Dándole sentido a algo que probablemente no lo tenga. Indómito calor.
14
Acaricié sus brazos lácteos, corrientes de blancura y ligereza, casi plumas, Sus pestañas, hacían cosquillas en el fondo de sus alegres ojos. Y eso que solo la miré, nos miramos, en un interminable momento. Lo que bastó para saber que, en toda mi vida, recordaría ese preciso instante. El capricho, a diferencia del amor eterno, sí que dura para siempre. En Argentina, en Buenos Aires, la gente a veces, a menudo, se mira por la calle, se mira a los ojos, interrumpe la cansina e inhumana caminata para contemplarse, todo ello sin dejar de andar. Es un beso de instante y que no se da, que se deja, que se aguarda. Y eso, a veces, basta para que un levantar, un día, haya valido la pena. Para darse cuenta de que vale la pena vivir, por cosas tan pequeñas e ilógicas como ésta, como lo son todas, como lo es todo. Y darse cuenta nunca está de más.
15
Buenos Aires, como casi siempre, creo que 7 de septiembre. Buenos Aires, el calor resbalando por mi frente, por mi cuerpo, primeros calores del año, o para ser más correcto primeros calores tras el frío invierno. Buenos Aires, jueves por la tarde, esperando sentado en la Plaza Dorrego, esperando que esos calores se propaguen por todo el cuerpo, calores además de extendidos compartidos, tan resbaladizos y húmedos como lo es el sudor. Esperando, además de calores furtivos, a una chica, como es normal. Esperando en la Plaza Dorrego, uno de esos lugares maravllosos, no son pocos, de Buenos Aires, uno de los lugares madrileños de la ciudad. Con estos primeros calores salen, como animales metálicos gustosos de ardor, enjambres de sillas, de mesas, de los bares. Como flores de aluminio esperan al cliente insecto que se pose sobre ellas, en aras de libar algún néctar que les alivie la sed. Mientras yo espero, tranquilo, canturreando feliz, mirando a mi alrededor y sintiéndolo todo cómplice, conocido, tras tanto tiempo mío, o mejor aún siendo yo suyo. La Plaza, casi cuadrada, llena de armonía, amarillea pintada por el canalla brillo de las farolas, azulea un poco más allá, de azul lamido de luna y alguna otra luz que desde aquí no puedo adivinar. La plaza, además, a veces es fotografiada por el cielo, que parece querer inmortalizar la hermosura que hoy exhibe, arrojando destellos, flash de tormenta. Pero aún no llueve, hace calor, esos primeros calores que siempre saben juveniles, yo la estoy esperando y la plaza parece más bella que nunca, abrazada y protegida por los edificios de alrededor.
16
En el asiento enfrentado del ruidoso subte, nínfula rubia, desesperadamente delgada, cabellos de imposible rubio, melena despeinada y ventosa, enmarcan el ligero rostro, terso, albor transparente, a veces surcado por venas que remarcan una presunta fragilidad. Rostro de prima levemente mayor, uno sigue siendo un incipiente niño, cara sellada por la explosión de rojo que son sus labios. La niña/prima, despectiva y familiar, se baja del vagón, que no la merece, y su cabello deja una estela brillante que perdurará unos segundos, iluminando el grisáceo y húmedo metro.
17
Gritan, desde sus estirados rostros, muchas mujeres porteñas su desesperado anhelo de juventud. Quizás celosas de la frecuente belleza juvenil que, despreocupadas y ofensivas, exhiben sus compañeras de sexo, mas no de generación. Las veteranas se niegan a aceptar su arrugada existencia, su madura experiencia, sus marchitos y a punto de extinguirse atractivos. Y es así como pasean por la calle, con rubia altivez –casi todas lo son, rubias y altivas-, con ademán pudiente, con bronceado lifting, dejando por unos segundos compartir su perfume enjoyado, de brillante superioridad, pero aroma en el que clama un fondo de pena, de amargura, de desazón por no ser ya flor tan apetecible.
18
Continua, como una persistente maldición bíblica, como un continuo desgaste que erosiona las aceras, como una ducha sucia que embarra la ciudad, cayendo la lluvia sobre Buenos Aires. El viento grita que está harto de esta ciudad, y amenaza, en cualquier momento, con arrancarla de sus frágiles y cancerosos cimientos, con hacerla volar y alejarla a un lugar donde nadie pueda encontrarla. Media ciudad está inundada, como consecuencia lógica del caprichoso clima, de la nula capacidad de sus mandatarios, del incapaz y obsoleto sistema de infraestructuras del lugar. Uno ve Bs As como una joven prematuramente demacrada, como una anciana precoz, una caduca muchacha que gusta de caminar bordeando un imaginario precipicio, tras haber vivido demasiado deprisa, tras haber querido aglutinar demasiado e inabarcable placer. Lo malo es que nos lleva a todos con ella, como hastiadas orquillas sujetas a su enmarañado pelo. Uno, que es de naturaleza viciosa, incluso a veces perversa, sin embargo a veces siente pena por la muchacha en la que vive, por los nudos de suciedad que enredan su cabello, y no puede evitar quererla. Al menos eso trata de pensar para superar el paroxismo y la locura que le rodea, para no ser participe de la desesperación que la tiñe, y con ello colaborar en su definitivo y demacrado final.
