
Las llamadas sin respuesta
Mientras los periodistas corríamos al escenario de las explosiones, la alarma brotaba en miles de familias. ¿A quién no han llamado hoy para saber dónde, y cómo, se encontraba? Para muchos, pronto la pregunta se transformaba en drama e incertidumbre. Apresuradas, miles de personas se disponían a sufrir el día más invivible que uno pueda imaginarse.
Desde medios de comunicación y hospitales se transmitía un mensaje: apenas se sabe nada. En medio de tanta muerte, el orden y la coherencia no tienen cabida, por lo que se optó por dar la mínima información, huir de especulaciones y tratar de no agravar el drama con más dudas y sospechas. Todos los interesados debían dirigirse a IFEMA, donde les sería comunicada la suerte de sus familiares.
El inmenso tanatorio
Los afectados fueron apareciendo, paulatina pero apresuradamente, en el Pabellón 6 de IFEMA. Entre estudiantes y dentistas despreocupados, por citar dos de los colectivos que recorrían el Recinto Ferial, los desesperados se agrupaban en dos salas habilitadas para tal efecto. A su alrededor, incansables, voluntarios y psicólogos se coordinaban para hacer más soportable la espera.
Casi nadie se fijaba, o quizás no lo veían, pero casi al mismo tiempo decenas de coches fúnebres llenaban la planta de abajo. Tal vez la persona por la que uno preguntaba estaba a unas decenas de metros. Muerta.
Desesperación
Ni gritos ni pérdida de nervios ni dramatismo incontrolado. Silencio, rumor de incredulidad y, sobre todo, miradas pérdidas. Las gafas de sol no escondían que la gente caminaba a ciegas.
En medio, en una sala intermedia, el comercio de la muerte (que, como todo, también tiene su negocio) se presentaba, vestido de Empresa Mixta de Servicios Funerarios. Nadie se acercaba a ellos, como pájaros de mal agüero. La ayuda que se necesitaba no venía en forma de folletos y módelos de ataúd y ramo.
Sí lo hacía, sin embargo, en forma de palmada en la espalda, apretón de manos, abrazo. En forma de voluntarios, humanizando lo profesional; de sacerdotes, un consuelo para los que así lo quieren; de psicólogos, médicos capaces de sanar algo la espera.
Maldita mañana
A la hora de terminar ésta crónica, los familiares y amigos no sabían quién había muerto. Pero no clamaban exigiendo información, ni gritaban suplicando ayuda. Repasaban, silenciosos e incansables, los partes de heridos.
Trataban de recordar tatuajes, cicatrices, empastes o la ropa con la que salió esa mañana. Así lo pedía la Policía Científica, como primer paso para poder dar respuestas
Se comunicaban con otros, para organizar el rastreo por los hospitales (por una vez: bendito teléfono móvil).
Y lloraban, muchos de ellos sin lágrimas, aguardando una noticia.
Sea la que sea, la frontera entre felicidad y tragedia nunca fue tan escueta. Sea la que sea ánimo, y toda la solidaridad que uno tenga.
- La noticia
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