El marmóreo dormir dominical se ve interrumpido por el hambre, que corrosiva y tenaz me devuelve a la realidad del desértico lecho. Despierto apenas abrazado por la resaca, envuelto en su pachulí noctámbulo y fumador. Mi primer pensamiento, como lo fue el último antes de dormir, es para ella. Pensamiento rijoso y visceral, de deseo y frustración. Mezcla de amor y de odio. Los besos que más me escuecen siempre son los no entregados.
Salgo a vagabundear por San Telmo. El cómplice clima invita al paseo. Un poco reptil, un mucho friolero, serpenteo por la calle buscando una acera cálida que me haga entrar en calor. La calle se empapa de amarillo sol. Ando deprisa por San Telmo, barrio casquivano y sucio, precioso y rajado por canallas cicatrices. San Telmo es una bella catedral en ruinas. Sus habitantes jodidas y empobrecidas gárgolas. En vez de contemplar París, preferimos admirar a Buenos Aires. San Telmo, los domingos por la mañana, es una puta barata, ojerosa y complaciente, veterana y adorable. Varices bajo la falda tanguera, adoquines dibujando enrejadas medias negras. Nunca es fácil resistirse a su perfume dulzón, lúbrico y empalagoso, de almendras garrapiñadas.
Me acerco a Plaza Dorrego, y Manolo está sentado. Con su guitarra española tumbada sobre las rodillas. Manolo abraza a esa mujer, que no es la suya, con infinita ternura, abrigando con el pecho su corazón de madera. Ella, desenfrenada y alegre, responde ante las caricias con ronca y castigada voz, fruto de cuerdas y arrugas. Fueron y son noches juntos, noches de fiesta y carencias, etílicos triunfos y mal de amores. Pero hoy ambos, hombre y marido, guitarra y mujer, estallan risueños en cómplice canto, y flamenco mana de las dos gargantas. Canto que pinta la calle Defensa. Manolo y su hermano –sentado en cajón flamenco, palpitante percusión- vinieron a Buenos Aires hace ya 22 años, apenas por esas cosas que tiene la vida.
-Por esas cosas que tié la vida, Rafael.
Manolo, largo y cetrino pelo, descuidada barba de hombre mayor, atardecer de gitano, parece recién llegado de su Cádiz natal. Floreada camisa, oscura y macarra, inconfundible acentillo de vividor andaluz. Manolo lleva media vida ganándose aplausos –no mucho más- aquí, a doce mil kilómetros de su extrañado país. Manolo, con su España Cañí, mantiene un poblado e internacional corro alrededor de su música, cercana y exótica, desubicada y alegre, hecha de nostalgia y fiesta. Música que fraguan voz, guitarra, cajón y risas. Canta para ellos, para mí, sus penas, y su lamento es tan dulce que arrastra también los nuestros. Manolo, encantador de serpientes, hipnotiza a sus ofidios con una rumbita triste.
Hoy no estoy pá nadie
Hoy no estoy pá ná
Hoy estoy borracho de mi soledá.
La rumbita es taciturna alegría, las palmas disparos contra mi frustración. Hoy no estoy pá nadie. A mi alrededor pululan vendedores de comida, tangueros de ochenta años, charlatanes compulsivos, turistas descerebrados, timadores argentinos, policias con pasado, viejas chotas. Proveedores de anticuallas imposibles y curiosos que bizquean. Hoy no estoy pá ná. Vuelvo a despertar y mis parpados son lienzo donde la dibujo a ella. Mastico y barrunto aquello que pudo ser y no ha sido. Enciendo su sonrisa inapagable, me baño en su violácea voz. Recorriendo sus abruptos pómulos, caigo en los infinitos ojos que alumbraron toda mi noche anterior. Mi boca saborea de nuevo el vino común, pero no los labios que sólo él pudo besar. Besos mojados, besados sólo por vino, vino egoísta que quiero volver a beber. Hoy estoy borracho de mi soledá.
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