Tras evitar los inmensos charcos, que como putrefactos lagos pueblan la calle, me he metido en el metro, en el subte, en la estación de Independencia, amarillenta, con esa corriente desagradable y fría que la habita, con ese pronunciado silbido de aire que entra como por una puerta siempre a medio cerrar. La estación de Independencia, amarillenta, decorada con pretenciosos azulejos, que la hacen mostrar una cara flamenca, absurda. Una cara de vieja y abandonada botica, invadida por la humedad –la misma humedad que empapa toda la ciudad-, arrugada, desapacible, horadada por goteras, agujeros, fracturas por las que hubieran intentado entrar desesperados yonquis en busca de su robada, oxigenante y clandestina dosis Largos abrigos, elegantes y hasta los pies, comparten andén con llamativas chaquetas, fluorescentes, cuyo brillo parece aumentar por la capa de diminutas gotitas que recuerdan el diluvio exterior. Todos, abrigos, chaquetas, paraguas doblados y arrugados, como flores secas, se suben a los vagones. Vagones que conforman, unidos, el subte, el subte porteño, gusano mecánico, furibundo, violento y gritón, que a velocidad suicida y chirriante taladra el metálico y subterráneo corazón de la descorazonada y descorazonadora ciudad.
Tras cruzar Buenos Aires, entre gentes hastiadas que vienen y van, llego a mi destino, el piso decimoctavo de un edificio que en cualquier momento amenaza con quebrarse, doblado, torcido, tambaleante, partido por el infatigable e iracundo aire que persiste en recordar su inaprovechable vigor. Y así, ya cobijado de él, de la lluvia, de la ciudad, trato de ponerme poético y sacarle, al menos, un mínimo y literario, un pretencioso y altivo, beneficio al insoportable clima que niega el paseo, callejear, recorrer, conocer. Que casi impide vivir.
19
Tímido, cálido pero vergonzoso, otoñal, ha vuelto el sol. Un sol rodeado y constreñido por amenazantes y sombríos nubarrones, eso sí. Para celebrarlo, para disfrutar brevemente del rito amado de la natural luminosidad, uno aprovecha la cercanía de la 9 de julio, de sus escuetos y asfixiados jardines.
Respira, polucionada y taciturna, la 9 de julio. Es como un recto camino, una descomunal senda, de laboriosas y mecanizadas hormigas-coche, que rodantes van y vienen de hogares a trabajos, de trabajos a hogares, reluciendo en sus carrocerias el rabioso brillo de lo cotidiano. A veces, pero sólo a veces, me gusta sentarme a su lado, a su vera, como protagonista solitario de un urbano picnic, a las orillas del asfaltado río, contaminado, seco y huraño, que es la avenida. Desde ahí observo el tránsito laboral, esas hormiguitas gigantes e industrializadas, ruidosas, mientras yo, cigarra recostada al sol, cigarra con pretensiones literarias y de intrínseca vagancia, sopesa lo lejos que se encuentra –o pretende encontrarse- de tanto fanatismo maquinal.
Uno se siente mendigo, lastre social, vampírico y desocupado. Uno descubre, con pena y ternura, a su alrededor y ayudados por bastones, a deambulantes viejecitos, arrastrando su imposible esqueleto, armaduras erosionadas y decrépitas tras tantas batallas –cada día viene a ser eso, una fugaz batalla-. Amenazados por la decadencia, ateridos de senectud, gateando hacia la muerte, los viejecitos van en lento y cercano peregrinaje, casi siempre impar, hasta alcanzar su banco en que reposar. En que posar su frágil esqueleto de gorrión anciano, la extremada y vitriólica fragilidad de su existencia.
Si madurar es hacerse más cobarde, la vejez es sinónimo de pánico. Puede verse en sus ojos, casi sin brillo, anclados en medio de un nido de arrugas. Todo les es amenazante, peligroso, resbaladizo, temible. Mientras conversa su temblorosa barbilla con el miedo, vislumbran, intuyen, a las veloces, claudicantes y remolonas hormigas que tanto –les- han invadido. Y que como diminutos y engrasados bocaditos siguen abasteciendo al revuelto estomago de la ciudad, alimentado su difícil y aburrida digestión.
Luego la cigarra, y su pretenciosa e inútil literatura, toca su violín digital y, sin muchas aspiraciones, desafina en este mensaje-canción.
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